martes, 3 de agosto de 2010

APUNTES PARA UNA SOCIOLOGÍA DE LA CULTURA


Aritz Recalde, agosto de 2010.


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“Primitivo, bárbaro, irracional no son categorías científicas, sino políticas; sirven para designar el enemigo interno o externo; para justificar la injusticia de lo que se hace victima”. Amelia Podetti[1]

Vamos a definir el término cultura siguiendo a Juan José Hernández Arregui que la precisa como el conjunto de bienes materiales y simbólicos que conforman la identidad de un grupo social. Dichos bienes materiales y simbólicos se organizan como valores colectivos que son transmitidos por intermedio del lenguaje y se expresan como conciencia a partir del cual el hombre actúa e interpela el medio. La cultura a partir de aquí, es una categoría que se vincula estrechamente con la acción política entendida como una actividad cuya finalidad es actuar sobre una relación de poder. La práctica cultural adquiere siempre una dimensión política, en tanto los valores colectivos de los sujetos son puestos en juego en las prácticas que desarrollan sobre el contexto social e histórico. Asimismo y atendiendo esta particularidad, es innegable que la acción política contemporánea reconoce entre sus prácticas la tarea cultural: la lucha política se organiza a partir de la disposición de la conciencia de los pueblos.
El término sociología[2] de la cultura implica que el análisis se va a desarrollar atendiendo sus vínculos con la organización social, política y económica en la cual se inscribe. A partir de aquí, nos interesa analizar histórica y geográficamente situadas algunas de las causas de origen para la producción y la divulgación de la cultura. Estas variables deben ser puestas en juego atendiendo la especificidad del problema nacional[3] de los países del tercer mundo. Los cruces y relaciones de dichas dimensiones adquieren un contenido y unas características diferenciales en función de nuestra condición de país dependiente[4]. Amílcar Herrera se refirió a la particularidad del problema de la dependencia en el continente y estableció que “el subdesarrollo no es meramente un estadio primario del desarrollo, sino una situación estructuralmente diferente, en gran parte generada y condicionada por la misma existencia y evolución de las sociedades desarrolladas”[5]. Las relaciones entre poder, política y cultura involucran atender dos dimensiones de análisis: existe una dimensión nacional y otra de grupos sociales. Dicha especificidad lleva a considerar la funcionalidad de la cultura atendiendo su relación con los vínculos desarrollados entre los Estados y además, el concepto debe reconocer sus implicancias dentro de los intercambios entre agrupamientos sociales dentro un territorio.
El análisis histórico demuestra que las relaciones sociales y de poder se organizan y se perpetúan a partir de constituirse políticamente. Asimismo, es innegable que los grupos sociales y sus organizaciones políticas se manifiestan y proyectan culturalmente. Tomando distancia sobre un posible análisis determinista y economicista, reconocemos que la identidad cultural se desenvuelve en un contexto cuyas relaciones sociales, políticas y económicas son complejas y su origen no tiene una causalidad única e invariante. Ahora bien y pese a que creemos que no es correcto plantear una relación directa entre cultura y economía, no se puede desconocer que existen fuertes vínculos entre ellas. En América Latina los intereses económicos de las metrópolis y sus empresas trasnacionales se organizan y se proyectan políticamente y tienen una capacidad de influencia mucho mayor que otros actores sociales. Dicho predominio se ejerce fuertemente en las instituciones de producción y divulgación cultural. A partir de aquí y pese a negar que exista una causa única en el origen de la cultura, reconocemos que los análisis tienen que contemplar la especificidad cardinal de nuestra condición geopolítica de donde se desprenden rasgos y comportamientos fundamentales.
La cultura puede ser un medio de emancipación o de opresión en tanto que busca perpetuar o que intenta modificar una realidad social, económica y política con la cual interactúa. Cuando la cultura es un instrumento de opresión entre países se define como neocolonialismo. En el caso de que la cultura sea un medio para oprimir a grupos sociales dentro de una nación se puede hablar de racismo o de clasismo. En su sentido inverso, cuando la cultura es un elemento de emancipación entre Estados se la define como nacionalismo popular o antiimperialismo. Cuando adquiere una función emancipadora entre los grupos sociales de un país se define como cultura popular.

Cultura: violencia y pedagogía.
El medio utilizado para producir y distribuir la cultura reconoció métodos pacíficos y procedimientos violentos. Entre estos últimos, es innegable que el asesinato de los opositores y de los representares de las formas de vida y de las organizaciones políticas autóctonas, fue y es una política radical que modifica un estadio del desarrollo cultural. Históricamente y frente a procesos de consolidación de nuevas formas de organización y de promoción de otros patrones culturales, se generaron enfrentamientos militares que oficiaron como una bisagra en los ámbitos de producción y distribución cultural. En esta línea, no es casualidad que políticos e intelectuales como Bartolomé Mitre que fuera iniciador de la historia oficial, fue ideólogo y aplicador del terrorismo de Estado contra los dirigentes de las provincias del interior en jornadas como Cañada de Gómez. Domingo Faustino Sarmiento, otro de los panegiristas e intelectuales organizadores de la cultura argentina, fue ideólogo del terrorismo político y cultural como método para actuar sobre sus adversarios. Luego del asesinato y decapitación del dirigente político Ángel Peñaloza estableció que “He aplaudido la medida, precisamente por su forma. Sin cortarle la cabeza a aquel inveterado pícaro y ponerla a la expectación, las chusmas no se habrían aquietado en seis meses”[6]. Hete aquí, dos grandes símbolos del terrorismo político y cultural argentino del cuál abrevaron las generaciones posteriores.
Asimismo y sin desconocer el ejercicio y la puesta en práctica de la violencia, la cultura se produce y se reproduce en instituciones por medios pacíficos. Para estudiar la especificidad de la cultura de los países del tercer mundo, Arturo Jauretche[7] introdujo la noción de aparato de la colonización pedagógica. La noción de colonización se refiere a que la cultura cumple una función colonial o sea, que apuntala o promueve las relaciones de desigualdad y opresión política, económica y social de un Estado sobre otro. El término pedagógica implica que la cultura se produce y se transmite en un proceso de enseñanza y de aprendizaje constante organizado y planificado. La palabra “aparato” da cuenta de un conjunto de instituciones que organizan y reproducen los contenidos de la colonización pedagógica. La historia de nuestras instituciones o aparatos de cultura, es la de nuestra condición política, social y económica dependiente.
A partir de lo expuesto, podemos reconocer que la sociología de la cultura es el estudio de una de las manifestaciones de nuestra dependencia económica, social y política. Dicho de otra forma: difícilmente exista una cultura autónoma y emancipada sin consolidar la organización política, económica y social independiente. A un Estado dependiente y siguiendo la opinión de Jorge Abelardo Ramos[8], se le corresponde una superestructura cultural destinada a perpetuar dicha condición de subordinación.




[1] Amelia Podetti (1969). “La antropología Estructural de Levi Strauss y el Tercer mundo”, en Revista Antropología del 3er Mundo, Año 2, Mayo. p 47.
[2] El Cuaderno del C.E.H.A. Nº 6 define el término sociología desde la perspectiva de Juan José Hernández Arregui.
[3] Según Methol Ferré “Tres elementos confluyen en la constitución del “Estado – Nación clásico”. Un Estado con su burocracia organizadora, que implica una gran herencia del derecho Romano, que incluye el ejército, símbolo mayor del monopolio de la violencia. Una industria, que desde la revolución maquinista inglesa implica, más en más, la unidad de ciencia y tecnología con la misma industrialización. Cada vez más, desde el siglo XIX, no es posible ninguna sociedad industrial moderna, sin un creciente dominio y difusión científico – tecnológico. Lo industrial implica lo científico – tecnológico de modo crecientemente indisoluble. Una sociedad que no tenga el mayor despliegue científico – tecnológico, será literalmente industrialista pero no será industrial. Una “alfabetización universal”, lo que implica una lengua en común, un idioma literario, si no total, si hegemónico. La cultura y la comunicación común que instaura una dinámica nacional igualitaria. Se objetiva en la alfabetización total, a la altura de las exigencias de la época. Este espacio “homogenizador” se manifiesta en una común cultura nacional”. Alberto Methol Ferre (2009). Los Estados continentales y el MERCOSUR, Ed. Instituto Superior Arturo Jauretche, Buenos Aires. p 67.
[4] En el Cuaderno del C.E.H.A. Nº 1 se amplían los términos de dependencia y de nación.
[5] Amílcar O. Herrera (1974). Ciencia y política en América Latina, Ed. siglo XXI, Buenos Aires. Pp 10-11.
[6] Carta de Domingo F. Sarmiento a Bartolomé Mitre del 18/1/1863. Extraído de Norberto Galasso (2000). Sarmiento¿Civilizado o bárbaro?. Cuadernos Para Otra Historia Nº 13, Ed. Centro Cultural Santos Discepolo, Buenos Aires. p 9.
[7] Jauretche, Arturo (2004). Los Profetas del Odio y la Yapa, Ed. Corregidor, Buenos Aires.
[8] Jorge Abelardo Ramos (1954). Crisis y resurrección de la literatura argentina, Ed. Indoamérica, Buenos Aires.

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