lunes, 11 de septiembre de 2017

Aurora Venturini y Eva PERÖN


Aurora Venturini es una escritora argentina. Su último libro es El marido de mi madrastra (Mondadori). Fue amiga de Eva Perón y trabajó con ella en su Fundación.
Estos textos fueron publicados en la sección "Mundos íntimos" de Clarín, durante 2012.

 No sé si podré soportarla… Eso sentí también después del deslumbramiento inicial; yo había quedado fascinada como si hubiera visto a varias personas a la vez, la de acá, la terrenal, y la de otro lado, más sobrenatural. Comenzaba el ciclo escolar y había que testear a los alumnos del Instituto de Minoridad. Elena Caporale, esposa del gobernador de la provincia de Buenos Aires, Domingo Mercante, me envió a la Fundación Eva Perón, porque necesitaban una psicóloga que aplicara los tests sobre vocación y capacidad mental, y yo conocía bien el Rorschach, de las diez reveladoras láminas manchadas.
 Elena susurró: “Hoy tiene un día espantoso”. Yo pensé: “No sé si podré soportarla”. Entonces sus ojazos redondos y algo melancólicos se posaron en mí y dijo: “¿Qué pasa por ahí?”. Estuve a punto de responder: “Pasa el pánico, la confusión, la esperanza de conocerla, el temor a no querer hacer todo”.

–“Vamos, vamos”, apuró.
 La seguimos hasta un recinto conectado con un patio exterior, repleto de seres anhelantes, golpeados.
 Se acercó la celadora: –Señora, la abuela dice que la sopa no le gusta.
 –¿Es tu abuela?
 –No, señora.
 –¿No tiene nombre?
 –Sí, se llama Águeda.

Evita probó la sopita de cabello de ángel, expresando, entusiasta, que estaba riquísima. Y Águeda la sorbió, del todo de acuerdo. Continuamos por largos corredores donde había algunos niños a los que les preguntaba: “¿Dónde está el osito que te regalaron ayer? ¿Y la bici? ¿La muñeca con la medalla de la Virgen?” Así todo el día, todos los días… Y me di cuenta de que aunque hubiera días que terminaba exhausta, sí, iba a poder soportarla.
 A la Fundación llegaba a las ocho de la mañana y se iba a las cuatro del día siguiente. Las piernas se le hinchaban, se sacaba los zapatos debajo del escritorio y quedaba descalza.

Yo no era la única psicóloga en la Fundación, pero ella me distinguía porque me formé con Béla Székely, un doctor en psicología rumano que trajo toda la batería de tests en la que yo me especialicé. Le resultaba útil para trabajar con los chicos más dotados. A Evita, la psicología no le interesaba para nada, le gustaban las cosas directas. Los tests eran una excepción, no sé por qué. “Son todas paparruchadas”, solía decir sin importarle lo que yo pensaba. Nunca le importó lo que pensaban los demás.
 Tenía una hermosa dicción pero le faltaba letra. Por eso digo que ella era un milagro: una chica común, igual a tantas, que se encendía hasta transformarse en alguien absolutamente excepcional en contacto con el pueblo. Pero había que verla de cerca, en el trato diario, podía ser insoportable de tan inmediata. Cuando me decía a mí o a otros “esto lo quiero para mañana”, había que tenerlo listo porque si no se le escapaban insultos gruesos, descargaba toda su rabia en el que tenía adelante, le saltaba la bronca. Era difícil estar con ella en esos momentos. Después, la entendí: se le acababa el tiempo, estaba muy apurada.
 Yo creo que siempre supo lo que le pasaba. El doctor Ivanissevich le dio el diagnóstico, le dijo que tenía cáncer. Ella le gritó: “¡No! No tengo tiempo” y le cruzó un carterazo en la cara. La cartera tenía un adorno de bronce que lo lastimó mucho. Salió estupefacto e indignado.

Despues de los ataques de ira, se quedaba callada. En realidad, no le gustaba mucho hablar. Seguía el dogma de Perón: “Mejor que decir es hacer y mejor que prometer es realizar”.
 Las órdenes antes que el diálogo. Y se comportaba como una dueña, una dueña especial porque trabajaba para los pobres.
 Aunque no lo parecía, teníamos una relación de mucho respeto, ella me tuteaba; yo no, nunca pude. Para mí era un ser extraordinario, único y no lo digo para obtener algo, al contrario, perdí todo por ella. En el 55, me echaron de todas partes, me hicieron de todo, me rompieron el alma. He pagado muy caro haber sido tan “yunta” con Evita. Lo pagué pero valió la pena.
 Me maltrataba, cada dos por tres. Me decía “mocosa de no sé cuánto” o iba directo al grano: “me buscás esto, me traés lo otro”. Todo el tiempo marcándonos el paso, su necesidad de ayudar era sobrecogedora. La gente salía corriendo a cumplir sus mandatos. Sin embargo, nunca le tuve miedo, lo mío era una admiración espantosa, sin límites. Y lo de ella, una generosidad monstruosa, monstruosa consigo misma porque lo entregaba todo.

Salía al balcón sin saber lo que iba a decir –yo le ofrecí escribirle los discursos pero ella se negaba–. Se asomaba y podía verle un temblor de posesión, cómo se estremecía y yo y la gente nos estremecíamos al escucharla. Jamás he escuchado nada igual. Cuando terminaba quedaba agotada, hasta parecía más flaca, demacrada, sufría un desgaste de amor. Para salir al balcón, se ponía algunas joyas que le regalaban y al regresar decía “voy a desensillar”. Se comportaba como una mujer de campo porque lo era y quería seguir siéndolo. Usaba muchas expresiones rurales y le encantaba esa vida.
 A diferencia de sus hermanas –maestras, y una contadora– Evita fue la única que no quiso cursar el secundario. Me contaba doña Juana, su mamá, que se escapaba de la escuela y se iba a pasar las tardes con los indios que quedaban en Los Toldos, les organizaba quermeses y rifas, bailaba folclore con ellos. ¿Por qué hacía eso? Yo creo que se sentía poseedora de un mandato divino aunque fuera incapaz de explicarlo. Decía: “No sé qué me pasa, por qué hago las cosas que hago” y yo la entendía porque a mí me pasa lo mismo cuando escribo. En los ratos que le dejaban los apuros, charlábamos mucho, como amigas.
 Su mayor satisfacción eran los chicos de la Fundación que se recibían de algo. Había un fondo reservado para los más dotados, así conseguimos que se graduaran muchas maestras, abogados, un escribano. A esos chicos, en lugar de mantenerlos en institutos de menores, los pasábamos a pensiones. Lo hacíamos en secreto con el director de la escuela secundaria adonde iban.
 A veces, hasta “construía” familias un poco obligadas, con tal de ayudar. Recuerdo una vez que me pidió: “Para mañana, traeme al sujeto. Debe ser solo, sin mujer ni hijos”. Me desesperé en la búsqueda, hasta que di con un empleado de maestranza de uno de los institutos. Le pregunté al hombre: “¿Quiere conocer a la Señora?”. El tipo no cabía en sí de la alegría. Estaba exultante. Al día siguiente, supo de qué se trataba: Eva quería que adoptara a un adolescente muy inteligente. Necesitaba su apellido, que le firmara los papeles, legalizar la situación del chico. “Vas a ser su padre”, le dijo al hombre. La maniobra le dio resultado; el muchacho se graduó en Letras y fue un poeta reconocido de la generación del 40.
 Otra vez apareció por la Fundación una chica que había sido embarazada por un teniente del Ejército, hijo de un militar importante. La chica lloraba… Algunos le dijeron a Evita “Tené cuidado, que el padre es un tipo importante”. Me hizo llamarlo y el teniente vino enseguida. Ella le preguntó: “¿Vos sos el padre de la criatura que va a tener?” El le contestó que sí. “Bueno –dijo Eva–, se casan ya mismo”.
 En los días en que estaba de buen humor le encantaban los cuentos. Me decía: “Vos que sos psicóloga, contame un cuento alegre”. “Ah, los psicólogos”, decía Evita, “siempre le buscan la quinta pata al gato”. A veces aprovechaba y me pedía “contame un chiste de Perón”, “Pero mire que a él no le gustan”, respondía yo; “no importa, contame”. Y yo le contaba: “Dicen que había una roca en Mar del Plata y el mar se la llevó. Y entonces pusieron un cartel: ‘Perón cumple: ampliación del océano Atlántico’”. Ella sonreía, asintiendo.

Cuando la conocí, era una muchacha que adoraba reírse pero después fue perdiendo el humor y la invadió esa tristeza profunda por culpa de la enfermedad. Ella supo ser alegre y, al mismo tiempo, muy rabiosa. Y también llorona, si daba el caso.
 Me acuerdo del chico de las moscas. Yo la había acompañado a una recorrida por las barriadas pobres. Por entonces, las villas eran buenas, se podía entrar, no había violencia, sólo pobreza, mucha pobreza. Se nos acercó un chico que tenía la cabecita completamente negra… eran moscas.
 Evita no se contuvo y se largó a llorar, después pidió que lo lleváramos al hospital donde se curó, pero a ella nunca se le fue la impresión. Esas cosas le daban una rabia inmensa, se volvía loca.

Nunca habló de su pasado de actriz delante de mí. Yo creo que era porque vivía actuando su gran papel, el mejor que le tocó en la vida. Asumía la pose de una gran oradora, sin embargo había leído muy poco, pero la pasión le salía de adentro. De lo poco que leyó, recuerdo que le gustaba mucho la poesía de Bécquer, ese romanticismo cursi de la época.
 En 1947 viajó a Europa. Perón le puso una señora que le enseñaba buenas maneras, el protocolo que le dicen, y ella se lo aguantó pero me confesaba que cuanto más le enseñaban, más ganas de marranear le daban. “Marranear”, le salían esas ocurrencias...
 Tenía una voluntad férrea y un carácter ingobernable, pero si era necesario, se aguantaba cualquier cosa que hubiera que hacer o que Perón le pidiera, hasta usar esas joyas pesadísimas que nunca le interesaron. Como jugando, organizó un día de elección de anillos. Puso todos los anillos que tenía en una gran caja redonda y llamó a las chicas más cercanas, las que trabajábamos con ella, para que nos los probáramos. Una señora tímida agarró uno chiquito, y ella le dijo con pena “no agarraste el que te gustaba”.
 Curiosa manera de relacionarse, no sabía ni quería ser sociable, quizás por impaciente. No obstante, mienten quienes dicen que estaba sola con una enfermera cuando se murió. Me consta, porque los he conocido a todos, que Evita era muy familiera con su mamá y todos sus hermanos, incluso con los Duarte, con quienes también se trataba. Las hermanas la adoraban. Muchas veces, cuando yo iba a visitarla al sanatorio, encontraba a su mamá con ella. Doña Juana iba y se sentaba junto a la cama y le decía: “Por culpa tuya estás así, que no te has dado tregua para nada”. Y ella, sin hacerle caso le contestaba: “Levantá las piernas, ponelas arriba de la cama”. Ya sobre el final, una vez le dijo: “Mamá, ¿por qué Dios no me da un recreo?” No daba más.

Tuvo una vida tan fugaz y tan intensa que cuando pienso en ella me parece un sueño. Yo conté con el privilegio de su rara amistad y les aseguro que nunca nadie me maltrató tanto ni me quiso tanto como Eva Perón.



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