miércoles, 20 de septiembre de 2017

Qué modernos son los modernos

 POR TEODORO BOOT

Por más que el manejo de las redes sociales y el dominio de las técnicas de manipulación puedan hacer creer que impera en el país una derecha “moderna” y endiablada, debemos convenir en que la modernización que impulsa el actual gobierno es, por llamarla de algún modo, rara, en tanto consiste en retroceder, según los casos, entre 20 y 150 años.
Parece ser que la diferencia con regímenes anteriores de similar orientación sería la “posverdad”.
¿Es así o lo moderno es el eufemismo por lo que siempre se conoció como mentira, falsedad o propaganda política? ¿No serían acaso un ejemplo de “posverdad” las Tablas de sangre que hace unos 170 años confeccionó Rivera Indarte, a pedido de la casa Lafont?
A penique por muerto, Rivera Indarte consiguió endilgar a Juan Manuel de Rosas 480 muertos –muchos de los cuales habían fallecido por causas naturales, y hasta culparlo de los asesinatos de los gobernadores Heredia y Villafañe, con los que era evidente que Rosas no había tenido nada que ver–, muertos por los que cobró 480 peniques. Es decir, dos libras. Fueron vanos sus intentos por aumentar la remuneración pretendiendo hacer culpable al gobernador bonaerense de los 22.560 muertos que, a su entender, habían dejado las guerras civiles desde 1829 en adelante. La Casa Fafont se negó a reconocer esa cantidad que, dicho sea de paso, la mayoría de los historiadores calculan en la mitad.
El trabajo de Rivera Indarte incluye un ensayo titulado “Es acción santa matar a Rosas”, a quien también acusa malversación de fondos públicos, defraudación fiscal, tener numerosas amantes, desentenderse de su esposa durante su agonía, insultar a su madre y, entre otras lindezas, sostener relaciones incestuosas con su hija Manuelita.
Aunque a veces resulte difícil creerlo, las Tablas de sangre de este antecesor de Alfredo Leuco fueron durante más de un siglo la fuente más utilizaba para condenar históricamente a Juan Manuel de Rosas y a su gobierno.
Exceptuando lo del incesto, esos mismos actos, así como la acusación de instaurar un sistema de corrupción generalizada o de mecer en sus rodillas a las noveles maestras normales antes de darles un nombramiento, el diario Crítica endilgaba a Hipólito Yrigoyen.
Las “posverdades” de Crítica, La Fronda y la casi totalidad de los medios de prensa, junto a los efectos de la crisis internacional de 1929 (unánimemente atribuidos a la supuesta corrupción de los radicales), fueron suficientes para que, a dos años de haber sido plebiscitado por una mayoría abrumadora de votos, Yrigoyen fuera desalojado del gobierno mediante un golpe planeado por los grandes propietarios rurales y las multinacionales petroleras, protagonizado por los cadetes del colegio militar y celebrado por miles de simpatizantes debidamente adoctrinados por los mass media de entonces.
Pero la posverdad, por lo menos las posverdades de antes, no pueden con la realidad y apenas tres años después, los restos del viejo líder radical fueron despedidos por una acongojada multitud que ocupó las calles y pasó su ataúd de mano en mano, llevándolo a pulso hasta el cementerio.
Comenzó entonces lo que hasta no hace mucho podía considerarse el antecedente más remoto del gobierno de Cambiemos. Si bien también aquel régimen casi inauguró el período con una desaparición forzada –la del joven Joaquín Penina, detenido en Rosario por el “delito” de distribuir propaganda opositora al gobierno– y se caracterizó por instaurar realmente ese sistema de corrupción sistemática y organizada que se atribuía al yrigoyenismo (ni en el hábito de endilgar a los demás las intenciones y crímenes propios son innovadores nuestros actuales modernos), no puede negarse a Raúl Prebisch y Federico Pinedo una solvencia técnica que los economistas del Pro no han conseguido demostrar, al menos hasta ahora ningún senador opositor ha sido asesinado por un guardaespaldas del ministro de Agricultura y Ganadería y todavía el gobierno no reinstauró el fraude, aunque no pierde las esperanzas. Y eso sí, siempre, desde un primer momento, desde que en 1930 la Corte Suprema “legalizó” los actos de los gobiernos de facto, ese, el actual y todos los regímenes reaccionarios contaron con la activa colaboración de un Poder Judicial que, en aquella oportunidad negó dos pedidos de hábeas corpus por Joaquín Penina, sacado de prisión y desaparecido tras ser fusilado por la policía en las barrancas del río Paraná.

A poco que uno escarba puede fácilmente ver que hay poco de novedoso en la casi exacta réplica de aquellos viejos crímenes.
¿Tiene, a esta altura, algún sentido recordar hasta qué punto la “posverdad” se ensañó con Juan Domingo Perón y su gobierno?. Se dijeron de ellos aún peores cosas que de Yrigoyen, y, además de proscribirlo y haber intentado asesinarlo en varias oportunidades, se lo acusó, procesó y condenó por asociación ilícita y traición a la patria.
Pero Perón no se conformaba con acunar en sus rodillas a las normalistas recién recibidas: se abocaba día y noche a escandalosos negociados, asesinaba a su cuñado, espiaba a las estudiantes de la UES en la quinta de Olivos, fotografiaba con una misteriosa cámara de rayos equis nada menos que a Gina Lollobrigida y trasegaba fluidos sexuales tanto con el campeón mundial de los semipesados, el enorme afroamericano Archie Moore, como con la no menos afroamericana, aunque más bella, Josephine Baker.
Durante décadas (y aún hoy, si se apura a algunos recalcitrantes) millones de personas dieron esas denuncias por ciertas.
¿Puede haber mayor posverdad que el “informe Prebisch” que, al mejor estilo Rivera Indarte, creó una crisis económica inexistente y justificó la apertura de las importaciones, el despido de una enorme cantidad de empleados públicos, la eliminación de subsidios, el aumento de las tarifas y la reducción de los salarios?
Millones de personas creyeron que –aun contradiciendo en forma flagrante el mucho más solvente informe sobre el estado de la economía argentina que pocos meses antes había elaborado para la Cepal– Raúl Prebisch decía la verdad.
La “posverdad” siempre dio para todo, desde un plan económico que en 1956 proponía regresar a 1933 hasta el “moderno” desarrollismo, a cuyo innovador impulso se comenzaron a reemplazar ferrocarriles por camiones y a vehículos impulsados a energía limpia renovable (tranvías, trolebuses) por los que funcionan en base a los perecederos y contaminantes derivados del petróleo.
La derecha siempre fue así de moderna en nuestro país.
Hay cientos de ejemplos de modernidades y posverdades en la historia –para algunos, muy reciente y para otros, remota–, desde el golpe de estado de 1976, cuya principal excusa fue –aunque cueste creerlo– la corrupción de funcionarios, políticos y sindicalistas, cuyo emblema, al estilo de las bolsas del señor López, era un cheque indebido y mal confeccionado de la Cruzada de la Solidaridad que presidía la viuda de Perón
Desde el desplazamiento de José Ber Gelbard –momento en que la distribución de ingresos registraba el más alto porcentaje para los asalariados de la historia argentina–, el gobierno de Isabel Perón, acosado por el poder económico y la violencia política, parecía haber perdido el rumbo, pero era ciertamente extraño que “la ciudadanía” reclamara la intervención militar a apenas seis meses de la fecha establecida para realizar las elecciones presidenciales.
Los grandes medios de prensa de alinearon con el poder económico que, un año antes, había elaborado, en las oficinas de José Alfredo Martínez de Hoz, un plan económico alternativo y, sorprendentemente, se había vuelto imperioso acabar con la corrupción gubernamental del modo más expeditivo: acabando directamente con el gobierno.
Era inútil explicar qué había detrás de esa urgencia. Para quien quisiera, sería posible saberlo muy pocos días después, pero durante años, hasta el previsible colapso del plan económico de 1981 y el mucho más previsible desenlace de la guerra de Malvinas, la “sociedad” se sintió más cómoda con la posverdad revelada que con la verdad de la milanesa.
Ésta la dio a conocer, a tan sólo quince días del golpe, el extraordinario periodista que fue Rodolfo Terragno en su revista Cuestionario. La revelación de los vínculos que unían al gabinete económico con las grandes empresas nacionales y trasnacionales en litigio con el Estado fue suficiente para que Terragno debiera curarse en salud y marchar al exilio.
Lo que sucedió después es conocido: exactamente lo que ocurrió durante la década del 90 y lo mismo que ocurrirá ahora, en base a la aquiescencia, la confusión o la indiferencia de un número significativo de personas adormecidas por la repetición incesante de “posverdades”.
Así de moderna es la moderna derecha argentina en su incesante apelación a los mismos argumentos, la reiteración de las mismas recetas y la obtención de los mismos previsibles resultados.
¿Qué hay de “moderno” en todo esto?
No el manejo de los medios, las campañas de difamación, la manipulación del sentimiento de inseguridad pública, la cooptación del poder judicial, la coacción policial, la autodeterminación de las fuerzas de seguridad, la censura de las opiniones diferentes, la represión de las manifestaciones opositoras. No hay nada de moderno en recursos tan remanidos, usados y abusados.
Modernos fueron en su momento –y aun lo serían, lo que da una idea del grado de atraso y anquilosamiento del debate público en nuestro país– el ministro de Hacienda de la Confederación Mariano Fragueiro, que promovía el control estatal del crédito, Alberto Magnasco y sus escuelas de oficios, o en 1875, Carlos Pellegrini, Vicente Fidel López, Rufino Varela, los hermanos José y Rafael Hernández, que alentaron la protección aduanera a las primeras industrias. Y hasta la Sociedad Rural, que por esa misma época impulsó la instalación de una fábrica de paños de 19 telares mecánicos accionados por una máquina de vapor y atendidos por sesenta operarios. A pesar de que muchos jóvenes jailaifes –como el mencionado Pellegrini– exhibían orgullosos sus trajes confeccionados con tejidos nacionales, privada de fomento y protección aduanera, la fábrica no pudo competir con los productos de importación.
La creación del mercado mundial de granos, el refinamiento de la ganadería, el desarrollo de la industria frigorífica, la presión política, comercial y financiera británica y la dependencia cultural de la clase dirigente hicieron que pronto la visión proteccionista inspirada en el ejemplo estadounidense pasara a ser recordada como una suerte de travesura juvenil de algunos aristócratas.
Y como para completar el círculo, tampoco los industriales brillaron por su perspicacia y en vez de entender que su principal escollo estaba en el crédito caro y una legislación delirante que gravaba la elaboración del hierro al tiempo que eximía de aranceles la importación de productos elaborados en base a él, vio su principal enemigo en una incipiente clase obrera que luchaba por los más elementales derechos laborales. Fue así como en 1881 el Club Industrial se sublevó contra el intendente de la Capital Federal, quien había decidido actualizar la ordenanza que prohibía el trabajo en fin de semana de obreros y jornaleros.
La huelga decretada tras el despido de tres operarios de una fábrica de cigarros, uno de los cuales era a su vez delegado ante la Sociedad Unión de Cigarreros, fue el toque de alarma. La clase dirigente, que había derrotado y casi exterminado a las tribus indígenas con la “Campaña del desierto”, tenía ahora un nuevo enemigo: los anarquistas, mayoritarios entre los activistas obreros.
Indios, anarquistas y derechos laborales, los mismos enemigos del orden y la civilización que señala la moderna derecha modelo 2015.

¿Qué se puede decir?

Que atrasan demasiado como para tomarlos en serio.

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