sábado, 21 de junio de 2014

Wilde y la autonomía universitaria

por Aritz Recalde

A lo largo de la historia del sistema universitario, se debatió en diversos ámbitos cuáles son los alcances y las obligaciones de las Universidades frente al resto del Estado y al conjunto social. En este marco, algunos intelectuales y miembros académicos, sostuvieron que se debe dotar a la institución de mayor autonomía. Por el contrario, otros actores mencionan que los representantes de la Democracia de masas, tienen una legitimidad de origen para planificar las acciones universitarias. (1)

Uno de los más lucidos expositores de la doctrina que promueve la intervención del Estado en la planificación universitaria, fue el Ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública del Gobierno de Julio A. Roca, Eduardo Wilde. (2) El Ministro exteriorizó sus opiniones en el marco del debate de la Ley Universitaria sancionada en 1885. (3) Wilde mencionó que existe una tendencia generalizada a que las “corporaciones” (Universidades) ejecuten sus actos en base a los intereses de sus propios miembros, desconociendo las funciones y los objetivos establecidos en su creación. Sostuvo que las “corporaciones son muy irresponsables” y que actúan bajo la sujeción de intereses particulares (Debate Parlamentario 1959: 102). Sobre este presupuesto, promovió una mayor regulación del Estado con la finalidad de que permita direccionar las acciones y los recursos universitarios. Uno de los aspectos que mencionó, fue el de la modalidad de designación de los docentes. Wilde era contrario al sistema de Concursos y mencionó que dicha fórmula no era garantía alguna de excelencia académica. Por el contrario, sostiene que “la garantía que se busca en el Concurso es una garantía falaz” que da lugar a que lleguen “nunca los más competentes, repito: son siempre los más audaces.” (Debate Parlamentario, 1959: 103) Para sostener su argumento frente a los otros legisladores, indicó dos aspectos:

A- Estableció que en su origen la UBA copió el modelo de Francia. Afirmó que dicho país desde 1852, derogó los Concursos que tenían como función nombrar Profesores Titulares. Con una cuota de ironía, sostuvo que durante Napoleón existió la “formalidad” de los Concursos, pero que en la realidad, el Emperador “Hacía ver a los miembros del Jurado para que nombraran al candidato que él quería, es decir, Napoleón tenía indirectamente el nombramiento de los catedráticos.” (Debate Parlamentario, 1959: 122).

B- Por otro lado, sostuvo que la “generalidad de los jueces (jurados) es incompetente”, ya que nació de un compromiso previo de los miembros del jurado con el aspirante y “se presenta con grandes formas, con gran aparato, una cosa que con unas palabras se destruye, diciendo que ese nombramiento no es el de un jurado independiente, que reúna las condiciones necesarias de competencia, sino un nombramiento debido a un caucus, a un complot.” (Debate Parlamentario, 1959: 110 y 130)

Las tendencias corporativas propias de la Universidad, contrastaban con un hecho fundamental que era la dependencia presupuestaria de la institución. Sostuvo Wilde: “Nuestras Universidades no pueden vivir por sí solas: es un hecho. Viven del poder público. (…) No tienen fondos propios. Por consiguiente, no se puede todavía invocar su independencia.” (Debate Parlamentario, 1959: 182) Queda claro para el autor que no hay autonomía universitaria posible con el resto del Estado, sin antes alcanzar financiamiento propio. Para Wilde la Universidad era corporativa y tomaba sus decisiones atendiendo el interés de sus propios miembros. ¿Cómo solucionar éste problema? El autor propone reorganizar las potestades de control del Estado, sobre el funcionamiento de las Casas de Altos Estudios. (4) El Poder Ejecutivo Nacional tenía que intervenir en la designación de los docentes (5) atendiendo el hecho de que cumplía un mandato popular “que tiene la vista de la República sobre él.” (Debate Parlamentario, 1959: 129) El Poder Ejecutivo, a diferencia de los universitarios, alcanzaba su cargo por elección popular y rendía cuentas de sus acciones, cuestión que lo conducía a ser más prudente al momento de sus actos. En el terreno financiero, el Estado nacional tenía que vigilar y poner límites (6) a las Facultades “controlándolas en sus ambiciones legítimas, pero quizás también exageradas.” (Debate Parlamentario, 1959: 184)

Finalmente, Wilde sostiene que el Estado Nacional tiene el monopolio de la emisión de Títulos, cuestión que sumada a la erogación financiera, consolidan una dependencia estrecha de la Universidad con el Congreso y con el Poder Ejecutivo.

 (Artículo publicado originalmente en Enero de 2014)


Notas



1- Pese a que la Universidad pública es una dependencia del Estado, existe una tendencia a ubicarla por fuera. Se habla por eso de “Universidad” y de “Estado” como dos lugares distintos. Éste último, representaría al conjunto de instituciones estatales por fuera de las Universidades.
2- Eduardo Wilde (1844-1913) fue uno de los promotores de la Ley Educativa 1420 de 1884. Obtuvo el título de médico y se desempeñó como docente de la UBA. 
3- En el año 1881 por Decreto del Poder Ejecutivo Nacional se formó una Comisión para proyectar los Estatutos y el Plan de Estudios de la UBA. La integraron Nicolás Avellaneda, Juan B. Alberdi, Vicente Quesada, D. de Peralta y Eduardo Wilde. El Proyecto de Estatuto se elevó al Congreso de La Nación, quién no emitió pronunciamiento. Atendiendo la ausencia de regulación, Avellaneda presentó el Proyecto de Ley Universitaria que regularía el funcionamiento de la UBA y Córdoba. (Debates Parlamentarios, 1959)
4- En el marco del debate de la Ley, Wilde resaltó que el Poder Ejecutivo Nacional nombraba los docentes y que el Congreso nNcional aprobaba los Estatutos y los Planes de Estudio. El autor propuso que los Estatutos sean elevados al Poder Ejecutivo (así fue redactada la Ley). Finalmente, la norma no mencionó la intervención del Congreso en la aprobación de Planes de Estudio.   
5- La Ley 1597 de 1885 en su artículo 1.6. sostuvo que “la Facultad respectiva votará una terna de candidatos que será pasada al Consejo Superior, y si este la aprobase será elevada al Poder Ejecutivo quien designara de ella el profesor que deba ocupar la cátedra.
6- La Ley 1597 de 1887 en el artículo 1.3. obligó a que los derechos universitarios tengan la “aprobación del Ministerio de Instrucción Pública.”


Fermín Chávez volvió al pago

Por José Luis Muñoz Azpiri (h)
                                          

“Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace...”, quien cubra su puesto de lucha dentro de la inteligencia militante. Pudiendo haber construido  su castillo de cristal –la diafanidad de su vida se lo hubiera autorizado– o su intelectual torre de marfil, prefirió su aporte vital al esclarecimiento histórico que brinda a los pueblos los cimientos de la determinación nacional.

Convivían en Fermín Chávez, en armoniosa conjunción de pensamiento y arte, la tribuna y la profecía, unidas a la expresión veraz y depurada. El magisterio del escritor, ampliado por el ejercicio de la poesía, el periodismo y ocasionalmente la tribuna, actuó siempre en el marco del Movimiento Nacional Justicialista, en el de la Resistencia (1955-1973), donde hacer peronismo estaba más cerca de las balas y del exilio, que del halago y los “honores”. Cuando los poderes regresivos quebraron el trayecto del pensamiento nacional, apareció su nombre en las negras listas de los negados, más la fuerza y pureza de su doctrinaria conducta demostró que, para el genuino pensamiento patrio, siempre habrá una columna y una prueba de imprenta.

Querido Fermín, viviste tu pasión argentina y la hiciste vivir, al margen del bando y las urnas, hasta arder en su mismo fuego múltiple y generoso. El fuego en que se consumen los corazones de la Patria comenzando por el de los trabajadores. Dicho fuego representa la credencial de la subsistencia y salvación nacionales, antesala de la Argentina eterna que hombres como vos profetizaron, entrevieron y, finalmente, ayudaron a erigir. Tu voz no era un altavoz, era una conciencia y el nacionalismo que ella representaba es, en nuestro país, una mística que no ha podido articularse aún en un proyecto genuinamente emancipador. Mística que viviste, querido maestro, con esa profunda fe cristiana que expresabas en tu devoción hacia la Virgen Gaucha, a la que le habrás pedido que no te dejara morir fuera de la pampa, siendo ella su dueña y quien dispone el destino de sus hijos. Virgen que te concedió el privilegio de ser un cadáver argentino. Acaso estés nuevamente en tu entrañable Entre Ríos, en un Entre Ríos celestial, donde dormirás en el campo verde, bajo el manto de los trebolares, fundido en la tierra primigenia, difundiéndote en su llaneza, en su sin par honradez. Sepultado en esa pampa habrás conquistado medio cielo, será como yacer en el azul. De día, te acariciará el sol y las brisas nativas; de noche, te velará la luna y las estrellas gauchas. Renacerás en los pastos, en el silbido de los sauces, en los colores del picaflor y el canto del chingolo, en el trotar isocrónico de un “trotecito” de un alazán criollo. Perdurarás así en la Argentina eterna y celestial que ambicionaste. Fuiste estimado hasta por los que insensatamente pretendieron verte como enemigo. Si hasta el diario “que Mitre dejó de guardaespaldas” te evocó con palabras bondadosas y cálidas. Es que así era tu alma generosa ¿Quién podrá olvidarte? Quienes te conocimos te cantarán por todas partes. Cuando te despedimos en la Legislatura tus compañeros y admiradores, tus ojos sabios de “amauta” de la América antigua se habían sellado conteniendo todavía tus lágrimas por la desaparición de Fermincito. Es que hay vidas llagadas por dentro, que nos hicieron comprender la huida terrenal de Lugones y tu último infortunio. Llevabas a los pies tu gorra y tus lentes, mientras te amortajaba la bandera azul y blanca de Obligado, no la celeste de la canalla doméstica, liberal y cipaya. Aunque hubiéramos preferido, al igual que el “Tigre” Clemenceau –el constructor de la victoria de Francia- un féretro de cristal donde permanecieras, vertical y rígido, vigilando los destinos de la Patria. Duerma, por tanto, el artista a la sombra de los libertadores de la Nación, su sueño de prócer, que habrán de acunar de hoy en adelante los argentinos nacidos o crecidos al conjuro de tu ejemplo y mensaje.

Te fuiste a encontrar con tu hijo. Volviste al pago, Fermín. ¡Al pago de Tata Dios! 

El Grito de Santa Fe

Por José María Rosa


El 15 de junio de 1938 se cumplía en la histórica Santa Fe el centenario de la muerte del Brigadier Estanislao López. Aquello fue una emocionada fiesta patriótica: López, tenido hasta poco antes como el tirano, el gaucho analfabeto, el hombre de la chusma por los historiadores liberales, fue reivindicado como la primera figura de la provincia. Se puso la piedra fundamental de su monumento y grandes festejos ocurrieron en toda la provincia, especialmente en la capital donde había nacido y muerto el Patriarca de la Federación.
Entre esos festejos había una recepción en el club del Orden. Don Alfredo Bello, santafesino de ley y hombre de fuertes y agresivas convicciones patrióticas era agasajado por haber sido quien más hizo por la reivindicación del Brigadier. Una lucha de cincuenta años llegaba triunfalmente a su fin.
En cierto momento el gobernador de la provincia brindó por él y por su brega lopizta incansable. Bello, emocionado, contestó al brindis con un desconcertante: “¡Por Santa Fe, por el caudillo popular de la Provincia, y por Juan Manuel de Rosas el primero de todos los caudillos argentinos!”. Palabras extrañas en 1938, que provocaron el desconcierto imaginable. Como algunas de las copas quedaron sin llevarse a los labios Bello agregó: “¡Y por una indispensable revisión de la historia Argentina sin la cual no seremos jamás una Patria!”.

No fuimos pocos quienes aclamamos a Bello. Yo me encontraba allí, pues era profesor de la Facultad de Derecho, y mí amistad con Bello y la mayor parte de los historiadores santafesinos me habían hecho comprender los auténticos valores de nuestro pasado. En las palabras del viejo maestro alentaba el deseo de empezar una campaña metódica por la valoración de la historia; y poco después nos reunimos en un salón del club un grupo de profesores, alumnos o simples aficionados al pasado a fin de echar las bases de un Instituto de Estudios Federalistas “por la urgente necesidad de coordinar muchos esfuerzos individuales que, en la ciudad y en el país luchan por una ya impostergable revisión histórica. Ya no es honesto cerrar los ojos ante tanta prueba acumulada de que nuestros anales patrios han sido tergiversados, desnaturalizados los acontecimientos y, en definitiva, falseados los resultados y las consecuencias lógicas”. La tremenda palabra revisión histórica acuñada por Bello en su brindis, fue lanzada como un desafío a la Argentina extranjerizada y vacilante de 1938.
Tengo en mi poder el acta de esa reunión, que desde entonces se llamaría el grito de Santa Fe, y dentro de poco debía conmover a todo el país. Nacía “revisionismo histórico”, el movimiento intelectual más revolucionario, el único profundo que habla dado por la Argentina. Ese marchar atrás para “enderezar el rumbo” - que dijo alguno - demostró ampliamente por qué los argentinos no éramos dueños de nuestros destinos y como podíamos volver a serlo. Mostró otra cosa, que palpamos en carne propia. No tuvimos éxito en los medios intelectuales; y pocos nos comprendían, y la mayor parte movían compasivamente la cabeza ante ese estrellarnos contra la montaña. Aunque algo nos demostraba que éramos un peligro; la prensa unánimemente calló nuestros boletines, manifiestos y conferencias.
Empezó la “conspiración del silencio”, fase primera de la lucha contra la verdad histórica, más tarde vendrán la tergiversación, la calumnia, la cesantía de profesores revisionistas, y hasta la cárcel. Hubo quienes claudicaron, pero muchos siguieron y muchísimos se sumaron.
Lucha difícil, pero grata para quienes intuíamos que en enderezar el pasado estaba la clave de enderezar el futuro que con una “historia colonial” solo podíamos tener una mentalidad colonial.
No tuvimos éxito, dije, en los medios intelectuales y universitarios; faltaban decenios para que la juventud universitaria madurara patrióticamente. Y fue Alfredo Bello quien llevó el revisionismo - contra mi desconcertada opinión - a las masas populares. Ocurrió después de una conferencia mía donde los concurrentes apenas pasaban de una docena. “No. A esta gente, no - me dijo don Alfredo -. Eso mismo que usted ha dicho sobre Rosas repítalo en un asado popular que le voy a organizar en Coronda”. ¿Qué saben de historia argentina quienes asistirán al asado?”. Nada, ni siquiera les ha quedado lo que se les enseñó en la escuela. Pero son criollos y tienen corazón”. Organizó su asado, y fue un estruendoso éxito. La policía debió intervenir porque los concurrentes salieron a matar salvajes unitarios, y tirarle piedras a los bustos de Sarmiento.
Poco después - en agosto - los revisionistas porteños siguiendo nuestro ejemplo fundaron el instituto Juan Manuel de Rosas. Y juntos, ambos realizamos actos de reivindicación histórica en Martín García, en la Vuelta de Obligado, en el Quebracho.
Así empezó, la historia hace treinta y cinco años. Como un recuerdo a quienes asistimos al grito de Santa Fe consignaré los nombres que figuran en el acta que tengo en mi poder: José María Funes, Presb. Alfonso Duran, Alfredo Bello, Clementino Paredes, Rodolfo Borzone, Félix Barreto, Raúl Ruiz y Ruiz, Víctor Mazzucca, Arturo Valdez Taboada, Ulises Benuzzi, Luis Alberto Candioti, Juan Bonet Da Forno, Leopoldo Chizini Melo, Carlos Iparraguirre, Heberto Pagani Lanza, Tulio Jacovella, Vicente Fidel López (hijo), y el mío, Alfredo Bello fue su primer presidente, y a mí - no obstante ser porteño - me hicieron el honor de confiarme la vicepresidencia.
A los seis meses me echaban de la Facultad. Porque los izquierdistas de entonces (que sólo eran liberales mal ubicados), consideraban reaccionarioe xplicar y valorar los caudillos populares. Como los liberales pueden hacer actos violentos sin que se estremezcan La Prensa y La Nación, estos dos diarios de familia callaren. Otra cosa sería - como ahora - cuando los atropellos (o presuntos atropellos) son a profesores de su mentalidad.


El bolivariano Rufino Blanco Fombona, y el liberal-probritánico Bartolomé Mitre

Por Juan Godoy

“En su odio absurdo y grotesco a la figura del Libertador, asegura el pobre Mitre que “la cabeza de Bolívar estaba llena de viento”, que “su táctica era la táctica de los indios”, que “su obra política ha muerto con él y no le sobreviven ni sus designios, ni sus tendencias, ni sus ideales”. Esto es lo que llamó Vargas Vila, cuando leyó a Mitre, el Bartolismo en la historia. Pero el Bartolismo no es únicamente imbecilidad, como cree Vargas Vila. Para llegar a semejantes conclusiones de su libro, Mitre ha tenido que falsificar o adulterar, paciente y malintencionado, cien pormenores de la historia.” Rufino Blanco Fombona

Cuenta el historiador Norberto Galasso que mientras desarrollaba su actividad como síndico en EUDEBA  y trabajaba bajo la gestión de Arturo Jauretche en dicha editorial (1), existía el proyecto de editar las Obras Completas del bolivariano Rufino Blanco Fombona. A partir de este proyecto llega a la editorial la amenaza de secuestrar y quemar esa edición si se llevaba a cabo (2), la amenaza proviene de los “custodios de Mitre.” ¿Por qué tan ferviente oposición a la edición de estas obras de un escritor latinoamericano? Respondemos, a partir de algunos de sus escritos y polémicas, el por qué de este silenciamiento. Recordamos la mentada frase de Homero Manzi acerca de Bartolomé Mitre que es el único prócer que dejó un Diario de guardaespaldas, lamentablemente además de un diario dejó otros historiadores, instituciones, etc. que también ofician de guardaespaldas del personaje alrededor de cuya personalidad y tradición ideológica “se han agrupado todas las tendencias anti-nacionales del país.” (Ramos, 1973: 14)

Rufino Blanco Fombona fue escritor y político. Gran polemista, de pluma incisiva, nació en Venezuela en 1874, cuando América Latina llevaba años consolidando la segregación de lo que supo ser el Proyecto de la Patria Grande. Férreo opositor a la dictadura de Juan Vicente Gómez, vivió largos exilios. Muere (casualmente) en la Argentina en el año ’44. Profundo anti-imperialista y luchador por la unidad latinoamericana, escribió más de cuarenta obras y fue el principal defensor y difusor de la figura de Simón Bolívar. Así, enfrenta los escritos de Mitre y polemiza con los mitristas. Recordemos que Mitre, fundamentalmente en su Historia de San Martín y de la emancipación sudamericana, había enfrentado a las dos figuras, argumenta: “San Martín, que no tenía el resorte de la ambición personal (…) pudo estimar su temple al encontrarse con un antagonista en vez de un aliado.” (Mitre, 1944: 71) De esta forma, San Martín sería humilde, desinteresado, generoso, desprendido de los honores, etc., mientras que Bolívar sería ambicioso, desconfiado, autoritario, etc. (3) En este esquema, el anexionista Bolívar es el único que quiere desarrollar la Patria Grande y San Martín querría conformar nuevos estados separados los unos de los otros en el territorio liberado del yugo español. Blanco Fombona enfatiza en que Mitre: “ha consagrado toda su vida a ennegrecer y desfigurar a Bolívar, a cortarle las alas al cóndor y la cabeza al gigante (…) historiador sin escrúpulos, que llama a la Revolución de la independencia continental Revolución Argentina americanizada, ha querido suscitar rivalidades entre los descendientes y juzgadores de estas dos figuras americanas.” (Blanco Fombona, 1981: 227-231) Lo que está detrás en la crítica mitrista a Bolívar es la justificación del proyecto semi-colonial que tenía para la Argentina, cuyo destino sería ser la Granja de Gran Bretaña, el “paisito” en el que una minoría se hace de la riqueza, se da una vida de lujos y placeres, y las mayorías populares “de pata al suelo”. Para llevar a cabo este modelo, Mitre destruye los escollos al mismo, y de esta forma avanza con la “guerra de policía” contra el interior provinciano, derroca al gobierno blanco en el Uruguay, y destruye el modelo autónomo industrialista paraguayo. Al relatar el genocidio mitrista, el riojano Ricardo Mercado Luna expresa “son las cosas que el odio ha escrito con sangre; con esa que –como quería Sarmiento- abonó los latifundios, las fábricas, las minas, los intereses de los bancos y el poder portuario: ese poder orgulloso y desafiante cuando mira al interior del país empobrecido pero claudicante y servil cuando vuelve los ojos, clava la rodilla y alarga el oído a los dictados de la “civilización” extranjera (…) las empresas de liberación no equiparan sus ejércitos con instrumentos de tortura; las de sometimiento y explotación sí. Por eso el Ejército de San Martín no fue un Ejército torturador. Por eso el ejército de Mitre fue un ejército torturador.” (Mercado Luna, 2005: 17-41) En fin, Mitre tiende las bases de la Argentina semi-colonia de Gran Bretaña (Galasso, 2011), a sangre, fuego y entrega.

Resaltamos que Eduardo Luis Duhalde sostiene que hubo una generación contemporánea a Mitre que se opuso a esta idea de desarrollo nacional, entre los que están José Hernández y su hermano (4), Guido Spano, Andrade (5), Navarro Viola, Eduardo Wilde, Nicolás Calvo, Felipe Varela, etc., teniendo como característica el “compromiso político por construir una nación asentada en la decisión popular, geográficamente equilibrada y sometida al imperio del derecho” (Duhalde, 2005: 63), llegando incluso a tomar las armas, y sin amedrentarse ante la persecución política y la cárcel. Ahora sí, teniendo el contexto general del proyecto político que Mitre pretende justificar escribiendo el pasado nacional, avancemos en las consideraciones de Blanco Fombona acerca del denominado “Padre de la historia”. Nos advierte el autor que al embestir contra Mitre está queriendo hacerlo contra toda una corriente histórica. También nos advierte que los “guardianes de Mitre” (la polémica con éstos se dio a partir de un escrito de Blanco Fombona, en el cual criticaba la visión de Mitre acerca de Bolívar), cuando lo atacan a él, más que defender al Gran San Martín, defienden al pequeño Mitre. La obra de General Argentino es más bien de novela histórica, y no ha gustado en Nuestra América, porque genera división, tergiversa los hechos, etc., “no es posible que toda América esté en el error y únicamente Mitre en la verdad.” (Blanco Fombona, 1981: 231) Refiere el autor que los panegíricos de Mitre lo consideran un tipo “fuera de serie”, que tuvo grandes méritos como militar, político, periodista, historiador y poeta, siendo de las figuras más relevantes en la historia del pueblo argentino. Él va a procurar demostrar que en realidad no tuvo méritos importantes en ninguno de estos campos, y que es un hombre mediocre. Lo demuestra con un análisis detallado de sus poesías, llegando a concluir que “a la gente de buen humor (…) les recomiendo la lectura de las voluminosas Rimas, de Mitre. Son de veras un antídoto contra la neurastenia. El hombre más lúgubre se muere de risa, leyéndolas” (ibídem: 250), también lo hace con el Mitre político, a quien ubica en la línea de Rivadavia, enemigo de la integridad de la nación, “localista furibundo, deseaba que la sola provincia de Buenos Aires se erigiera en república, con el nombre de República del Plata: esta nación microscópica era su ideal político.”(6) (ibídem: 251) En relación al Mitre militar, Blanco Fombona pone de relevancia que Mitre jamás obtuvo una victoria, porque Pavón (¡desde ya!) no puede considerarse un triunfo, “Sucre, Bolívar, ¡pobres hombres!,  ¡Y qué malos soldados! Según Mitre, ganaban las batallas contra todas las reglas del arte, al revés del mismo General Mitre, quien con todas las reglas del arte y las de una prudencia archifabiana se dejó siempre derrotar”. (Blanco Fombona, 1981: 236) Perdió el General incluso una batalla con los pueblos indígenas mucho peor pertrechados para el combate que el Ejército mitrista, y llevó a cabo uno de los mayores desastres en materia militar de la historia en los campos de Curupaytí, donde con un frente aliado de entre 18 mil y 20 mil soldados se enfrentó al Ejército paraguayo que solo llegaba a 5 mil hombres… ¡y fue estrepitosamente derrotado dejando un tendal de más de 9 mil aliados muertos! “Y si Mitre es pequeño como poeta, más pequeño aún como político, y microscópico como militar, es, como historiador, un hombre sin escrúpulos que falsificado la historia de todo el Continente.” (ibídem: 259) Rufino Blanco Fombona considera entonces que Mitre ha adulterado paciente y en forma malintencionada los hechos históricos (recordemos por ejemplo la “pérdida” del Plan de Operaciones de Mariano Moreno), ha falsificado la historia, queriendo imponer su relato como único, objetivo y verdadero.

Lo que está en juego cuando Mitre critica a Bolívar, es que son dos proyectos de nación diferentes, mientras el de Mitre es el proyecto de la patria chiquita, semi-colonial, de cara al Atlántico, con una economía dependiente de las metrópolis, un proyecto anti-popular, y anti-latinoamericano, etc.; el de Bolívar apunta a la construcción de la Patria Grande de modo de lograr un “equilibrio” entre las naciones y que las potencias no avasallen a los pueblos libres, a integrar a los sectores populares, repartir la tierra a los humildes de la patria, nacionalizar el suelo, las minas, proteger la manufactura local, etc. Dice Blanco Fombona en forma incisiva: “este historiador, tan apegado al suelo, al estercolero, como genuina basura de muladar, hubiera sido enemigo de Bolívar, de los ideales de Bolívar, si huera sido su contemporáneo.” (ibídem: 325)

Notas:

1- Designado en la gestión de Rodolfo Puiggrós en la Universidad de Buenos Aires (UBA), ejerce la Presidencia de EUDEBA desde 13 de junio de 1973. Ratificado por Taiana, luego del desplazamiento de Puiggrós, permanece en el cargo hasta su fallecimiento el 25 de mayo de 1974.
2- Galasso, Norberto. Presentación del libro: Galasso, N. (Comp.). (2014). En la lucha por la liberación y la unidad latinoamericana. Textos de José Martí. Buenos Aires: Ed. Instituto Superior Jauretche. Embajada de Cuba en Buenos Aires, 21 de abril de 2014.
3- Si bien la historia oficial-liberal de Mitre, Pacífico Otero y demás escribas del país semi-colonial, procuraron enemistar a los dos Grandes de Nuestra América, Norberto Galasso demuestra claramente, más allá de la confluencia en el proyecto político de la Patria Grande, la ligazón de San Martín y Bolívar, dando cuenta que San Martín en su dormitorio del exilio tenía 1) un cuadro de bolívar, 2) un retrato de bolívar en miniatura que éste le dio cuando la entrevista de Guayaquil, 3) una litografía de Bolívar, y 4) un óleo de Bolívar que le mandó a pintar a su hija. Galasso, Norberto. (2000). Seamos libres y lo demás no importa nada. Buenos Aires: Colihue.
4- Para un abordaje de Rafael Hernández, véase: Guglielmino, Osvaldo. (2011). Rafael Hernández, el hermano de Martín Fierro. Buenos Aires: Colihue.
5- Para un abordaje de Eduardo Wilde, véase: Acerbi, Norberto. (1999). Eduardo Wilde. La construcción del Estado nacional roquista. Buenos Aires: Confluencia.
6 Recordemos que en el año 1854 la provincia de Buenos Aires, con tal de no repartir la Renta de la Aduana se va a segregar de la Confederación, e incluso se llega a proponer el proyecto que cuenta el autor.

Bibliografía
Acerbi, Norberto. (1999). Eduardo Wilde. La construcción del Estado nacional roquista. Buenos Aires: Confluencia.
Blanco Fombona, Rufino. (1981). Ensayos históricos. Caracas: Biblioteca Ayacucho.
Duhalde, Eduardo Luis. (2005). Contra Mitre. Los intelectuales y el poder: de Caseros al 80. Buenos Aires: Punto Crítico.
Galasso, Norberto. (2000). Seamos libres y lo demás no importa nada. Buenos Aires: Colihue.
Galasso, Norberto. (2011). Historia de la Argentina. Desde los pueblos originarios hasta el tiempo de los Kirchner. Buenos Aires: Colihue.
Guglielmino, Osvaldo. (2011). Rafael Hernández, el hermano de Martín Fierro. Buenos Aires: Colihue.
Mercado Luna, Ricardo. (2005). Los coroneles de Mitre. Buenos Aires: Alción.
Mitre, Bartolomé. (1943). Historia de San Martín y de la emancipación Sudamericana. Buenos aires: Rosso.
Ramos, Jorge Abelardo. (1973). Del Patriciado a la Oligarquía. Buenos Aires: Plus ultra.

De aquí y de allá. Latinoamericanas y caribeñas

Por Omar Dalponte


El proceso de cambios favorable al crecimiento de nuestro país que con toda justicia ha beneficiado a los sectores populares de la Argentina, lleva once años y evidentemente no está desvinculado de la realidad internacional, especialmente de la realidad latinoamericana. Nunca antes en nuestra historia los lazos de fraternidad con los países hermanos, a nivel de pueblos, han sido tan fuertes como los que hemos estrechado en esta última década. No tienen antecedentes la unidad y solidaridad tan sólidas de nuestros Presidentes de la Patria Grande como las alcanzadas,en determinados momentos de la historia reciente, por Néstor Kirchner y Cristina Fernández, Lula da Silva y Dilma Rousseff con Rafél Correa, Evo Morales, Michelle Bachelet, José Mugica, Tabaré Vazquez, Fernando Lugo, Hugo Chavez, Nicolás Maduro, Daniel Ortega, Fidel y Raúl Castro. Aún está fresco el recuerdo del triunfo contra el ALCA en 2006 y la magnífica acción de paz por gestión de Néstor Kirchner quien en 2007 se internó en la selva colombiana logrando la liberación de rehenes. También está vivo en el recuerdo el hecho protagonizado por este ex Presidente argentino en el año 2010 cuando, literalmente, evitó la guerra entre Colombia y Venezuela, naciones hermanas que cuentan, tal vez, con los dos Ejércitos más desarrollados de América del Sur. Todavía, entre otras cosas, está muy presente el episodio no menor de la actitud solidaria de la Argentina hacia Honduras ocurrido en 2009 y la solidaridad de todos los Presidentes democráticos con el pueblo hondureño. En aquella oportunidad la Presidenta argentina decidió retirar el reconocimiento diplomático a la Embajadora de Honduras en nuestro país, Carmen Eleonora Ortez Williams "por el apoyo público que la diplomática dio al Golpe de Estado que el 28 de junio de aquel año derrocó en su país al Presidente constitucional Manuel Zelaya y puso en su reemplazo a Roberto Micheletti".

Nunca olvidarán los pueblos de Latinoamérica la disposición y el poder de convocatoria de la Presidenta Cristina Fernández cuando por el quiebre del régimen democrático de Honduras, reunió a varios Presidentes en un frente común por la libertad y la democracia. Estos hechos puntuales, inéditos en nuestra América, fueron -entre otros cercanos- grandes eslabones en la cadena de fuerte amistad labrada en diez años de ganancia honorable para todos en nuestro Continente. Ahora esta amistad que debemos preservar como un bien muy preciado, es necesario trasladarla al futuro para que las nuevas generaciones la sostengan en el tiempo y hagan realidad concreta el eterno sueño de la Patria Grande. No es tarea fácil. No transitamos un camino recto y despejado sino que en él hallamos y hallaremos miles de escollos que las oligarquías locales, los poderosos grupos económicos y financieros, el imperialismo yanqui y las grandes corporaciones que reinan en gran parte del mundo colocan y colocarán por delante. Las potencias coloniales tratarán por todos los medios de impedir la real unidad e Integración latinoamericana y caribeña porque las inmensas riquezas existentes en nuestra América son un bocado que históricamente han tratado de robarnos. Ante el afán de los países dominantes por arrebatarnos los recursos naturales -el agua, el petróleo y los alimentos preferentemente- habremos de prepararnos para una lucha muy difícil y los mejores senderos a seguir son los que conducen a la unidad y la Integración de nuestros pueblos. En este tiempo del pasado cercano han ocurrido situaciones favorables y adversas. Ahora mismo los platos de la balanza pueden volcarse para uno u otro lado y en este momento de definiciones es útil revisar alguna cosas.

Los fallecimientos de Néstor Kirchner y del comandante Hugo Chávez fueron dos golpes muy dolorosos. Honduras y Paraguay, por sendos Golpes de Estado, han sido desviados del camino que Zelaya (con sus limitaciones) y Lugo habían emprendido. Venezuela es un objetivo que el imperialismo quiere destruir contando con la complicidad de sus aliados locales. Hoy los inconvenientes para llevar adelante la revolución bolivariana son inmensos con el agravante de que Maduro no es Chávez y la ausencia de un liderazgo como el del Comandante se hace sentir en grado superlativo. Contra Dilma Rousseff hay una escalada desestabilizadora que en este último tiempo activó no pocas alarmas en Brasil y especialmente en el Partido de los Trabajadores (PT). La presente nota fue entregada antes de las elecciones realizadas en Colombia el domingo 15 de junio pero anticipamos que el resultado de esta jornada electoral será decisivo para el futuro de la Región. El triunfo de Juan Manuel Santos puede ayudar a mantener la estabilización en la zona, en cambio si el ganador es Oscar Iván Zuluaga existe la posibilidad de un enfrentamiento con Venezuela que EU no desaprovecharía y cuyas consecuencias pueden ser terribles. Las miradas hacia lo positivo permiten ver en el escenario latinoamericano y caribeño realidades valiosas. Cuba, con su presencia rectora, sigue siendo un faro. La recuperación del gobierno de Chile por Michelle Bachelet, habiendo desplazado rotundamente a la derecha, ha sido un acontencimiento realmente importante. El reciente triunfo de Sanchez Cerén en El Salvador seguramente reforzará los diálogos y acuerdos desde América Central hacia el Sur y la candidatura de Tabaré Vázquez en Uruguay resulta esperanzadora para la etapa que viene en la política rioplatense. ¿Triunfará el Frente Amplio uruguayo en las próximas elecciones? Un dato a tener en cuenta respecto a los cambios operados en nuestra América: Salvador Sanchez Cerén en El Salvador, José Mugica en Uruguay y Daniel Ortega en Nicaragua son antiguos combatientes de organizaciones armadas revolucionarias que han llegado a la Presidencia por vía del voto popular. Las luchas honestas siempre, en definitiva, son reconocidas por los pueblos.

En nuestro país los ataques contra el gobierno de Cristina Fernández son permanentes pero siempre se encuentran con muros muy difíciles de vulnerar. Además las perspectivas electorales del Kirchnerismo son buenas, la Presidenta cuenta con el respaldo de millones de argentinos, todos los días produce hechos muy significativos y el último, muy reciente, es el de la expansión del ramal del ferrocarril San Martín -el primero en 20 años-con la habilitación de dos estaciones - Manzanares en Pilar y Cabred en Lujan- que facilitarán el traslado, desde esta localidad hasta Retiro de miles de pasajeros. Con la incorporación de 24 nuevas locomotoras y 160 flamantes vagones el ferrocarril San Martín tendrá una extensión de 70 kilómetros. El mejoramiento ferroviario continuará y proximamente se verá concretado en los ferrocarriles Roca y Sarmiento. Queda claro que estamos muy lejos del "ramal que para ramal que cierra" de la negra época menemista. Si el Kirchnerismo gana en 2015, Tabaré se impone en Uruguay y se logra derrotar a Zuluaga en Colombia, sin duda cantarán alegremente los gallos de la democracia en estas partes del mundo y continuaremos rumbo al progreso. Veremos.


El peso de ciertas traiciones en el destino de la Argentina

por Néstor Miguel Gorojovsky

En tres artículos publicados en sucesivas ediciones dominicales de Tiempo Argentino, el periodista profesional Hernán Brienza convocó a “traicionar” a Arturo Jauretche, a Raúl Scalabrini Ortiz y (con obvia intención irónica hacia algunos de sus críticos) también al recién asumido funcionario del flamante Ministerio de Cultura Ricardo Forster.

En el hasta hoy último artículo de la serie, Brienza plantea que al menos algunos de quienes lo han criticado por los dos textos anteriores (a quienes no menciona) son “botonazos” del “pensamiento nacional”, aparentes vestales que pretenden impedir la actualización del mismo y su adaptación a los nuevos tiempos que vive la Argentina. No sabemos cuándo se inician los “nuevos tiempos” para el periodista, aunque sí sabemos que considera necesario “actualizar” ese “pensamiento nacional”, envejecido a su modo de ver y sin respuestas ante los interrogantes de nuestra época. El “pensamiento nacional” no es más que el modo autocentrado y dinámico de tomar lo universal. Lo universal es dinámico a su vez. Ningún productor de “pensamiento nacional”, y menos que nadie aquellos que sentaron sus bases, olvida eso. El aviso de Brienza es como llovido sobre mojado para quienes producen “pensamiento nacional” en la Argentina. “Producirlo” es, justamente, “actualizarlo”. Pero Brienza no sólo recomienda actualizarlo. Recomienda “traicionarlo” para “actualizarlo”. Eso es distinto. Tanto valdría, por ejemplo, recomendar a los estadounidenses “traicionar” a Martin Luther King para “actualizar” la lucha por los derechos civiles. Como periodista profesional, Brienza no puede ignorar el peso de los matices, y en particular los matices que se afirman en la letra de un titular. Es cierto que el periodista profesional enfrenta la necesidad de “enganchar” al lector, y un título “provocativo” es una de las vías para lograrlo. Pero aún en ese caso, que sería el mejor, Brienza se ha equivocado y la Caja de Pandora que se abrió con su propuesta sólo podía ser inesperada para alguien que, en el fondo, se ha puesto a escribir sin conciencia plena del sentido que necesariamente tomarían sus palabras. Porque en la Argentina, la palabra traición tiene connotaciones que no pueden dejarse de tener en cuenta. Y justamente ésa es una de las principales líneas conductoras del “pensamiento nacional”. Hay países cuyos dramas brotan de derrotas: Irak, por ejemplo. Otros, como el nuestro, sin haber sido invadidos militarmente fueron traicionados con similares consecuencias. A no ser que alguien suponga que, dado que vivimos bajo un régimen democrático, ya no existen traidores al destino nacional de los argentinos, el señalamiento de la traición sigue siendo una obligación del pensador nacional y convocar a éste a “traicionar” no puede sino despertar reacciones de extrema indignación. Baste pensar en Carlos Menem, el que “si decía lo que iba a hacer no recogía un voto”. O en Roberto Alemann, que desde el Ministerio de Economía de un país en guerra con el Reino Unido y la OTAN, se negaba a usar la retorsión económica contra el ocupante de territorio nacional.

Pero hay ejemplos más siniestros...
El 7 de junio de 1821, por la noche, una partida absolutista se infiltra en Salta, guiada por el rico comerciante Mariano Benítez. Benítez es un cordobés, integrado por feliz matrimonio a la “gente decente” de esa ciudad en la que recién a mediados del siglo XX pudieron acceder los indios a la plaza céntrica. (Esa “gente decente” aborrece al General Martín Miguel de Güemes por los mismos motivos que la burguesía anglocriolla representada por Bernardino Rivadavia odia a José Gervasio de Artigas y a José de San Martín: les imponían a ellos, que podían dar algo más que sangre, contribuciones monetarias y en bienes para el esfuerzo de la guerra en marcha. Era poca cosa: la sangre la ponían los criollos pobres y el gauchaje, como bien había dicho Güemes.) La partida guiada por el comerciante se embosca, ataca al General Martín Miguel de Güemes, y lo hiere de muerte. No es una víctima cualquiera: con él queda malherido nada menos que el plan sanmartiniano para terminar con el absolutismo en América del Sur. Efectivamente, Güemes, el gran táctico de la “guerra gaucha”, preparaba el brazo oriental de la pinza que San Martín, que marcharía por mar, esperaba utilizar para superar los fracasos de las anteriores expediciones libertadoras. En ese magno diseño, Güemes, junto a los focos de resistencia y guerrilla altoperuana, avivaría la llamarada revolucionaria del altiplano, quebraría la espalda del poder absolutista y avanzaría hacia Arequipa, donde los realistas se habían hecho fuertes tras el desastre de Huaqui. San Martín, entretanto, caería sobre Lima desde el mar. Un cóndor de anchas alas, engrosadas por los avances de Güemes en la Puna y en la Sierra, se cerniría sobre la orgullosa ciudadela del privilegio y los marqueses. Se cerraría la pinza y la libertad americana se establecería definitivamente con la liquidación del poder absolutista en el Perú. Un traidor, un tal Benítez, impidió la realización de ese plan. San Martín llegó a Lima debilitado, y el Alto Perú quedó en manos de otros traidores, que supieron cambiar de casaca y ofrendarle a Bolívar la Constitución vacía de una Bolivia asentada sobre el fortalecimiento de la opresión de los indígenas, que quedaron en peor situación que bajo el dominio ibérico. No fue la primera ni la última de las traiciones que quebraron, una y otra vez, las piernas de un pueblo que desde hace doscientos años intenta ponerse de pie y pensarse con su cabeza. Ambos actos, la liberación nacional y la constitución de un pensamiento nacional, son dos caras de la misma moneda. No es gratuito, ni siquiera cuando se redacta un título con intención de atrapar miradas sorprendidas, usar el término “traición” en la Argentina. Y mucho menos cuando se lo emplea para abrir un debate sobre el “pensamiento nacional” y su actualidad contemporánea.

Otrp ejemplo, cuarenta años después
También la de Justo José de Urquiza en 1861 es traición, y mayúscula (a sí mismo, incluso, como bien lo percibió Ricardo Piglia y lo recreó literariamente en "Las actas del juicio”, esa obra maestra del cuento corto). Tras una serie de asesinatos y provocaciones perpetrados por agentes locales del entonces segregado gobierno de Buenos Aires (que no quería poner las rentas de Aduana en función de desarrollo nacional), se dirime ese año la cuestión de la unidad nacional planteada al día siguiente de la caída de Juan Manuel de Rosas, en 1853. Urquiza, es en ese momento el jefe del partido federal. Inexplicablemente, tanto para propios como para extraños, se retira al tranco y sin pelear en la batalla de Pavón, que como mínimo y según todos los testimonios (incluso la actitud de Bartolomé Mitre, que comandaba las fuerzas porteñas) no estaba definida hasta ese instante. Urquiza le deja el campo libre y una inesperada victoria a Mitre, cruza el Paraná con su caballería, y permite así fundar la república oligárquica de los socios porteños del imperialismo inglés, sobre los huesos de miles de argentinos, paraguayos, uruguayos y brasileños. Esa segunda traición, con la primera, tienen consecuencias gigantescas. Y ambas fueron señaladas por los fundadores del “pensamiento nacional”.

Algunas consecuencias de las dos traiciones
Hemos elegido estas dos traiciones, de una ristra casi interminable, porque nos parecen fundacionales. El país semicolonial, integrado informalmente al Imperio Británico (primero) y al actual orbe hegemonizado por la Tríada de Estados Unidos, Europa Occidental y Japón (después), nace con ellas. Sin ellas, por citar algunos ejemplos en cierto desorden, no se hubieran producido:

* el genocidio mitrista de Argentina y Paraguay (infinitamente más grave, en términos relativos y absolutos, y en sus consecuencias, que el del tan denostado provinciano Julio A. Roca),

* la semicolonia próspera organizada en torno a la exportación agropecuaria de la plataforma pampeana,

* el librecambismo despiadado y la desocupación estructural de un país deformado,

* las crisis sistemáticas de la balanza de pagos,

* la anémica industrialización del país (insistentemente calificada de “artificial”, y mucho más si es apoyada por el Estado o asumida directamente por él, como hizo al menos en el petróleo Hipólito Yrigoyen y en forma masiva el General Juan Perón),

* la condición semiservil o servil de miles de trabajadores rurales,

* las sirvientitas santiagueñas “para todo servicio” en casas de la clase media de las grandes ciudades puerto del Litoral,

* el arrinconamiento infame de los restos vivientes de nuestros criollos y nuestros primeros pobladores,

* el país de espaldas a América Latina,

* la educación eurocéntrica,

* la dictadura de los grandes medios de comunicación (La Nación fue el primero),

* el sistema de partidos políticos proimperialistas que cubrió todas nuestras opciones (por izquierda, con ideal sarmientino, y por derecha, con ideal mitrista crudo) cada vez que -como pasó con el yrigoyenismo y el peronismo- las opciones populares estaban proscriptas

*la práctica misma de la proscripción de las mayorías.

Nació también con esas dos traiciones, en fin, el criminal período abierto con el bombardeo de Buenos Aires el 16 de junio de 1955, llegó al paroxismo de sangre en la segunda mitad de la década de 1970 y se cerró con las docenas de muertos de diciembre de 2001, los asesinatos de Kosteki y Santillán, y la desaparición de Julio López. Y, ya que todo esto gira en torno a los temas del “pensamiento nacional”, nació también con ellas esa hegemonía cultural de las élites extrovertidas que lleva a que nuestros artistas tengan que esforzarse por ser fieles al pueblo del que brotan. Solo gracias a las consecuencias intelectuales de ambas traiciones es que un artista que se expresa desde las tripas mismas de la sensibilidad popular, en vez de ser lo habitual, es “inclasificable” o “fuera de serie”. Un nombre: Leonardo Favio.

“Ni ebrio ni dormido”
Con semejantes antecedentes, difícil resulta escapar a la conclusión de que ningún periodista profesional puede en la Argentina convocar a “traicionar” a los grandes fundadores del pensamiento nacional, como Arturo Jauretche o Raúl Scalabrini Ortiz, sin abrir una Caja de Pandora. Ningún periodista profesional estadounidense propondría “traicionar” a Martin Luther King para “actualizar” la lucha por los derechos civiles. Así como no se puede “traicionar” a King sin traicionar a los negros estadounidenses, no se puede traicionar en la Argentina al “pensamiento nacional” sin traicionar a la nación. Y esto no es hipérbole. Los que descuellan en el difícil camino de, como decía Jauretche, “ver desde aquí lo universal” (porque así es como definía “lo nacional”) nunca fueron escritores profesionales. No escribían para ganarse la vida. Se ganaban la vida para escribir. No podría verse en su trayectoria una serie de acrobacias inusitadas provocadas por la necesidad de llenar la olla. Sí podrían verse muchas ollas vacías. Pero también se vería una absoluta ausencia de “traiciones”. Salvo, quizás, la necesaria traición en todo hijo de un mundo que descubre su insidia y decide dedicar su vida a combatirlo. La “traición” al seno materno de la vida nueva que nace y crece. Cuando los motivos que dieron origen a esa traición primigenia, la condición dependiente y semicolonial de la Argentina, hayan cesado, podría ser que proponer una “traición” al “pensamiento nacional” deje de provocar tormentas. Ahora, la tormenta está en las cosas: la Argentina no terminó de completar su liberación nacional, y ninguna “actualización” del pensamiento nacional que se proponga eliminar de su seno esta consideración y todas sus consecuencias dejará de ser una “traición” en el peor de los sentidos. No creemos que Brienza haya pensado en estas cosas en sus mal planteados títulos. Sería bueno que lo haga. Los “Salieris” de Arturo Jauretche se lo recomendamos calurosamente.



Traicionar a Jauretche o, ¿qué hacemos con Jauretche vivo?


Por Juan Carlos Jara

Las urgencias y prioridades de la batalla cultural, que, como predica incansablemente nuestro Director (*), es necesario entablar hacia fuera pero muchas veces también hacia dentro del Movimiento Nacional, nos obligan a posponer por este número la continuación del artículo sobre Rodó que habíamos iniciado en el Cuaderno N°41. Hoy queremos analizar brevemente, antes de que se despeje del todo la polvareda que produjo, el artículo sobre Arturo Jauretche que publicara Hernán Brienza en Tiempo Argentino del pasado 25 de mayo, fecha en que se cumplía el 40° aniversario de la muerte del gran pensador, bajo el provocativo título de “¿Es necesario traicionar a Jauretche?” No dudamos de que Brienza es un avezado periodista y, como tal, ha leído concienzudamente la obra de Jauretche. Es más, recordamos, con cierta delectación, haberlo oído alguna vez criticando con sagacidad jauretcheana la vena antiperonista, por no decir gorila, de Tato Bores, ante la notoria incomodidad de los columnistas de “6 7 8”, que hasta la intervención de Brienza habían venido haciendo calurosos panegíricos del recordado humorista de la peluca y el habano. Conocíamos también, y esto lo recordamos ya con menos delectación, un suplemento especial de la revista Noticias, publicado en vísperas de las elecciones de octubre de 2007, en el que se ensayaba, con ramplón desparpajo, es decir al estilo Fontevecchia, una biografía “no autorizada” de la por entonces Candidata presidencial del Frente Para la Victoria, Cristina Fernández de Kirchner. Una producción -tan pestilente como infructuosa- que bien hubieran podido escribir Jorge Rial o Luis Ventura, pero que, paradójicamente, estaba firmada por… Hernán Brienza. Ese suplemento, en el que aviesamente se llega a poner en duda la autenticidad del título de abogada de Cristina, puede leerse aquí:http://noticias.perfil.com/2013-09-14-38019-la-perdida-biografia-de-brie....

Quienes, por un optimismo ingénito (algunos lo tildarán de ingenuo), descreemos del proverbial “piensa mal y acertarás”, preferimos obviar aquel mal paso del periodista ofreciéndole crédito de buena fe a su posterior y apresurada conversión al más fervoroso “cristinismo”. Esa conversión, es bueno añadirlo, le deparó poco después la oportunidad de convertirse en espada mediática kirchnerista, miembro prominente del Instituto de Revisionismo Histórico Manuel Dorrego y editorialista “estrella” del diario progubernamental Tiempo Argentino. Uno de esos editoriales dominicales es, precisamente, el dedicado a Jauretche al que aludimos más arriba. En él, Brienza empieza asegurando que la popularización, en los últimos años, de la figura de Arturo Jauretche constituye al mismo tiempo una buena y una mala noticia. Lo primero, obviamente, porque representa un acto de justicia; lo segundo “porque nos hace comprender que desde aquella fecha en que el autor del Manual de zonceras argentinas dijo que tenía que partir, quedó una fecha vacía en el almanaque de las ideas políticas del Peronismo.” Dejemos pasar esta parcialización partidista de Jauretche, quien siempre se proclamó nacional antes que peronista. Marginemos piadosamente, asimismo, que el autor, acaso encandilado por los pergaminos académicos de dos intelectuales a los que sin duda admira, contemple con cierta reminiscencia bucólica que Horacio González y José Pablo Feinmann campean “por los caminos venturosos de las ideas argentinas”, aunque seguramente, aclara, ni ellos mismos se reconocerían como “pensadores nacionales y populares en el sentido clásico del término”. No se detiene Brienza a aclarar cuál sería el sentido no clásico del término, pero no importa, dejemos también pasar esa aparente contradicción de percibir “ideas argentinas” en pensadores ni nacionales ni populares (en el sentido clásico del término) cuando reconocerse en lo nacional y desde lo popular parecieran requisitos indispensables para generar alguna clase de “ideas argentinas”. Un poco más difícil de soslayar es, en cambio, la afirmación de que, en su célebre Medio Pelo, Jauretche analiza “el fenómeno aspiracional de la clase media argentina”, cuando, como es público y notorio hasta para quien haya hojeado distraídamente ese libro, allí Jauretche describe “el fenómeno aspiracional” de la burguesía nacional, no de “la clase media argentina”. Tampoco es fácil de digerir que se tilde de “interesante y divertido” al Manual de zonceras argentinas, uno de los libros más enjundiosos y esclarecedores de la ensayística nacional de todos los tiempos. Brienza conoce muy bien el sentido y matiz de cada palabra como para no apreciar el desdeñoso juicio que alberga dicha adjetivación.

En otro pasaje de su artículo Brienza, que poco antes ha citado a Scalabrini y Hernández Arregui como a los otros dos “mosqueteros” del pensamiento nacional, afirma que no ha habido un pensador nacional que alcanzara la altura de Jauretche. Con lo que a estar de esa aseveración don Arturo vendría a ser algo así como el D’artagnan hoy resurrecto de la mentada trilogía. Pero no nos alegremos tanto de dicha resurrección, alerta Brienza, porque ella nos habla de las virtudes del pensamiento de Jauretche pero al mismo tiempo de nuestro fracaso en la generación de nuevos jauretches capaces de superar al maestro sin repetirlo. Ello revelaría, según Brienza “cierta necrosis del ideario nacional”. El periodista historiador, como lo calificara afectuosamente su otrora difamada Cristina, pareciera desconocer las vicisitudes de silenciamiento, tergiversación, intentos de exterminio en suma, por las que han pasado el “ideario nacional” y sus protagonistas más destacados a lo largo de la mayor parte del último medio siglo y pico. Pareciera ignorar, además, que pese a todas las adversidades, contamos hoy con la presencia siempre vigente de intelectuales de la talla de Norberto Galasso, Alfredo Eric Calcagno, Eduardo Romano, Eduardo Basualdo, Mario Rapoport, para sólo citar unos pocos al azar, lo que evidencia palmariamente que tal necrosis es sólo un mito, una zoncera más de las que seguramente, de vivir, se hubiera burlado don Arturo en alguno de sus libros “interesantes y divertidos”. Sin embargo, como si ya con esto no tuviéramos bastante, Hernán Brienza nos reserva la frutilla del postre, el broche de oro (muerto) de su meditado texto. “No hay posibilidad de mantener viva una tradición sino es traicionándola”, asevera muy borgiana, o cobosianamente. Y agrega más adelante: “El Peronismo hoy –y el kirchnerismo como magma que lo mantiene caliente– debe traicionar al Pensamiento Nacional, debe cuestionar sus formas, sus condensaciones coaguladas, sus calambres. Y debe abrir nuevos diálogos con la modernidad, la posmodernidad, la liquidez, la pluralidad, la democratización de las sociedades, los medios masivos de comunicación, resemantizarse, complejizar los discursos y los conceptos, deslindarse de viejos maniqueísmos, adquirir nuevos significantes. El pensamiento nacional debe construir un nuevo mapa de referencias conceptuales –de hecho lo hace en baja intensidad, apenas perceptiblemente– que "traicione" de buena manera los viejos marcos teóricos del nacionalismo popular y del revolucionario de los años sesenta y setenta”. He ahí el meollo, el núcleo central, el “magma” que termina por calentar el artículo de Brienza, al par que a no pocos de sus lectores. El mismo nos sugiere una serie de preguntas de muy difícil respuesta. ¿”Traicionar” quiere decir “superar” en el diccionario particular del articulista? Si así fuera podríamos llegar a estar de acuerdo. Pero para la Real Academia, y creo que para todos nosotros, cientistas sociales o meros ciudadanos de a pie, traición significa simplemente “no ser fiel una persona y no ser firme en los afectos o ideas o faltar a la palabra dada”. ¿Propone eso el compañero Brienza? ¿No ser firme en la defensa de las ideas nacionales, por más coaguladas y acalambradas que (le) parezcan? Por otra parte, ¿cuáles son los viejos maniqueísmos de los que debemos deslindarnos? ¿Los de Liberación o Dependencia? ¿Pueblo u Oligarquía? ¿Frente Nacional o Frente Cipayo? ¿Patria sí, Colonia no?

Como buen periodista todo terreno, Brienza navega con mucha comodidad por las nebulosas de la enumeración abstracta. ¿Por qué no explicar más concretamente qué quiere decir con eso de: "el pensamiento nacional debe construir un nuevo mapa de referencias conceptuales”? ¿Cuáles son esas “referencias conceptuales” que el Kirchnerismo parece manejar casi furtivamente, en forma poco menos que imperceptible, salvo para el ínclito periodista historiador? ¿Dónde radica la vejez de los "marcos teóricos" del nacionalismo popular y revolucionario a los que se alude? ¿Cómo se los puede traicionar, con o sin comillas, "de buena manera"? ¿Acaso “complejizando los discursos y los conceptos”, con lo que el pensamiento nacional y popular perdería, por lo menos, una de sus patas fundamentales, premisa que Jauretche entendió tan bien al hablar “para todos sus paisanos”? ¿No será que en el fondo lo que propone Brienza es “campear por los caminos venturosos de las ideas argentinas” que hoy recorren, sin considerarse siquiera herederos de Jauretche, Feinmann, el admirador de Milcíades Peña, y el oscuro González, perito en lunas y erudito en nubes o cerros de Úbeda y alrededores? Hace cuarenta años, al poco tiempo del fallecimiento del Presidente Perón, Ernesto Goldar publicó un olvidable librito de no muy afortunado título: ¿Qué hacemos con Perón muerto? Parafraseando el mismo, nos hacemos la última y crucial pregunta: ¿no será que “matar” a los “monstruos sagrados”, entre ellos a Jauretche, como sugiere Brienza, significa en el peculiar vocabulario brienzano “¿qué hacemos con Jauretche vivo?”. 

*Publicado en Cuadernos de la Izquierda Nacional N° 42

Forster: un hierro de madera

por Alberto Buela


Ante el pedido expreso de un dilecto amigo escribimos este breve artículo, que no pensábamos escribir para evitar que algún despistado piense que buscamos trabajo. Hace cosa de unas semanas apareció un artículo del periodista Hernán Brienza, el que entrevistó a Cristina Kirchner, en el Diario oficialista Tiempo Argentino, en donde hablando del Pensamiento Nacional nos menciona junto con otros, como Horacio González, Galasso, Maresca, Pancho Pestanha, Jorge Bolivar, Feinmann o ya fallecidos como Amelia Podetti, R. Kusch, Tucho Methol. Fue algo premonitorio, pues una semana después el Gobierno creó la Secretaría de Estado para la Coordinación estratégica del Pensamiento Nacional y lo nombró a un Profesor de Filosofía, Ricardo Forster, al frente. La creación de la Secretaría de marras y la desatinada designación de un Secretario no capacitado para ello, (incluso el mencionado Brienza está mejor capacitado) levantó una polvareda de decenas de artículos, todos en contra.

Los primeros que se pusieron en contra fueron los periodistas y ensayistas del sistema: los Lanata, Longobardi, Aguinis, Kovaldoff, J.L.Romero, Sebrelli, Grondona, etc., afirmando que no existe un “Pensamiento Nacional” sino que el pensamiento siempre es pensamiento universal. Y que crear una secretaría ad hoc es querer domesticar el pensamiento para uso del gobierno. Otro tipo de reacción fue la de aquellos que, aceptando la existencia de un Pensamiento Nacional, cuestionan a Forster porque no está capacitado, pues por su formación: se educó en la lectura de los autores de la escuela marxista de Frankfurt y nunca se ocupó de filósofos americanos.[1] Además tiene otra limitante, y es que todos sus trabajos son sólo sobre autores hebreos (Benjamín, Adorno, Derrida, Horkheimer). Es más, tiene un libro Ensayo en torno a lo judío (1997), en donde sostiene que el Cristianismo es la fuente y fundamento del antisemitismo, invirtiendo así, el sacrificio de la Cruz. Tesis desorbitada que hoy, no la sostiene ni el troglodita de Netanyahu. Finalmente hubo otro tipo de reacción y es la de aquellos que pensamos que el Gobierno se equivocó en la designación de un tal Secretario de Estado, porque es lo mismo que poner a un carpintero de electricista, termina provocando un cortocircuito. Pero que al mismo tiempo es acertada la creación de esta Secretaría pues, bien manejada, ello permitiría lograr una mayor y mejor expresión pública de la pluralidad de matices que conforman el denominado Pensamiento Nacional.

Ese pensamiento no es una creación del fascismo, de los nazis o del populismo como piensan los liberales y los marxistas ortodoxos, como los de la Escuela de Frankfurt, entre otros. Sino que se constituye por la acumulación de trabajos en torno  a la explicitación de “lo nacional argentino e hispanoamericano”. Y sobre el tema convergen multitud de corrientes, aspectos y matices que tienen su partida en la Carta a los españoles americanos del peruano Juan Pablo Viscardo en 1792 y que pasando por infinidad de pensadores, ensayistas y filósofos llega hasta nuestros días. Nosotros tuvimos la oportunidad de publicar en 1992, con motivo del quinto centenario, dos volúmenes sobre Pensadores nacionales iberoamericanos en donde rastreamos en cada unos de los países que conforman nuestra ecúmene cultural a los autores que se habían ocupado de la Cuestión nacional y quedamos sorprendidos por la variedad y número de los mismos. Además en casi todas las Universidades americanas existen Cátedras o Seminarios sobre Pensamiento americano, latinoamericano, hispanomericano, iberoamericano, indoamericano, indiano, colonial, etc. de modo que los estudiosos, la materia y los materiales se extienden casi ad infinitum. Es de esperar, aunque no estamos muy convencidos, que el Secretario Forster, no practique la famosa falacia de la reductio ad hitlerum a aquellos que no piensan como él, y a la que tan acostumbrados nos tiene el marxismo, y de cabida y promoción a la pluralidad de versiones y visiones que conforman el Pensamiento Nacional americano.



Notas

[1] Ya en 1936 un gran Filósofo y Pensador Nacional como lo fue Luis Juan Guerrero, estando a cargo del Instituto de Filosofía de la UBA no respondió a la invitación de Horkheimer de colaborar con la Escuela de Frankfurt por considerar que la filosofía argentina transcurría por otros caminos. Vale la pena leer su trabajo El problema de la conciencia nacional en su formación ética y desarrollo histórico (1944).

V Feria del Libro político