lunes, 30 de agosto de 2010

Julio Antonio Mella, una voz en la revolución latinoamericana porMaximiliano Molocznik


Julio Antonio Mella, una voz en la revolución latinoamericana

Por: Maximiliano Molocznik.

En Cuba el dirigente estudiantil Julio Antonio Mella (1903-1929) es reconocido como uno de los primeros exponentes del ideario marxista en América Latina.
Hombre de acción y de pensamiento, insistió siempre en la necesidad de la alianza de los obreros con los campesinos, estudiantes e intelectuales populares frente a la impotencia histórica de la burguesía nacional de su país casi siempre enfeudada a los intereses imperialistas.
Ha sido silenciado y calumniado por el aparato difusor de ideas al servicio de la clase dominante. Trataremos de hacer un rescate crítico de su vida en tanto lo consideramos un precursor en el intento de conjugar los afluentes de la revolución latinoamericana: rebelión y racionalidad, impulso práctico de lucha e intento por dotar a esa lucha de un marco cultural y teórico que la legitime y la promueva hacia nuevos niveles.
Por otra parte, en tanto intelectual crítico y revolucionario, su pensamiento y su praxis nos son útiles para superar la dependencia teórica de los “clásicos europeos” y demostrar así la originalidad de muchos de los marxistas latinoamericanos.
Nutrido en su juventud por las lecturas de Lenin y Trotsky no dejó de poner el acento en el problema de la universidad y la lucha estudiantil. Según Néstor Kohan “durante esta etapa temprana de su formación teórica (1923), las funciones de la universidad giran según su punto de vista alrededor de cuatro núcleos: a) no ser una fábrica de títulos. b) no ser una escuela de comercio adonde una va solo a “buscarse tan solo el medio de ganarse la vida”. c) influir de manera directa en la vida social. d) socializar el conocimiento”.
Dueño de un estilo punzante e incisivo, su retórica política estaba teñida de un fuerte juvenilismo heredado de la hermandad de Ariel. Era un admirador de José Ingenieros, al que conoce en Cuba en 1925. En varios de sus textos hay también claras reivindicaciones de José Martí y Manuel Ugarte.
Estaba convencido de la importancia de la universidad como ariete anticapitalista. Desde esta percepción crea la Universidad Popular José Martí, en la que se intenta impartir una educación popular que contribuyera a la lucha por la justicia social.
A pesar de que muchas veces critica la ideología liberal de los estudiantes que lo acompañan con duras palabras como estas “Hay mucha palabrería liberal y vacía sobre la reforma universitaria, debido a que los elementos que en muchas partes tomaron parte de este movimiento eran de la burguesía liberal. Pero si la reforma va a acometerse con seriedad y con espíritu revolucionario no puede ser realizada más que con un espíritu socialista, el único espíritu revolucionario del momento”, defiende la reforma universitaria desde la óptica marxista en su trabajo Los estudiantes y la lucha social (1927).
Fue nombrado rector de la Universidad Libre el 13 de Marzo de 1923. Esta acción le valió el exilio al que lo condenó el gobierno de Machado. En “El grito de los mártires” (México, Agosto de 1926), brillante proclama contra la dictadura cuyo lenguaje estremece, el revolucionario cubano llama al dictador “renacuajo incompleto de una clase nacional que no ha logrado nacer”. Esta clase “que no ha logrado nacer” es la burguesía nacional cubana. En este escrito Mella se pronuncia al mismo tiempo “contra el imperialismo y contra el capitalismo criollo”.
A diferencia de la mayoría de los marxistas anteriores a él -que estaban imbuidos de dosis importantes de evolucionismo, determinismo y darwinismo- con Mella el marxismo adquiere cualidad de herramienta creadora.
Otra de sus más significativas batallas la llevó a cabo contra el aprismo del peruano Víctor Raúl Haya de la Torre, quien subestimaba el papel de la clase obrera en Latinoamérica y, sin embargo, se presentaba como genuino continuador del marxismo y de lo que llamaba socialismo indo americano.
Mella, en cambio, estaba convencido de que la solución definitiva para los problemas de América Latina “sólo podrá venir de los trabajadores” caracterizando como “impotente” la burguesía nacional para dirigir y llevar adelante cualquier lucha emancipadora social o nacional.
Estas críticas ácidas a las burguesías nacionales como “clase” se extienden también al nacionalismo reduccionista, al pacifismo burgués socialdemócrata y al parlamentarismo. Afirma que no hay tránsito pacífico al socialismo.
En cambio, la trayectoria ideológica de Haya de la Torre se dirigió finalmente hacia posiciones cada vez más contrarias al socialismo siendo fustigado por Julio Antonio en durísimas conferencias, artículos y folletos en su contra. La pieza clave en la cual él opone su marxismo latinoamericano antiimperialista al aprismo es, sin duda, su folleto ¿Qué es el Arpa? (dedicado a la ampulosidad retórica de Haya) publicado en Abril de 1928 y contestado por Haya en “El Antiimperialismo y el APRA” redactado en 1928 y publicado en 1936.
El marxismo de Mella, no obstante su juventud, era mucho más elaborado que el de su compatriota Carlos Baliño -con el que compartieron, pese a la diferencia de edad, sueños y proyectos como la fundación del primer partido comunista cubano- pues no aflorarían en él elementos utopistas apreciándose su valoración de los aportes de Lenin.
Un rasgo característico de la personalidad de Mella, y que también estaría presente en otros marxistas latinoamericanos, fue mantener un criterio propio sobre las transformaciones que demandaba esta región y sus diferencias sustanciales con la realidad en la que se había producido la primera revolución socialista del mundo. Desgraciadamente, esta postura no se asumió siempre y en ocasiones la copia de esquemas afectó sensiblemente la visión de algunos marxistas en estas tierras.
Su marxismo antidogmático le permitió comprender que lo “nacional” no siempre es “burgués”, que no es posible menospreciar la lucha por la liberación nacional y que esta, a su vez, no se debe desvincular de las tareas socialistas. Por esto, apoya con firmeza a Sandino y forma el comité de ayuda “Manos fuera de Nicaragua”.
Mella fue un marxista de su tiempo, pero proyectado al futuro y sin ninguna soberbia, pues como marxista sabía que "reconocer un error y enmendarse es ser infalible" y esa debía ser una cualidad básica de un revolucionario, además de la "comprensión absoluta y su identificación total con la causa que defiende".
Pero sobre todo debía saber "aplicar el marxismo a todos los problemas” lo que no era igual a aplicar un esquema preconcebido, sino creadoramente como él mismo fue capaz de hacerlo.
Miembro activo de la III Internacional mantuvo a lo largo de su corta pero aquilatada trayectoria un núcleo indisoluble de pensamiento: la importancia de vincular reforma, antiimperialismo y socialismo y el señalamiento de la juventud -clase de vanguardia- junto al proletariado como sujeto histórico de la revolución.
Quedan aún muchas incógnitas a develar sobre su temprana muerte aunque sabemos que fue advertido sobre el peligro que corría su vida. Su amigo Leonardo Fernández Sánchez había llegado a Nueva York el 27 de Noviembre y le escribió una carta desde allí (diciembre de 1928), donde lo instaba a cuidarse, puesto que tenía información de que desde Cuba se habían enviado unos matones a México para asesinarlo. Mella le responde, optimista, sobre las posibilidades de la lucha en Cuba.
También se han tejido numerosas versiones sobre la participación de la compañera de Mella, la bella fotógrafa socialista Tina Modotti, en el asesinato.
Acudimos, por su seriedad, a la investigaciones realizadas por Michael Lowy y Gálvez Cancino -reproducidas por Néstor Kohan- sobre este controvertido tema “El responsable de la muerte de Mella no habría sido el dictador Machado sino que Tina habría ayudado al supuesto responsable intelectual del asesinato, el stalinista Vittorio Vidali (también llamado Carlos Contreras, Comandante Carlos), presumiblemente implicado en otras muertes, como las de Carlo Tresca en Nueva York en 1943, Sandalio Junco en Sancti Spiritu en Cuba en 1942 y León Trotsky en México en 1940. Luego de analizar pormenorizada y detalladamente todos los vericuetos y testimonios del caso y la trayectoria política de Vidali, el investigador mexicano Alejandro Gálvez Cancino (“Julio Antonio Mella: un marxista revolucionario. Debate en torno a su vida y a su muerte”, en Críticas de la Economía Política- edición latinoamericana-, 30, México, Pág. 101-152) termina su larga investigación diciendo: “Concluimos que no existen pruebas que permitan afirmar que esté involucrado en el asesinato de Mella y menos aún que sea responsable del mismo”. Más terminante aún es Michael Lowy quién en “El Marxismo en América Latina” (Pág. 18) sostiene: “La tesis desarrollada por Julián Gorkin, Víctor Alba y otros según la cual Mella habría sido ejecutado por un agente de la GPU (Vittorio Vidali), nos parece ser muestra de la mitología anticomunista”
Luchador consecuente, jamás lograron ni cooptarlo ni neutralizarlo y, debido a sus atributos éticos, se convirtió en un insoportable enemigo del gobierno cubano. Pese a que aún persisten muchas dudas sobre su asesinato, lo cierto es que lo masacraron en México en Enero de 1929. La burguesía y el imperio no perdonan nunca a sus enemigos de clase.

Fuentes
Mella, Julio Antonio: Documentos y artículos. Ediciones DOR. La Habana. 1975.
Kohan, Néstor: De Ingenieros al Che: Ensayos sobre el Marxismo argentino y Latinoamericano, Bs.As, Biblos, 2000.
García Salvatecci, H: Haya de la Torre o el marxismo indo americano. María Ramírez Editora. Lima. 1980.
Fernando Martínez Heredia, Una voz de la Revolución: Sobre Leonardo Fernández Sánchez en: la Gaceta de Cuba, XXXVI, 1, Enero-Febrero de 1998

San Martín y los ideales emancipatorios de Mayo por Maximiliano A Molocznik


San Martín y los ideales emancipatorios de Mayo

Por Maximiliano A Molocznik

Hoy, como hace doscientos años, vuelven a soplar en nuestra América vientos de liberación. No hace falta más que ver los rostros desencajados de periodistas e intelectuales del coloniaje frente a la irreversible derrota que el paradigma neoliberal está sufriendo en casi todos los países para acompañar esta afirmación.
Por algo el odio que sienten frente a la emergencia de movimientos nacional-populares -“populismos estatistas” como los llaman con gran desprecio- que, con diversas características según el país y en grados y matices distintos, han provocado este fin de época al que el cipayismo no se resigna.
Lejos han quedado, por suerte, los grandilocuentes discursos de posmodernos, privatizadores y tecnócratas del pensamiento único sobre el fin de la historia y el fin de las ideologías. Estamos superando, también, aquél oscuro tiempo noventista, tiempo crepuscular para la política que hoy parece reverdecer frente al espanto que sienten los comunicadores sociales de las derechas latinoamericanas. Estos cancerberos del imperio se habían acostumbrado a reducir su dimensión al mero ejercicio electoral formal, a la farandulización para el set televisivo o al debate sobre la corrupción en sede tribunalicia.
Fue en ese tiempo, glacial para todos aquellos que nos sentimos portadores de ideales igualitaristas y retóricas emancipatorias, que debimos sufrir la hegemonía de los “barones” de la historiografía liberal. Estos especialistas en monsergas vacuas se pasearon descaradamente impunes en los ámbitos académicos desideologizando la historia, desmintiendo o criticando -por falaz- la relación entre historia y política y, sobre todo, deformando, ocultando o escamoteando todos los hechos que de nuestros grandes próceres constituyeran en opciones igualitaristas y revolucionarias contundentes.
Claro, para ellos la revolución pertenecía a un museo de antigüedades. A ese mismo museo al que habían enviado -vía consenso de Washington- el resto de los conceptos más caros a la modernidad: el sujeto, la voluntad, la razón, la crítica, la totalidad, etc. Esa tarea de horadación y esmerilamiento de sus perfiles más revolucionarios fue la que realizaron con el Gral. San Martín.
El motivo de este artículo será, entonces, en el contexto de este presente angustioso pero auspicioso para nuestra América recuperar esa voz clara del gran capitán, ese legado revolucionario que nos viene del pasado para aplicarlo a la lucha política del presente. Para ello, examinaremos un tema que ha sido tabú para el mitrismo y sus modernos remozadores: la relación directa y de continuidad que hay entre la lucha de San Martín y los ideales emancipatorios de Mayo.
Los amanuenses de la historia oficial han caracterizado -desde Mitre en adelante- la Revolución de Mayo como un proceso separatista, independentista y antiespañol vinculado a la lucha por el comercio libre -con los ingleses- y cuyos actores principales fueron los cabildos y las elites que “arrastraron” como subalternas a las clases populares que, desde luego, tuvieron muy poca participación. Esta explicación tenía, sin embargo, una debilidad estructural que no se podía superar: ¿Para que había retornado San Martín? Es decir, ¿que hacía un oficial español de alta graduación luchando en una revolución antiespañola?
Tanto el liberalismo en sus distintas variantes (Mitre, Salas, Ricardo Rojas, José Cosmeli Ibáñez) como el nacionalismo reduccionista (Pepe Rosa) explican su retorno, en 1812, por el “llamado de las fuerzas telúricas”. Es decir que San Martín habría sido presa de un ataque de nostalgia en Cádiz que lo habría hecho desear el retorno al terruño abandonado cuando niño. Ridículo.
Otros investigadores como Ricardo Piccirili y Enrique de Gandía abonan las teorías conspirativas presentando el retorno como parte de su labor como agente inglés y napoleónico respectivamente. Terragno, mejor rumbeado a la hora de entender el retorno de San Martín en el marco de su lucha antiabsolutista, termina deudor del mitrismo abonando también la tesis del agente inglés. Patricia Pascuali, es decir el mitrismo más sofisticado y evolucionado, ha propuesto una explicación más elaborada: San Martín vuelve porque sabe que en España no llegará a general -por indiano e innoble-. Es decir, el padre de la patria sería, bajo esta óptica, un ambicioso individualista.
Frente a este conjunto de opiniones tan sesgadas e inverosímiles nosotros creemos –junto al viejo Alberdi, Manuel Ugarte, José León Suárez, Enrique del Valle Iberlucea, Enrique Rivera y Norberto Galasso- que San Martín retorna porque es un liberal revolucionario hispanoamericano que viene a continuar en América la lucha antiabsolutista que ya no puede dar en la España derrotada por Napoleón.
Por eso creemos que es lógico y medular presentar a San Martín en una línea de continuidad con los ideales emancipatorios de Mayo que también se proyectan continentalmente. Argumentos no faltan, a saber:
a. San Martín, vía Monteagudo y los hombres de la Sociedad Patriótica, incorpora a los morenistas a la logia Lautaro.
b. Participa activamente, con el Regimiento de Granaderos a Caballo, en el golpe de de estado del 8 de Octubre de 1812 contra el Primer Triunvirato pero no quiere tomar el poder, quiere que se exprese la voluntad popular.
c. No apoya la constitución de 1812 por la baja representación otorgada a los diputados americanos.
d. Al igual que Moreno ve en Artigas un aliado para profundizar la revolución. Critica a Alvear por rechazar a los diputados artiguistas.
e. Pese a ser un militar de carrera apoya -por su contenido popular- la guerra de guerrillas en Salta con Guemes y Pedro José Saravia y a Álvarez de Arenales en el Alto Perú.
f. Como gobernador de Cuyo realiza una gestión progresista que, en su aspecto económico, parece seguir punto por punto el Plan de Operaciones de Mariano Moreno.
g. En su gestión como protector del Perú elimina la servidumbre de los indios, declara la abolición de la esclavitud y de la Inquisición, pone fin a los castigos corporales, decreta la libertad de expresión y la instrucción pública, todo esto frente al odio de la oligarquía limeña y de la Iglesia Católica que lo acusan de déspota y expropiador.
En síntesis, a la luz de la presente celebración del Bicentenario debemos asumir la necesidad de relanzar la polémica historiográfica, debemos contar la historia de San Martín de otra manera. Puesta a la luz de los argumentos que hemos presentado creemos que todavía tiene mucho para decirnos sobre aquellas gestas de liberación continental de principios del siglo XIX cuyas metas hoy vuelven a ser las mismas: liberación continental, emancipación social y económica y justicia social.
Pero cuidado, estemos atentos. Las clases dominantes tratarán de impedir la concreción de este proyecto y para eso darán batalla en todos los frentes. Uno de esos frentes es el relato histórico. Ellas necesitan un relato legitimado del pasado para fundamentar la opresión del presente. Todo el discurso oficial sobre San Martín es el discurso del poder. Y ese discurso hegemónico es el que debemos desarticular. Haciéndolo recuperaremos -no como mero ejercicio académico o como esmerado trabajo arqueológico- la certeza de que el cambio es posible en pos de una América Latina políticamente unida y libre, económicamente emancipada y con justicia social.

San Martín sigue cabalgando por la unidad latinoamericana por Maximiliano Molocznik


San Martín sigue cabalgando por la unidad latinoamericana

Por: Maximiliano Molocznik


El calendario nos brinda todos los 17 de Agosto la posibilidad de recordar la figura señera del General San Martín.
Una multiplicidad de actos oficiales parecen cumplir, año tras año, con el ritual de la efeméride. En las escuelas primarias, atildadas y comprometidas maestras -formadas en el magisterio liberal sarmientino- leen a los niños alguna máxima del General a su hija, a modo de síntesis -rapidita- de su vida y de su obra.
No muy distinto es el panorama en las escuelas secundarias. Profesores escépticos mediatizados por el discurso derrotista de la posmodernidad, leen anodinos discursos en los que se narra –metódica y aburridamente- la biografía del “gran hombre”.
Frente a ellos escuchan grupos de adolescentes abúlicos que, pese a todo lo que se dice de ellos, están esperando otro mensaje y a los que les encantaría conocer más de la historia del hombre José de San Martín, no del bronce; de las vicisitudes de su época, no del mito sagrado, de los avatares de su lucha democrática por los derechos del hombre, de sus amores, de sus sueños de liberación continental, etc.
Sólo de tanto en tanto se escucha que algún osado profesor rompe con las canonjías y la solemnidad que impone la marmolización y el discurso mitrista -adherido como una estalactita en las escuelas- y dice que Bolívar no le robó la gloria en Guayaquil o que la burguesía comercial del puerto de Bs. As. -con Rivadavia a la cabeza- ninguneó y retaceó el apoyo para la campaña a Chile y directamente boicoteó la expedición libertadora al Perú.
Si a esto le sumamos los discursos con olor a naftalina de los figurones de la Academia y las monsergas de los periodistas del coloniaje, el panorama no parece ser muy alentador. Pese a todo, la figura revolucionaria de San Martín se yergue, enhiesta, enfrentando la tarea realizada por el aparato difusor de ideas al servicio de la clase dominante. La labor de estos cipayos del pensamiento ha estado destinada a escamotear su compromiso con la liberación continental, su postura ideológica de liberal revolucionario y profundamente antiabsolutista, su planteos económicos proteccionistas desarrollados en Cuyo bajo la impronta del Plan de Operaciones de Mariano Moreno, su relación amistosa con los caudillos federales, su desprecio por el lujo aristocrático, los blasones y el comportamiento avaro de los comerciantes porteños.
Todo esto ha sido ocultado deliberadamente. Claro, es más fácil crear un mito. Se lo puede admirar pero no seguir ese camino. Porque para el hombre de a pie, para el joven estudiante el mito no dice nada, es una estatua, está allá, lejos, es inalcanzable. Ahora, si es un hombre con sus virtudes y sus defectos, su legado se humaniza y sus banderas y sus ejemplos sirven como emblemas para la lucha política del presente.
Ese el miedo de los poseedores. Las clases dominantes, de ayer y de hoy, necesitan un relato legitimado del pasado para fundamentar la opresión del presente. Todo el discurso oficial sobre San Martín es el discurso del poder.
Hoy, que nos vamos acercando a celebrar los doscientos años de aquellas gestas de liberación, debemos volver sobre el legado sanmartiniano. Polemizar con aquellos chovinistas de derecha que han sacado chapa de “nacionalistas” con discursos antichilenos y recordarles que San Martín cruzó la cordillera con la Bandera del Ejército de los Andes. Que sus principales oficiales (O’ Higgins, Freire, etc.) eran chilenos, que el heroico guerrillero Manuel Rodríguez fue una figura clave para San Martín en la guerra de guerrillas. Esos mismos sectores son los que hoy siguen alentando las disputas con el país hermano y por ende, favoreciendo la balcanización de nuestra América, tan necesaria a los intereses imperiales.
O aquellos otros que desprecian a los hermanos peruanos que llegan a trabajar a estas tierras desde un discurso reaccionario en el que, a veces, campea la vieja tesis mitrista de que San Martín “les ha regalado la independencia”. Como si no hubiera habido combatientes peruanos en el Ejército Libertador, como si Arenales, “el apóstol de los indios” hubiera insurreccionado sólo con argentinos la sierra peruana contra el absolutismo.
En síntesis, tenemos que contar la historia de San Martín de otra manera. Todavía tiene mucho para decirnos sobre este angustioso pero promisorio presente que se abre con los distintos procesos de liberación nacional que se están dando en toda Latinoamérica.
Recuperar el legado del gran capitán, recuperar esa voz que nos viene del pasado para la lucha política del presente es mucho más que mero ejercicio académico o un esmerado trabajo arqueológico, es la certeza de que el cambio es posible, es ver -con gran satisfacción- el miedo que les da a los plutócratas que San Martín, otra vez, esté cabalgando por la unidad latinoamericana.

La Piedra de Sísifo: Milcíades Peña y el drama histórico del trotskismo sin nación por Maximiliano Molocznik


La Piedra de Sísifo: Milcíades Peña y el drama histórico del trotskismo sin nación

Por: Maximiliano Molocznik

¿Por qué hoy, a pesar de que la explotación del capital es más salvaje que nunca, la izquierda no representa una opción de poder en la Argentina? ¿Es la izquierda hoy, en nuestro país, sólo un fenómeno cultural sin incidencia en el campo político? ¿Qué razones han llevado al desencuentro histórico, a partir de 1945, entre la izquierda y las luchas concretas de los trabajadores argentinos?
No creemos en las explicaciones genéricas, no en todos los casos la izquierda se ha mostrado dogmática e incapaz de comprender la cuestión nacional en un país semicolonial. Pero, a fuerza de ser sinceros, creemos que en el caso del trotskismo -objeto de análisis de este artículo- ha primado casi siempre una posición claramente antinacional. Analizaremos, entonces, para fundamentar esta afirmación, el periplo intelectual del que ha sido, tal vez, el exponente más brillante de esa corriente de pensamiento: Milcíades Peña.
Peña fue historiador y periodista. Su obra, aunque trunca por su extraño suicidio a los 32 años, nos deja una enorme riqueza para establecer las bases de una teoría marxista de la historia argentina. Comenzó su militancia en 1947 en el GOM (Grupo Obrero Marxista) junto a Nahuel Moreno y, aunque se desvinculó orgánicamente del grupo en 1957, se mantuvo políticamente solidario con esa corriente.
Siendo un adolescente de apenas 15 años se transformó, en 1948 -al producirse la mutación del GOM en POR (Partido Obrero Revolucionario)- en miembro del Comité Central.
Colaboró también, en 1954, con el periódico La Verdad cuando el morenismo aún formaba parte del PSRN (Partido Socialista de la Revolución Nacional). Moreno, con su habitual grandilocuencia vacua, lo definía, al parecer, como “el primer filósofo marxista de Ibero América”. Peña sólo criticaría públicamente al morenismo en un artículo póstumo, publicado cuando ya se había suicidado. Poco se sabe sobre el suicidio de Milcíades: algunos testimonios indican su desilusión política, otros insinúan un chantaje psíquico de su maestro. J.E. Spilimbergo llega a citar “el ala protectora -pero letal- de su increíble maestro”.
Su vigor y vitalidad le permitió ganar un espacio propio, contraponiéndose con su vivaz estilo a la aridez de la historiografía stalinista. A pesar de estos aspectos encomiables, no podemos dejar de destacar que toda su producción teórica estuvo signada por la idea de mostrar una continuidad permanente entre los gobiernos oligárquicos y los movimientos nacionales que los enfrentaron a lo largo de la Historia Argentina.
Al igual que otros trotskistas no pudo comprender que los movimientos populares argentinos (radicalismo y peronismo), a pesar de no ser completamente antiimperialistas o habiendo terminado postrados ante la oligarquía, expresaron en algún momento la movilización de las clases explotadas.
Estas debilidades en sus análisis lo llevaron a no poder articular teóricamente la lucha de clases y las convulsiones políticas. De tal modo tanto Urquiza, Mitre, Castillo como Yrigoyen y Perón fueron para él “agentes del imperialismo inglés”. Esperando la aparición de una clase obrera “químicamente pura” terminó menospreciando sus luchas concretas.
Vale rescatar, sin embargo, la importancia de la polémica teórica que mantuvo en 1964 con Jorge Abelardo Ramos en torno a la importancia de la burguesía industrial argentina. Peña explica que a pesar de su carácter parasitario, la burguesía argentina -impotente políticamente para emancipar a la nación- se acerca a las masas sólo por una necesidad de coyuntura. En la Revista Estrategia, que sale a la luz entre 1957 y 1958, publicó por primera vez su trabajo Rasgos biográficos de la famosa burguesía industrial argentina.
Polemizando con los autores marxistas que militaban en el ancho campo del nacionalismo revolucionario (Ramos-Puiggrós-Astesano), Peña va mucho más allá. A través de una documentada investigación, demuestra que:
A. Hay una profunda integración económica y social entre la oligarquía terrateniente y la burguesía industrial, y entre éstas y el capital imperialista.
B. Es mezquino el carácter de los reclamos de la burguesía argentina al imperialismo dado su carácter de aliada de la penetración del capital extranjero.
Su conclusión es entonces la siguiente: desde el punto de vista de la misión histórica de la nación (expulsar al imperialismo y conquistar la independencia nacional, expropiar a la oligarquía, hacer la reforma agraria, etc.) la burguesía nacional es una clase contrarrevolucionaria y antinacional. Lo cual “no significa que no tenga roces ni encontronazos con el imperialismo, llegando incluso a buscar el apoyo de las masas trabajadoras. Pero en estos casos la burguesía no se propone liquidar el imperialismo, sino llegar a un acuerdo más provechoso con él”. Peña, sin embargo, no se explaya sobre qué significan esos “choques” en que se movilizan las masas trabajadoras bajo direcciones burguesas. Tampoco explica qué significan para el conjunto de las clases sociales, o sea, no comprende la naturaleza política de los movimientos de liberación nacional.
Vale aclarar que Ramos, pese a ser invitado a polemizar en la revista Fichas de Investigación Económica y Social, que sale entre 1964 y 1966, nunca aceptó el convite. Nuestro autor fue lapidario: “con el estilo superficial y fraseador que le es característico, se erigió en defensor de la burguesía argentina en una crítica a Fichas”.El resultado de la no-polémica fue la demolición definitiva de Ramos como “teórico marxista”, a través de una serie de artículos de Peña (Una crítica a Fichas y una respuesta con fines educativos) que marcaron el punto más alto de Fichas y de Milcíades como teórico revolucionario. Sobre el “teórico del disparate” (Ramos) Peña dio una definición contundente: “el singular talento de este escritor consiste en escribir con especial desembarazo sobre cosas de las que no sabe nada…es un impostor político, que obviamente no cree ni una palabra de lo que escribe”.
Más allá de la polémica con Ramos -cultor de un nacionalismo burgués que predicaba para el socialismo una actitud de seguidismo de la burguesía industrial- debemos preguntarnos: ¿Cómo interpreta, entonces, el fenómeno peronista?
Peña parte de un esquema teórico muy sencillo: la oposición entre “industrialización” y “seudo industrialización”.
La primera significa “desarrollo de la composición técnica del capital, incremento y preponderancia de la producción de medios de producción, pero implica y supone mucho más: implica modificaciones de la estructura de la sociedad, ante todo modificaciones en las relaciones de propiedad, vale decir, expropiación de las viejas clases propietarias y ascenso de las nuevas clases al poder”.
La segunda , en cambio, “parodia o caricatura de industrialización, es aquel proceso por el cual existe crecimiento industrial, pero no modifica las relaciones de clase y propiedad, con características distintas a las del proceso de industrialización y efectos que en nada se parecen a los efectos progresivos de aquella: no aumenta la composición técnica del capital social, no se desarrollan plenamente las industrias básicas, la productividad del trabajo no aumenta mayormente, los costos son elevados , baja la eficiencia y la agricultura permanece estancada y no se tecnifica”.
Por supuesto, el peronismo practicó, según este esquema, una seudo industrialización. ¡Brillante análisis teórico!. Ahora bien ¿en qué deriva este análisis llevado al plano político? En el más cerrado antiperonismo pues este movimiento no cumple los “requisitos teóricos” de una verdadera industrialización y, por ende, de una “verdadera revolución”. Si a este planteo le sumamos su visión del papel de la burguesía industrial, tenemos un cuadro completo de los motivos de su antiperonismo.
Allí donde él ve sólo “claudicación” y “entrega”, nosotros vemos el único intento -fallido sí, pero intento real- de consolidar una economía nacional con apoyo concreto de la clase obrera. Peña no puede comprender la importancia de la realización de tareas de Liberación Nacional -en los marcos burgueses, obviamente- en un país semicolonial como etapa previa a la revolución socialista. Esta posición, lejos de homologarse con el evolucionismo etapista y pro burgués del Partido Comunista y otros sectores de la izquierda tradicional, está fundamentada en la teoría de la revolución permanente de Trotsky. Esta teoría postula que el dinamismo de una revolución que comienza por las tareas de Liberación Nacional, se transforma en su propio devenir en socialista. El trotskismo argentino sin nación, nunca pudo comprender las lecciones de su maestro.
También ha sido un temible polemista al interior de la corriente. En 1959 mantiene un sonado enfrentamiento con una figura emblemática del trotskismo argentino: Liborio Justo, a propósito del libro de este último León Trotsky y Wall Street. En esa obra, Liborio, acusa al líder de la Cuarta Internacional de haberse puesto al servicio del imperialismo yanqui en México, en una muestra palpable del aislamiento y la soberbia en la que se encontraba quién había sido una brillante figura de la intelectualidad revolucionaria.
Peña le sale, entonces, al cruce, calificándolo como un “alma en pena” y mostrando con crudeza su decadencia. Dice de Justo: “Nosotros que, sin conocerlo personalmente, aprendimos en sus folletos de divulgación el ABC del programa trotskista, tuvimos en 1955, al enterarnos de su reaparición, la esperanza de verlo ocupar un puesto de intelectual revolucionario junto a la clase trabajadora. Pero al cabo de pocos días, el propio Liborio Justo-Quebracho-se encargó de anunciarnos y demostrarnos que prefería quedarse solo…solo con los centenares de despreciables pequeños-burgueses “marxistas revolucionarios” que para no ser confundidos con el peronismo, no hicieron, ni dijeron, ayer, absolutamente nada contra la “revolución libertadora”, ni hacen hoy nada para defender el derecho de la clase obrera a elegir los dirigentes que quiera. Quebracho, el autor de Qué es y que quiere la IV Internacional ha muerto y bien sepultado está. Respetemos su memoria porque en aquellos años anteriores a 1943, en medio del triunfante ascenso mundial de la reacción, él encarnó-dado aquello de que en el país de los ciegos el tuerto es rey -lo mejor que produjo la izquierda argentina en el terreno programático-. (…) El personaje que ahora grita, patalea e insulta y firma Liborio Justo -Quebracho- es un espectro, un errante alma en pena que ojalá encuentre pronto reposo y se llame a silencio, antes de que haya que tomarla en serio y aplastarla políticamente para que no introduzca un nuevo factor de confusión en el escenario ya sobrecargado de la izquierda argentina”. ¿Se habría dado cuenta Milcíades al ver el revanchismo gorila de la “Libertadora” la errónea posición antinacional de sus compañeros y la importancia y la progresividad histórica del peronismo?.
Pese a las críticas que le hemos formulado en este trabajo recomendamos leer toda su obra historiográfica. Sus trabajos más importantes son: Antes de Mayo. Formas sociales del trasplante español al nuevo mundo (1970), El Paraíso Terrateniente-Federales y Unitarios forjan la civilización del cuero (1969) y De Mitre a Roca: Consolidación de la oligarquía anglo criolla (1968), Industria, burguesía industrial y liberación nacional (1974).
Socialista convencido, brillante intelectual, honesto luchador pero aislado de las masas, Peña, al igual que otros hombres de su misma estatura moral, ha sido víctima de la sumisión ideológica con que la clase dominante controla a la pequeña burguesía alentando sus planteos de revoluciones “abstractas” mientras el curso real de la lucha de la clase obrera se mueve por otros cauces dejándolos solos, absolutamente solos.

Fuentes:
Coggiola, Osvaldo: El trotskismo en la Argentina, BsAs, CEAL, 1986.
Tarcus, Horacio: El marxismo olvidado en la Argentina. Silvio Frondizi y Milcíades Peña, BsAs, El Cielo por Asalto, 1996.
Galasso, Norberto: Aportes críticos a la historia de la izquierda argentina, BsAs, Nuevos Tiempos, 2007.

Las desventuras del socialismo de derecha en la Argentina: la praxis antimarxista de los hermanos Ghioldi por Maximiliano Molocznik


Las desventuras del socialismo de derecha en la Argentina: la praxis antimarxista de los hermanos Ghioldi.

Por: Maximiliano A Molocznik


La llamada “izquierda tradicional” en la Argentina ha estado representada por el Partido Socialista y el Partido Comunista. Estos grupos -de base social pequeño-burguesa y atrapados ideológicamente por el aparato difusor de ideas de la clase dominante- han configurado históricamente un modelo de fracaso.
No sólo han estado alejados de las luchas concretas de los trabajadores argentinos a partir de 1945, sino que, muchas veces, han formado parte de las coaliciones más antinacionales, antipopulares y reaccionarias que han surgido en la historia política argentina contemporánea.
Analizando las trayectorias de dos de sus más emblemáticos dirigentes -los hermanos Ghioldi- intentaremos echar luz sobre este fracaso histórico.
Las primeras noticias que tenemos de ellos los ubican en el Centro de Estudios "Carlos Marx", creado en 1912 . Esta institución sería uno de los pilares culturales en los que abrevarían aquellos militantes que se nutrirían de las interpretaciones liberal-burguesas del marxismo.
Rodolfo Ghioldi (1897-1985) se graduó de maestro y estudió -sin completar- el profesorado en Historia. Ejerció durante algunos años la docencia, pero fue dejado cesante por su militancia política. Volcó, entonces, su vocación de educador al campo del periodismo llegando a ser un publicista reconocido. Sus artículos se publicaban en El Telégrafo y Crítica.
Sus escritos, recopilados en cuatro tomos, tratan temas muy variados, desde la crítica filosófica, hasta los temas militares, políticos, historiográficos, etc. Existe en todos ellos un motivo central que les da unidad: la necesaria lucha contra la dependencia imperialista y la enunciación -teórica- de la lucha por la liberación nacional.
Fervoroso defensor del internacionalismo proletario tuvo fidelidad y consecuencia con sus ideas. No podemos dejar de reconocer que, sobre todo en la década del 30, afrontó grandes riesgos de vida por su militancia debiéndose exiliar en Brasil.
Nunca se apartó, en toda su producción, de mostrar la continuidad histórica de la lucha de los comunistas argentinos junto a la de los “próceres liberales” del siglo XIX.
A pesar de que era muy respetado entre los intelectuales del PC por su sólida formación, fue uno de los responsables -junto a Victorio Codovilla- de los vicios de una conducción partidaria que asfixió bajo el dogma soviético a otras expresiones creativas que intentaron, sin éxito, modernizar la cultura comunista.
Esta actitud llevó a que, a partir de los años 60, el comunismo perdiera su carácter de hegemónico en el conjunto de la izquierda argentina –política y cultural-. Veamos algunos ejemplos de la actuación de Rodolfo Ghioldi como custodio del dogma.
En los primeros meses de 1932 comienza a desarrollar una política de atracción de intelectuales de origen pequeño burgués hacia el partido. En virtud de esta apertura se suma Roberto Arlt quien publica, en Abril de ese año, una nota en el periódico Bandera Roja invitando a los jóvenes comunistas a dedicarse con ahínco al estudio.
Esta propuesta genera una desmesurada respuesta de Rodolfo quien plantea que el verdadero comunista no se forja con el estudio -actitud individualista- sino en la lucha de masas.
Arlt le responde con una humorada indicando que, si bien es cierto que el proletariado debe guiar al intelectual pequeño burgués, eso sucede en un país con mayoría de obreros comunistas y no en uno como la Argentina, donde el noventa por ciento de los obreros no conoce a Carlos Marx.
La respuesta de Ghioldi es lapidaria: Arlt no tiene remedio, es un intelectual pequeño burgués que desprecia las masas y que está encaminado, por su individualismo, al anarco sindicalismo.
En ese mismo año de 1932, pero en la Revista Claridad dirigida por Antonio Zamora, entra en una dura polémica con Ernesto Giudici, otro importante intelectual comunista. Este hacía una defensa del universo culturalista y antipositivista de la Reforma Universitaria de 1918 y de la importancia de la intelectualidad universitaria en un proceso de liberación nacional.
Rodolfo le contesta con la misma dureza que utilizó con Arlt: la reforma es idealista, sus intelectuales pequeño burgueses y la actitud de Giudici es la de un “cretinismo intelectual” sin límites.
En el fondo, lo que subyace en ambas polémicas es la imposibilidad, en el dogma, de otorgarle un espacio autónomo a la cultura. Hasta aquí uno podría pensar que esto fue sólo un reflejo de la coyuntura o del período obrerista del PC, conocido como “clase contra clase”, anterior a la política de Frentes Populares.
Sin embargo, no es así. Veamos otro ejemplo. En 1967 se publica el libro Revolución en la Revolución del filósofo francés Regis Debray. En él se caracteriza muy esquemáticamente al proceso revolucionario cubano haciendo especial énfasis en la importancia del aparato militar por sobre el partido político. El libro fue duramente criticado por Althusser -maestro de Debray- por no especificar las condiciones de la lucha de clases en cada país de la región. También el Che Guevara lo encontró desproporcionadamente militarista.
Rodolfo Ghioldi se suma a la polémica con una crítica “por derecha” que utiliza el libro como excusa, para plantear con claridad el descontento de toda la izquierda tradicional con la conferencia de la OLAS y el paradigma guevarista.
En realidad, Ghioldi no cree posible que Cuba esté marchando al socialismo rompiendo los marcos del etapismo, concepto tan caro al comunismo argentino. Por otra parte, lo desespera ver cómo se va perdiendo, inevitablemente, la hegemonía comunista en el campo político y cultural de la izquierda argentina. Varios ejemplos, el mismo sectarismo.
Américo Ghioldi (1899-1984), por su parte, también maestro -egresó de la Escuela Normal en 1920- fue un dirigente importante del Partido Socialista. Fue director del periódico partidario La Vanguardia en 1925 y del quincenal Acción Socialista entre 1923 y 1929.
Al igual que su hermano fue un feroz opositor al gobierno peronista llegando a brindar apoyo civil a la intentona golpista del Gral. Menéndez en 1951. No podían haber actuado de otra manera ya que, unos años atrás, el 17 de Octubre de 1945, mientras la presencia obrera en aquella histórica plaza abría camino a un importante proceso de liberación nacional, ellos estaban en las antípodas, formando parte de la Unión Democrática.
Esta terrible equivocación histórica de legitimar “por izquierda” el frente antinacional liderado por los grandes poderes del país agrario, será la causa del repudio que recibirán de parte de la clase trabajadora tanto el Partido Socialista como el Partido Comunista.
Américo llegó, incluso, a definir como “fascistas” a las multitudes movilizadas y a calificarlas como “bandas provenientes de las barriadas fangosas de Avellaneda y Berisso”. No muy lejos quedará ubicado el periódico Orientación, bajo la influencia de Rodolfo, quién hablará de “hordas de desclasados, pequeños clanes con aspecto de murga que recorrieron la ciudad, no representando a ninguna clase de la sociedad argentina. Era el malevaje reclutado por la policía y los funcionarios de la Secretaría de Trabajo y Previsión para amedrentar a la población”
Producido el golpe oligárquico de 1955 Américo llegó a apoyar el fusilamiento del Gral. Valle tras la sublevación de junio de 1956 con una definición que lo hizo tristemente célebre: “Se acabó la leche de la clemencia”.Vergonzoso.
Como teórico estudió las particularidades de las ideas socialistas en nuestro país en su trabajo El socialismo en la evolución nacional (1946) y amplió mucho más su análisis a la historia general del marxismo en su libro Marxismo, socialismo, izquierda, comunismo y la realidad argentina de hoy (1950).
En ellos asumió una perspectiva crítica del ultra izquierdismo en correspondencia con las ideas socialistas moderadas de Henry Lefevre que compartía. También incursionó en sus análisis sobre temas pedagógicos y de historia argentina.
Como dirigente del Partido Socialista demostró un autoritarismo visceral y una tendencia –demasiado evidente- a participar de cuanto gobierno dictatorial se formara. Esta actitud quedó más en evidencia que nunca cuando aceptó el cargo de embajador en Portugal que le ofreció la última dictadura militar. Vergonzoso.
Heredero y repetidor de las monsergas de Juan B. Justo y Nicolás Repetto no supo comprender, al igual que Rodolfo, los movimientos populares argentinos (radicalismo y peronismo) lo que lo encontró, como vemos, como aliado menor de la oligarquía y las fuerzas de la reacción.
Aquellos que creemos en el materialismo dialéctico como filosofía nodal de la historia, en un marxismo no mecanicista y humanista, que nos pueda ser útil tanto para nuestras investigaciones históricas como guía de acción política de las masas no podemos ver más que con un cristal hipercrítico las actuaciones políticas de Rodolfo y Américo Ghioldi. No podemos dejar de calificarlas, indudablemente, como antimarxistas.
Analizando el cipayismo histórico de estos y otros dirigentes del liberalismo de “izquierda” –verdaderos mitromarxistas- tampoco podemos dejar de coincidir con aquella magnífica definición que de ellos hiciera, en 1960, en su libro La formación de la conciencia nacional, el gran pensador del marxismo nacional Juan José Hernández Arregui: “son criaturas dilectas de la semicolonia engendrados por la colonización pedagógica”.

Fuentes:
Dessau, Adalbert y colectivo de autores. Politische o ideologische Strömungen in Lateinamerika. Akademie Verlag. Berlin. 1987. Pág. 275.
Saítta, Sylvia, Entre la cultura y la política: Los escritores de Izquierda, Nueva Historia Argentina, Bs. As, Editorial Sudamericana, 2001, Pág. 403-406.
Galasso, Norberto: “Aportes críticos a la historia de la izquierda argentina”, Bs. As, Nuevos Tiempos, 2007.
Ghioldi, Rodolfo: “No puede haber una “revolución en la revolución”, Bs. As, Anteo, 1967.

Ni calco ni copia, creación heroica. El socialismo indoamericano de José Carlos Mariátegui por Maximiliano Molocznik


Ni calco ni copia, creación heroica. El socialismo indoamericano de José Carlos Mariátegui.

Por: Maximiliano Molocznik


El objetivo central de este artículo es presentar los aspectos más importantes de la trayectoria de José Carlos Mariátegui y sus aportes a la conformación de una cultura contra hegemónica y socialista en América Latina.
Las clases dominantes y su aparato liberal-académico están en perfecta sintonía a la hora de identificar a sus enemigos de clase. Es por ello que se les hace necesario omitir, manipular, deformar o directamente desaparecer la obra, la lucha y hasta la vida de los hombres y mujeres que no se contentaron con ser solamente ni meros reproductores académicos del capitalismo dependiente ni sus socios políticos.
Esto fue lo que le sucedió a Mariátegui. Resultó también muy “útil” en esa tarea de ocultamiento la labor llevada adelante por el stalinismo que nunca pudo digerir las “herejías” del amauta (sabio) peruano.
Sería imposible enumerar la cantidad de veces en las que fue elogiada la creatividad y la originalidad del pensamiento de Mariátegui. Basta sólo con ver los adjetivos que le dedicaron sus detractores: "populista", "demagogo tropical", "el primer comunista de América Latina", "vitalista nietzscheano", etc., todos cargados de un profundo desprecio. Es por ello que uno no puede menos que preguntarse: ¿Por qué tanto odio?.¿Por qué lo atacan el stalinismo y el nacionalismo burgués?. Trataremos de responder a esos interrogantes sin apelar a hagiografías ni demonizaciones, sólo tratando de buscar la respuesta posible para un rescate y un balance crítico de sus aportes.
Estamos convencidos de que Mariátegui es todavía hoy –a principios del siglo XXI- un pensador sobre el que es bueno volver.
En su obra, el marxismo alcanzó una mayor raigambre latinoamericana y fue utilizado como un verdadero instrumento crítico para la comprensión y transformación de la realidad concreta y sus estructuras de manera original y auténtica
Silenciado –como dijimos- por el dogmatismo moscovita entre 1930 y 1960, es el representante más cabal de una tradición marxista que intentó “romper amarras” con la socialdemocracia, el nacionalismo burgués y el marxismo economicista y momificado.
Por su vasta cultura y su amplia manera de mirar las cosas desde una perspectiva en esencia marxista, Mariátegui ha sido considerado con razón como un "exponente del marxismo abierto" y, sin dudas, es el más creativo de todos los precursores en tierra americana.
Infatigable lector y estudioso, se apasionó por la poesía de autores latinoamericanos contemporáneos: Rubén Darío, su compatriota Santos Chocano, el insigne poeta uruguayo Julio Herrera Reissig, Leopoldo Lugones, José Enrique Rodó y otros.
Estrechó amistad con Barbusse y una frase que éste pronunciara está escrita, por no haber hallado mejor destino, en el epitafio de su tumba. “¿Ustedes quieren saber quién es Mariátegui Es una nueva luz de América, un espécimen nuevo del hombre americano”. También traba amistad con Anatole France y, junto con otros intelectuales, forman el grupo "Clarité".
Su obra principal, Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928), es una muestra sustancial de cómo se debía utilizar el marxismo efectiva y originalmente por un "marxista convicto y confeso" según se reconocía.
Parte del análisis de los problemas socioeconómicos más medulares como la distribución de la tierra, y continúa con otros factores de carácter supraestructural no menos importantes que destacó adecuadamente por sus repercusiones en el mundo latinoamericano, como el aspecto religioso y el étnico.
Mariátegui supo recepcionar con una actitud crítica y dialéctica tanto el pensamiento filosófico y político de su país como el de la Europa de los nuevos tiempos
A la vez supo enfrentarse a aquellos que desvirtuaban la teoría marxista en su obra En defensa del marxismo (1930). Tanto en ella como en otros de sus múltiples trabajos, avizoró la profunda crisis que se produciría en el marxismo si no se actuaba de manera acertada en el desarrollo crítico de esta teoría y de su práctica revolucionaria.
Para lograr este objetivo sometió a demoledora crítica el socialismo reformista. Descartó por inviable el camino reformista frente al capitalismo monopolista e imperialista, les criticó su falta de interés en comprender la situación “real” de América Latina y su negativa obstinada a aceptar la crisis de la idea de progreso, a partir de 1914. Fue el gestor del Partido Socialista en su país y luchador por los derechos de los sectores populares.
El Amauta, como también se le conoce, se pronunció contra aquellos que se dedicaban a "exagerar interesadamente el determinismo de Marx” y destacaba que "el marxismo, donde se ha mostrado revolucionario vale decir donde ha sido marxismo no ha obedecido nunca a un determinismo pasivo y rígido".
Ello evidencia su profunda concepción dialéctica sobre el desarrollo social y desenmascara a quienes, disfrazados de marxistas, esgrimían un determinismo fatalista mecánico, nada más alejado del marxismo auténtico, cuya esencia era marcadamente revolucionaria y por tanto presuponía la activa participación del sujeto histórico.
Mariátegui comprendía muy bien que en Marx no se podrían encontrar todas las respuestas ni todas las indicaciones a los nuevos problemas del mundo contemporáneo, en especial del latinoamericano, y había que ir más allá de Marx convencido de que "el marxismo es el único medio de proseguir y superar a Marx”. Esta actitud de intentar vincular marxismo y latino americanismo es, sin lugar a dudas, la veta más importante de su pensamiento.
Su entrañable condición de marxista orgánico lo convertirá en paradigma de las nuevas generaciones de revolucionarios latinoamericanos.
Vale la pena destacar también la polémica sostenida por el amauta peruano -igual que Julio Antonio Mella- con la tendencia claudicante y de seguidismo de la burguesía de Víctor Raúl Haya de la Torre. Ambos compartían la noción del antiimperialismo, mayoritariamente aceptada entre los intelectuales críticos, la gran duda radicaba en cómo llevarlo a la práctica.
Haya estaba convencido de que el imperialismo en América Latina era sólo una “fase” del desarrollo capitalista y, por ende, debía seguir un curso evolutivo homólogo al de Europa. Para ello, postula la necesidad de un partido continental en el que se aúnen reclamos concretos, pero sobre todo la nacionalización de las tierras e industrias y la solidaridad con los pueblos y las clases oprimidas del mundo.
Haya decía que lo primero que había que hacer era una revolución social, y después una socialista. Es decir, primero una revolución democrático-burguesa incorporando a la burguesía con un frente de clases y luego, después de que se cumplieran las tareas democrático-burguesas, se pasaría a la revolución socialista.
Al estar convencido de la imposibilidad de destruir al capitalismo sin que este se desarrolle plenamente, transforma al APRA de “frente” en “partido”, decisión con la cual Mariátegui no estará de acuerdo.
He allí el nudo de la polémica que los enfrentará. Frente a los planteos de Haya, el Amauta responde proponiendo construir un nuevo partido de clase, integrado por proletarios y campesinos, de los cuales nacerá el nuevo sujeto social de la revolución.
Ni folklorista ni cosmopolita, cree en la necesidad de unir la tradición socialista europea con la tradición comunista incaica.
Postula para ello el ayllu como objeto teórico y destaca la importancia de la comuna rural -en una actitud similar a la del último Marx, de 1881, en sus trabajos sobre la comuna rural rusa- pese a no contar en su acervo con el concepto de modo de producción asiático.
En síntesis, resulta indispensable rescatar hoy, a principios del siglo XXI, los tres legados teóricos más importantes que nos dejó José Carlos Mariátegui. El primero de ellos es la idea medular de visualizar al marxismo como instrumento de análisis y guía de acción política para las masas pero no como un dogma; el segundo consiste en no subestimar la importancia del mundo rural pensando y haciendo un marxismo latinoamericano y no europeizado y el tercero –central para una praxis política tendiente a lograr la unidad latinoamericana- es mirar la expansión colonial e imperial desde las fuerzas sociales de la región oprimida.

Fuentes:
Guadarrama, Pablo: Valoraciones sobre el pensamiento filosófico cubano y latinoamericano. Editora Política. La Habana. 1985.
Liss, Scheldon B: Marxist Thought in Latin America. University of California Press. 1984.
Mariátegui, José Carlos: Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana. Casa de Las Américas. La Habana. 1968.
Posada, Francisco: Los orígenes del pensamiento marxista en América Latina. Cuadernos Ciencia Nueva. Madrid. 1968.
Guadarrama, Pablo: Mariátegui y la actual crisis del marxismo. La Gaceta de Cuba. Nro. 4. 1994.
Mariátegui, José Carlos: En defensa del marxismo. Amauta. Lima. 1985.

Tras el Búho de Minerva: la filosofía tardía y olvidada de Héctor Raurich por Maximiliano Molocznik


Tras el Búho de Minerva: la filosofía tardía y olvidada de Héctor Raurich

Por: Maximiliano Molocznik


Hegel escribía, en el párrafo final de su “Prefacio” a la Filosofía del Derecho, que el búho de Minerva despliega sus alas al anochecer. Con esta metáfora –una de las más hermosas de la historia de la filosofía- nos ilustra sobre cómo la teoría y la filosofía, simbolizadas en el búho de Minerva, siempre llegan tarde; sólo se constituyen como conocimiento una vez que la vida real de las sociedades produjo los acontecimientos y las circunstancias que motivan la reflexión del teórico y del filósofo.
De ahí que Hegel estableciese un contrapunto inspirado en las palabras pronunciadas por Mefistófeles en el Fausto de Goethe: “los tonos grises de la reflexión filosófica son siempre un pobre reflejo del verde árbol de la vida”. Este artículo -dedicado a presentar sucintamente la explosiva hermenéutica del pensamiento hegeliano realizada por el filósofo marplatense Héctor Raurich- no sólo asume la sabiduría de la sentencia de Hegel, sino también intenta mostrar el inevitable retraso del pensamiento en relación al ser y de las ideas en su conexión con la realidad social.
Casi nada sabemos sobre la infancia y juventud de Raurich salvo que nació en la ciudad de Mar del Plata en 1903. Diversos testimonios coinciden en presentarlo como un hombre más proclive a la charla que a la escritura. De hecho, Liborio Justo -uno de los más importantes dirigentes trotskistas de los años 30- lo había bautizado “Sócrates” por sus cualidades oratorias y su renuencia a escribir.
Sus primeras participaciones políticas se darán en la facultad de Derecho de la UBA donde milita en el grupo Insurrexit que apoya -por izquierda- el proceso de la Reforma Universitaria.
Luego comienza una militancia orgánica en el Partido Comunista siendo miembro de la fracción izquierdista “La Chispa” y expulsado en 1925.
En 1931 conoce al político trotskista Antonio Gallo en España y, a su retorno, ambos amigos se proponen aportar a la consolidación de la ICA (Izquierda Comunista Argentina), uno de los primeros grupos trotskistas de nuestro país.
Munido de una sólida formación cultural y dotado de un magnífico don del lenguaje era un consumado conferencista. Siempre recreaba las temáticas que abordaba, que discurrían espontáneamente, sin ninguna rutina o atmósfera de claustro, ahorrándole a la concurrencia cualquier muestra de pedantería intelectual y, por innecesarias, toda vana retórica y solemnidad.
Raurich fue el representante más importante de la bohemia trotskista de los años 30. Estos grupos noctámbulos se reunían a discutir sobre política, filosofía, estética, historia argentina, etc. hasta altas horas de la madrugada en el Café Tortoni, en los 36 billares o en el Politeama.
Reconocido como un excelente anfitrión se transformó en el animador de esas veladas conocidas, en el caso del Tortoni, como “La Peña de Raurich”. Allí volcará toda su prédica antistalinista y de vituperio al “socialfascismo” argentino y europeo aunque quedará en evidencia su falta de respuesta a los problemas nacionales.
Hombre polifacético defenderá a lo largo de toda su trayectoria la tesis de que para la Argentina la única perspectiva viable era la revolución socialista, oponiéndose de plano a cualquier tentativa de frente de liberación nacional. Este marxismo antinacional lo llevará a mantenerse alejado de las luchas concretas de los trabajadores argentinos llegando incluso, en 1955, a firmar una solicitada de hombres de la cultura apoyando el golpe contra Perón.
Se mantuvo siempre en los márgenes de la cultura universitaria a tal punto que fue rechazada una petición suya en 1957 para dictar un curso paralelo de Estética en la facultad de Filosofía y Letras de la UBA , lo cual no impidió que ejerciera gran influencia sobre los estudiantes de los años 50. Uno de los más conspicuos representantes de la pequeña burguesía universitaria de la época, Juan José Sebreli, lo recuerda de esta manera: “Un día, en 1954, en el bar Florida, un compañero de la escuela normal y de la Facultad de Filosofía me recomendó el curso sobre la filosofía de Hegel que iba a dar Héctor Raurich, a cuyo grupo él pertenecía. Asistimos con Masotta y quedamos rápidamente atrapados por ese extraño personaje de rostro anguloso, de maneras elegantes y cálidas, de palabras exquisitas, de erudición vastísima. Las páginas que se publicaron póstumamente no dan la dimensión de su talento: pertenecía a ese tipo de intelectuales en quienes lo mejor de su obra no esta en lo escrito sino en lo hablado. Razones subjetivas y otras objetivas le impidieron hacer las grandes empresas que se proponía: la creación de un partido político de izquierda y un gran libro sobre Hegel y Marx del que solo quedaron apuntes. Resulta un caso de interés historiográfico descubrir por que caminos distintos llegó Raurich, oscuro-autodidacto, desde una ciudad aislada del centro filosófico del mundo a coincidir en algunos aspectos con pensadores coetáneos como los de la Escuela de Frankfurt, a quienes no llegó a conocer. Como suele ocurrir con los jóvenes, yo no supe ver en su momento que el azar me había deparado la fortuna de conocer a un verdadero pensador, que como decía Sartre, son escasos”.
Su labor como conferencista no había comenzado, sin embargo, allí. Antes del intento fallido en la UBA había dictado dos cursos libres sobre "La Filosofía de Hegel". El primero, en 1952, en la Asociación Cristiana Femenina de Buenos Aires. Desarrolló allí en 35 conferencias la fase del pensamiento juvenil y la Fenomenología del Espíritu.
El segundo, dictado en 1955, en el Salón de Arte de Buenos Aires E. Birabén, consistió en el análisis, en 30 lecciones, de la Lógica de Hegel. En 1959 dictó en el Instituto de Filosofía del Derecho de la Facultad de Derecho de la Universidad de La Plata un curso de nueve conferencias sobre la Filosofía de Marx en su relación con la Filosofía de Hegel.
Son muy pocas las publicaciones de tipo ensayístico que de él hemos podido rastrear. Entre ellas cabe mencionar a La teoría de las Generaciones publicada en la Revista Jurídica y C.S., Bs. As, julio-octubre de 1926, año XIII, Nos. I y II, Defensa del Arte en: Vertum, Rev. del C.E. de Filosofía, año XXVI Nº 8, agosto de 1933 y La Filosofía de Hegel: El fragmento de sistema de Francfort en Rev. "Cultura Argentina", enero de 1953.
Sabemos que existen dos trabajos aún inéditos: El Concepto de la Historiografía de las Bellas Artes y Sindicato y lucha de clases en la obra de Marx.
Hacia 1961, Raurich, que, como vemos tenía muy poco publicado comenzó a escribir en una pequeña libreta de tapas negras de hule, unas doscientas carillas numeradas por él con su escritura pequeña y enredada, de muy difícil, a ratos casi imposible, lectura. Allí, indicados a veces los días, arrimó algunas reflexiones que, años después, sus amigos editarían bajo el título de Notas para la actualidad de Hegel y Marx (1968).
Algo similar ocurriría con el destino de sus conferencias de 1952 y 1955, consagradas al pensar de Hegel. Como era su costumbre Raurich no leyó, dijo sus conferencias sin ningún apunte ni esquema a la vista. Esta verdadera proeza intelectual, que no era en modo alguno efectista, obedecía a la profunda exigencia del autor de sólo exponer lo que animaba su más íntima convicción.
Sus amigos y, luego, sus editores, sabían que Raurich al preparar sus conferencias, ponía en su lugar los libros consultados y comentados (hechos muchas veces en los márgenes o “pretil del pozo” como gustaba decir) yendo a parar a la gaveta las notas minuciosas.
Luego de su muerte y tras una paciente y titánica labor realizada con el manuscrito original y las notas saldría a la luz Hegel y la lógica de la pasión (1975). Este libro monumental no es ni un manual didáctico ni una antología de textos críticos o comentarios ni mucho menos una ecléctica selección o componenda de textos.
El objetivo de Raurich es, por un lado, esclarecer el espíritu que inspira la corriente hegeliana restableciendo y obedeciendo a un tiempo a ese mismo espíritu, y por el otro, sintetizar y asimilar con sentido crítico los elementos rescatables del hegelianismo, desde sus inicios hasta el presente, vistos a través de sus representantes y también de sus contradictores.
Aún hoy, a más de treinta de años de haber salido a la luz, sigue siendo un libro clave para quién quiera acercarse a las honduras del pensamiento de Hegel. Raurich examina con brillantez el existencialismo desde Kierkegaard a Heidegger y utiliza y conjuga las interpretaciones diversas y aún opuestas de Hyppolite, Kojéve, Niels y Wahl a fin de brindar, a través de ellos, su propia comprensión de la religiosidad hegeliana.
No deja de sorprendernos el hecho de que si comparamos este trabajo con la multiplicidad de ambiciosos ensayos posteriores dedicados a Hegel -como los escritos por Hartmann, Findlay, Kaufmann o Kung -no sólo se constata la vigencia de la exégesis por él propuesta sino también su carácter de pionero.
Otros libros importantes -todos publicados póstumamente, pues Raurich muere en 1963- son: Ser en el otro (1964) y De la crítica como creación (1965).
Como vemos, entonces, Héctor Raurich fue uno de los hombres más cultos de su época. Amante de Hegel, interdictor de Marx y Trotsky, apasionado estudioso de la poética de Whitman y cultor del teatro shakespeariano no le sirvió toda esa prosapia para aplicar correctamente la teoría marxista a la problemática nacional.
En síntesis, su marxismo de importación, munido de brillantes análisis no le alcanzó para poder acompañar las luchas reales de la clase obrera argentina. Desplegó sus alas al anochecer, como el búho de Minerva.

Fuentes
Raurich, Héctor: Hegel y la lógica de la pasión, Bs.As, Ediciones Marymar, 1975.
Raurich, Héctor: Notas para la actualidad de Hegel y Marx, Bs. As, Ediciones Marymar, 1968.
González, Ernesto: El trotskismo obrero e internacionalista en la Argentina, Bs. As, Editorial Antídoto, 1995.
Galasso, Norberto: Aportes críticos a la historia de la izquierda argentina, Bs. As, Nuevos Tiempos, 2007.
Sebreli, Juan José: Las señales de la memoria, Bs. As, Sudamericana, 1987.

Ernesto Guevara como patriota latinoamericano y teórico de la Revolución por Maximiliano Molocznik


Ernesto Guevara como patriota latinoamericano y teórico de la Revolución

Por: Maximiliano Molocznik.

La obra intelectual y revolucionaria de Ernesto Guevara (1928-1967) si bien no se circunscribe a su estancia en Cuba, indudablemente está unida orgánicamente a la Revolución Cubana y a su raigambre internacionalista de la cual él ha sido su paradigma.
Norberto Galasso lo ha definido como un verdadero patriota latinoamericano y ha destrozado la fábula de su supuesto antiperonismo con una claridad meridiana “Resulta interesante, entonces, reflexionar desde cuando el Che se considera “patriota latinoamericano”, en que época se convierte al socialismo y cómo ensambla ambas cuestiones. Años atrás corrió la versión de que el Che había militado en el Partido Comunista de la Argentina. Es decir, se habría definido “marxista”, por así decir (Marx nos perdone por suponer que el partido de Victorio Codovilla difundía marxismo) y por consiguiente, resultaba declaradamente antiperonista, lo cual entroncaba con su salida de Argentina mientras gobernaba Perón (segundo viaje, 1953). Sin embargo, a medida que diversos biógrafos ahondaron en su vida se comprobó que esta tesis era falsa. El 14 de Julio de 1960, el Che declara: “Puedo decir con toda conciencia que jamás he estado vinculado al Partido Comunista, ni con los movimientos comunistas”. También resulta falsa la versión del antiperonismo del Che, como asimismo su abandono de la Argentina por razones políticas. No existe ninguna declaración, ni recuerdo, ni adhesión donde conste una definición de este tipo. Ahora, uno de sus biógrafos, Paco Ignacio Taibo II, reproduce la siguiente declaración del Che: “No tuve ninguna preocupación social en mi adolescencia y no tuve ninguna participación en las luchas políticas y estudiantiles de la Argentina”. Ni siquiera votó en las elecciones del 24 de Febrero de 1946 por faltarle unos meses de edad para alcanzar el derecho al sufragio”.
En toda su vida y su obra, Guevara se orientó a un intento permanente de acercarse con humildad y sin petulancia a los pueblos oprimidos de su América y del mundo. Veamos como lo explica él mismo: “Yo fui muchacho intelectualillo cuando estudiaba, aspirante a intelectualón cuando, ya médico, elegí una especialidad. Pero sólo aprendí a hablar en la Sierra. Allí adquirí un lenguaje elemental y directo, que no cubre nada, ni oculta nada, que no sirve para disfrazar sino para entenderse”. En otra oportunidad sostiene: “Debemos, entonces, empezar a borrar nuestros viejos conceptos y empezar a acercarnos cada vez más y cada vez más críticamente al pueblo. A mí me gusta mucho conversar con los obreros y los campesinos y voy los domingos a tal lado para ver tal cosa…Todo el mundo lo ha hecho. Pero lo ha hecho practicando la caridad y lo que nosotros tenemos que practicar hoy es la solidaridad. No debemos acercarnos al pueblo a decir: “Aquí estamos, venimos a darte la caridad de nuestra presencia, a enseñarte nuestra ciencia, a demostrarte tus errores, tu incultura, tu falta de conocimientos elementales, debemos ir con afán investigativo y con espíritu humilde, a aprender en la gran fuente de sabiduría que es el pueblo”.
Sería imposible -no es el objetivo de este artículo- reseñar la vida del Che, que cuenta por otra parte con excelentes biógrafos que han hecho brillantes trabajos de reconstrucción histórica.
Aquí nos conformaremos sólo con mencionar un aspecto que ha pasado curiosamente desapercibido para muchos de ellos: El Che además de ser un heroico revolucionario fue también un eximio teórico.
El Che atisbó y criticó el escolasticismo que ha frenado el desarrollo de la teoría marxista y las insuficiencias, en la construcción del socialismo, de aquellos que subestimaran la formación ético-ideológica. Hoy, después del derrumbe del llamado "socialismo real", encuentran su verificación desgraciadamente algo tarde aquellas insuficiencias.
Por eso, Armando Hart dice que al Che debe considerárselo como uno de los mayores precursores de la necesidad de cambios revolucionarios en el socialismo. Él vio desde el principio de la década del sesenta los problemas del socialismo como nadie los vio entonces.
Él se enfrentaba tanto a la hiperbolización de los estímulos materiales en la construcción de la sociedad socialista como a la burocratización. Un burócrata -define el Che- es “quien cierra la puerta de su oficina para que no entren los obreros y para que no se le escape el aire acondicionado”. Estaba, entonces, en defensa del marxismo, dado su convencimiento de las nefastas consecuencias que traerían ambas desviaciones.
La labor intelectual del Che se desplegó en muchos planos, desde las cuestiones referidas a la ética, la cultura, la gestación de un hombre nuevo , los problemas de la construcción del socialismo y el comunismo , la dictadura del proletariado , el papel del estado e innumerables cuestiones de carácter filosófico como la enajenación, la concepción materialista de la historia, etc.
En esta breve semblanza de su pensamiento teórico pondremos especial énfasis en su pensamiento económico, un aspecto muy rico de su producción y no tan estudiado. Este pensamiento fue borrado de la academia cubana a partir de 1970 al insertarse el país de lleno en la CAME (sovietización).
El Che distinguía claramente entre los partidarios del cálculo económico de origen soviético y sus propias ideas plasmadas en el Sistema Presupuestario de Financiamiento.
Este sistema fue el modo en que se organizó y funcionó la economía estatal cubana en el sector industrial en una fase temprana de la Revolución socialista Este sería uno de los pilares de su concepción del socialismo económico.
Es importante mencionar los cargos económicos detentados por el Che en su estancia en Cuba y desde dónde intentó aplicar sus ideas: 1. fue nombrado el 7 de Octubre de 1959, Jefe del Departamento de Industrialización del Instituto Nacional para la Reforma Agraria. 2. El 26 de Noviembre de 1959 fue designado Presidente del Banco Nacional de Cuba. 3. El 23 de febrero de 1961 fue designado Ministro de Industrias.
Tanto desde estos cargos públicos como desde la producción teórica, el Che defendió la idea de que la racionalidad del modelo económico debería estar dada por la racionalidad social del modelo en general.
Por ende, su modelo rompe con la falsa dicotomía determinista-voluntarista en la que se encontraba empantanada la discusión, en los primeros momentos de la revolución, sobre la transición al socialismo.
Al caracterizar al marxismo como un movimiento y considerar la idiosincrasia como una condición subjetiva de la economía, El Che arremete contra el cálculo económico al considerar que este imita al fetichismo del capitalismo, impide prácticas desalienantes y no refuerza la nueva moral.
Con una increíble lucidez plantea -en los años 60, no después de la caída del muro de Berlín- los contrasentidos de una economía soviética que, desde una fachada socialista, estaba retornando al capitalismo. En un prólogo de un libro (inédito) de Economía Política que Guevara escribía antes de morir decía “Se sabe desde viejo que es el ser social el que determina la conciencia y se conoce el papel de la superestructura; ahora asistimos a un fenómeno interesante, que no pretendemos haber descubierto pero sobre cuya importancia tratamos de profundizar: la interrelación de la estructura y la superestructura. Nuestra tesis es que los cambios producidos a raíz de la Nueva Política Económica (NEP) han calado tan hondo en la vida de la U.R.S.S que han marcado con su signo toda esta etapa. Y sus resultados son desalentadores: la superestructura capitalista fue influenciando cada vez en forma más marcada las relaciones de producción y los conflictos provocados por la hibridación que significó la NEP se están resolviendo hoy a favor de la superestructura: se está regresando al capitalismo”.
Sus críticas a la NEP de Lenin (si bien las justifica por el contexto histórico) apuntaban a mostrar cómo el incentivo material se había impuesto en el conjunto de las relaciones sociales. Eso es lo que él no quería que le sucediera a la economía cubana.
Otro rasgo de originalidad le permite distinguir el uso que se le pueden dar a las adquisiciones técnico-económicas del capitalismo para controlar y organizar la producción, del uso ideológico de las categorías de la economía política capitalista. Defiende con firmeza la idea de una planificación centralizada y sostiene la idea medular de que la economía cubana debiera desprenderse de la Ley de Valor para avanzar en la transición hacia el socialismo.
Otro tópico importante es su apuesta, en la economía de transición, por el trabajo como un deber social y por el trabajo voluntario como factor ideológico para el desarrollo económico y moral. Considera también que todo administrador debe ser, a la vez, un cuadro revolucionario.
Su vida, pensamiento y acción constituyen una de las más importantes expresiones de orgánica unidad dialéctica y de adecuada ponderación marxista en la utilización del arma de la crítica y la crítica de las armas.
Dueño de ejemplos morales que muy pocos pueden copiar, austero frente a todas las prebendas que podría haber utilizado estando en el poder, analítico y asceta, El Che se yergue, indudablemente como un paradigma del hombre total, del hombre nuevo por el que tanto luchó.
Dijo en una carta a José Medero Mestre, publicada en Marcha, Marzo de 1965 “Anteponer la ineficiencia capitalista con la eficiencia socialista en el manejo de la fábrica, es confundir deseo con realidad. Es en la distribución donde el socialismo alcanza ventajas indudables y en la planificación centralizada donde ha podido eliminar las desventajas de orden tecnológico y organizativo con el capitalismo. Tras la ruptura de la sociedad anterior se ha pretendido establecer la sociedad nueva como un híbrido: al hombre lobo de la sociedad de lobos, se lo reemplaza con otro género, que no tiene su impulso desesperado de robar a los semejantes, ya que la explotación del hombre por el hombre ha desaparecido (…) El individualismo como tal, de una persona sola en un medio, debe desaparecer en Cuba en un proceso paralelo al desarrollo de las formas económicas nuevas, va a ir naciendo el hombre nuevo, cuya imagen no está aún acabada, no podría estarlo”.
Cómo a tantos otros revolucionarios las clases dominantes han llevado a cabo con él un siniestro plan que consistió primero en desaparecerlo físicamente y segundo, tratar de “incorporarlo” a través del marketing de las industrias culturales del sistema, para presentárselo a los jóvenes de hoy como un “romántico”, un “idealista” o simplemente una foto en una remera.
Esta mitificación permite una versión “light” del Che al que se lo muestra siempre derrotado y al que se puede admirar, pero no seguir. Dependerá del estudio y del compromiso político que se rompa este estereotipo y que la figura de Guevara cobre el lugar que se merece como faro, teórico y práctico, de los revolucionarios latinoamericanos del siglo XXI.

Fuentes
Galasso, Norberto: El Che: Revolución Latinoamericana y Socialismo, Bs.As Ediciones del Pensamiento Nacional, 1997
Guevara, Ernesto: El socialismo y el hombre en Cuba. Obras. Casa de Las Américas. La Habana. 1970.
Guevara, Ernesto: Ideario político y filosófico del Che. Editora Política. La Habana. 1991.
Hart, Armando: Sobre el Che Guevara. En Casa de Las Américas. No.165. La Habana. Marzo-Abril de 1988.
Tablada, Carlos: El pensamiento económico de Ernesto Che Guevara., Bs.As, Nuestra América, 2005.
Martínez Heredia, Fernando: Che, el socialismo y el comunismo. Casa de Las Américas. La Habana. 1989.
Vuskovic, Pedro y Elgueta, Berlamino: Che Guevara en el presente de América Latina. Casa de las Américas. La Habana.1987
O Donnell, Pacho: Che: La vida por un mundo mejor, Bs.As, De bolsillo, 2005.

sábado, 28 de agosto de 2010

FUERZA COMPAÑERO FAVIO!


FRAGMENTOS DE ENTREVISTA REALIZADA A LEONARDO FAVIO, HOMENAJEADO EN EL PRIMER CONGRESO ARGENTINO DE CULTURA DE MAR DEL PLATA

–¿Cómo ve al país hoy?

–¿Cómo lo veo? Maravillosamente bien. No es fácil la tarea en la que está envuelto este hombre. Yo diría que finalmente, después de más de cincuenta años, no tenemos un político en el gobierno, tenemos un conductor, un tipo que te convence con hechos concretos. Y despojado de toda hipocresía política. Pero además con mucha visión y mucho talento. Me gustaría que lo supiéramos preservar. Antes tenía una gran expectativa con la mujer de él, cuando la oía en sus exposiciones dentro del Congreso. Me llamaba la atención. ¡Qué brillante! Y veo que lo que decían se va cumpliendo, y más. Es como un nuevo milagro, porque vienen de un pueblo chiquito, y sin embargo están ahí, dando una batalla que la gente entiende poco a poco.

–¿Le parece que es una nueva etapa del peronismo?

–No hay ni nueva etapa ni vieja etapa. Es como decir que hay un nuevo cristianismo. El peronismo siempre fue uno. ¿Se da cuenta? Yo tengo carné de conductor, pero yo no manejo, ¿me entiende? Vos podés llegar a los más altos estamentos de un partido político y no tener nada que ver con ese partido. Porque uno es lo que hace y hace lo que es. ¿Qué tiene de cristiano el Papa Borgia? O tantos otros. O muchos obispos que hemos tenido acá. Y de golpe te encontrás por ahí con una persona en China, por ejemplo, que ni oyó hablar de Cristo, y es más cristiana que su Santidad. Entonces... el partido, como partido, nunca me expresó. Ni como cineasta ni como nada. Lo que yo amé es lo que vi, el trato con el niño que fui, con la ancianidad, las obras que se realizaron, la visión, el talento... Vos escuchás un discurso de Perón en aquella época o algo que respondía y te quedás perplejo, porque estaba cien años adelante de todo. Y todo lo que él dijo se fue dando. Entonces, ¿qué es ser peronista? Yo digo que todo el que se sensibilice frente a un niño desvalido, o frente a un salario injuriante de un obrero, o no vea en una marcha de protesta un tumulto de gente que molesta sino un conjunto de individuos que tienen algo que reclamar, ése es mi compañero, milite donde milite. Yo no le pregunto a nadie quién es ni de dónde viene. Mientras sea buena gente... Esto puede ser también producto de mi ignorancia. Yo no conozco la Constitución, por ejemplo. Pero no necesito leer la Constitución para saber qué es lo que corresponde. No sé, estoy muy feliz con esta etapa que se está viviendo. La llegué a ver, Dios me dio esa posibilidad. Yo creí que nunca más la iba a vivir. Ahora... se está construyendo, cuesta, cuesta mucho. Los otros días estábamos viendo Perón... (porque me trajeron el DVD) y te das cuenta de qué paralelos que hay, porque vos veías, cuando Perón comenzaba a trabajar con los obreros, las quejas cuáles eran y de qué grupos venían. La Cámara de Comercio decía que el camino emprendido nos iba a llevar a una inflación impresionante y qué sé yo y que todo se iba a desmoronar... Y yo me preguntaba, ¿pero esto no es lo mismo de hoy? Los enemigos tienen prácticamente el mismo carácter. Y el acercamiento de la gente que ha militado o que milita dentro del radicalismo es muy parecido a la primera etapa de Perón, cuando se fueron hacia él Jauretche y todos los que venían del yrigoyenismo, ¿no?

Fuente: diario "Página/12"

Ay, la clase media!!!


Reflexiones a propósito del libro “Del televisor a la cacerola…y de la cacerola al televisor, de Norberto Galasso


Maximiliano A Molocznik

El modus vivendi y la ideología de la estimada (y nunca bien ponderada) “clase media” argentina han sido abordados desde diversas ópticas.
Largamente han debatido los sociólogos sobre su heterogénea composición y sus diversas franjas etarias. En nuestro campo, el de los historiadores, el debate se ha centrado, básicamente, entre aquellos que desde el marxismo no la consideran propiamente una clase social, sino apenas como parte de la burguesía con sus características particulares y aquellos otros -no apegados a esa tradición- para los cuales el término “clase media” responde a la vieja tradición liberal del país.
Nosotros, que estamos en el campo nacional y popular y aún apreciando -y mucho- los instrumentos teóricos que nos ofrece el materialismo histórico, preferimos la ya clásica categorización del “medio pelo de la sociedad argentina”, tan popularizada por el maestro Jauretche.
Más allá de las polémicas sobre categorías de análisis, lo cierto es que los historiadores nos hemos dedicado con ahínco a establecer la filiación ideológica de este sector. Es allí donde las coincidencias surgen con mayor nitidez.
Nacida al calor de la democratización yrigoyenista, durante el primer peronismo será beneficiada por su política económica y, pese a ello, la clase media argentina se transformó en profundamente gorila y despreció a las clases populares. Apuntaló la Unión Democrática contra Perón siendo compañera de ruta de las instituciones representativas del gran capital. Mimada y protegida durante la Revolución Libertadora y el desarrollismo, recién en los años 60 comenzaría, en su seno, un lento proceso que los llevaría a la popularización y nacionalización.
En este tránsito no sólo descubrirían que el peronismo no era la “peste populista” que nucleaba “vagos” sino que era tanto el gran factor identitario de los oprimidos de la Argentina como el motor de cambio de la realidad social.
De posiciones izquierdistas y revolucionarias en los 70, pasa la clase media a un silencio bastante parecido a la complicidad durante la dictadura militar, para hacerse rabiosamente alfonsinista en los 80 y gozosa amante del consumismo neoliberal menemista en los 90. Este breve derrotero nos permite presentarla tal como es: un grupo oscilante y vacilante.
Hasta los filósofos -habitualmente poco dados a reflexionar sobre cuestiones de la realidad social- han descripto esa enorme capacidad de los sectores medios de apropiarse de las modas intelectuales parisinas o norteamericanas.
Sin embargo, Norberto Galasso no elige ninguno de estos campos disciplinares. Aborda el problema desde el ensayo, en un texto cargado de fina ironía en el que narra las contradicciones de un hombre proveniente de este sector.
Los avatares del texto nos permiten acompañar los sinuosos razonamientos -propios del clasemediero ambiguo- de Inocencio Esquilmao. Lo vemos avanzar, muy orondo, con sus certezas iniciales defendiendo las zonceras del libre mercado.
Es muy divertido seguirlo en el trayecto que va desde su repetición acrítica de las “recetas” de los economistas del establishment a su paulatina comprensión del carácter expoliador de la deuda externa y del déficit fiscal no como producto del “malvado populismo” sino, básicamente, generado por el ruinoso sistema de las AFJP instaurado por Menem y Cavallo.
Inocencio avanza acompañado en una suerte de mayéutica nacional-popular por un Galasso que oficia de paciente contertulio en dos grandes cuestiones que habitualmente no son visibles para los sectores medios. La primera es la comprensión de la siniestra trama de la estatización de la deuda privada con Cavallo en el Banco Central como funcionario estrella de la dictadura genocida. La segunda es la dolorosa toma de conciencia del error cometido por los empresarios nacionales al defeccionar del frente de liberación nacional, en 1955, cuando había sido, precisamente, la política económica del primer peronismo la que los había cobijado, protegido y hecho crecer.
La izquierda tradicional argentina recibe también algunos estiletazos de la pluma del maestro. Una anécdota en la que se lo muestra como “profesor” de monsergas vacuas y munido de un exasperante individualismo, le sirve a Galasso de excusa para presentarnos la figura del Dr. Nicolás Repetto.
Este “democrático” figurón del viejo Partido Socialista -a diferencia de lo que sucede con los hombres que al llegar a sus “altos años” adquieren lucidez y mayor capacidad de juicio-, en un libro conmemorativo de sus noventa años, decide cerrar su “brillante” carrera como furgón de cola de la oligarquía argentina.
No encontró mejor manera de hacerlo que recordar una vergonzosa apología de la Revolución Fusiladora, que hizo en un dantesco discurso pronunciado el 22 de Octubre de 1956 en el teatro Avenida de la ciudad de BsAs. Decía allí, sin ruborizarse: “La Revolución Libertadora lleva ya cumplida una obra sin precedentes. Nos ha devuelto la libertad, prepara las condiciones necesarias para que el país pueda restablecer el régimen democrático de gobierno, y ha enjuiciado al tirano y a sus cómplices por los delitos y crímenes cometidos durante la larga e ignominiosa dictadura. Somos ahora un pueblo libre”.
Tampoco olvida Galasso mencionar a otro conspicuo representante del cipayismo del PS: el profesor (Norte) Américo Ghioldi. Feroz opositor al peronismo, fue uno de los “capitostes” de la Unión Democrática y uno de los responsables de la peor tragedia histórica de la izquierda tradicional argentina: legitimar “por izquierda” el frente antinacional liderado por los grandes poderes del país agrario en 1945.
Ghioldi llegó, incluso, a definir como “fascistas” a las multitudes movilizadas el 17 de Octubre y a calificarlas como “bandas provenientes de las barriadas fangosas de Avellaneda y Berisso. Producido el golpe oligárquico de 1955 apoyó el fusilamiento del Gral. Valle tras la sublevación de junio de 1956 con una definición que lo hizo tristemente célebre: “Se acabó la leche de la clemencia”. Una verdadera vergüenza que alguien pueda haber dicho estas cosas en nombre del socialismo. Como dirigente del PS demostró un autoritarismo visceral y una tendencia -demasiado evidente- a participar de cuanto gobierno dictatorial se formara. Esta actitud quedó más en evidencia que nunca cuando aceptó el cargo de embajador en Portugal que le ofreció la última dictadura militar.
Heredero y repetidor de las peroratas librecambistas de Juan B. Justo y Nicolás Repetto no supo comprender a los movimientos populares argentinos (radicalismo y peronismo) lo que lo encontró, como dijimos, como aliado menor de la oligarquía y las fuerzas de la reacción. ¿Dónde habrá quedado la tradición de Manuel Ugarte y de Enrique del Valle Iberlucea?
¿No habrá llegado la hora de que los muchos y honestos militantes actuales que tiene el Partido Socialista empiecen también a descolgar algunos retratos?El stalinismo tampoco escapa a la mirada crítica del maestro. Por eso se detiene, como al pasar, en el escritor Andrés Rivera. Galasso confirma algo que muchos ya pensábamos: es un gran escritor de ficción que no debería haber abandonado nunca este terreno. Formado en los cánones de la cultura oficial del PC, ya lo hemos visto derrapar en varias ocasiones, por su desconocimiento de la importancia de la cuestión nacional en los países semicoloniales, por su izquierdismo abstracto y su imposibilidad de comprender la importancia de los nacionalismos en los países atrasados.
Parece que no alcanza con romper oficialmente con el PC si se sigue pensando con la lógica de policía epistemológica moscovita. Una verdadera pena pues no podemos dejar de reconocer su talento literario.
Caen también abatidos, bajo sus mandobles, los argumentos del trotskismo sin nación que no pudo ni puede comprender el fenómeno social del peronismo.
Estos hombres -por lo general honestos y comprometidos militantes- dueños de una importante estatura moral, han sido víctimas de la sumisión ideológica con que la clase dominante controla a la pequeña burguesía alentando sus planteos de revoluciones “abstractas” mientras el curso real de la lucha de la clase obrera se mueve por otros cauces dejándolos solos. Nadie mejor que Milciades Peña como ejemplo paradigmático de esta tragedia.
Más simpática -aunque por medio de la elipsis- es la referencia al trotskismo posadista. Este grupo, orientado por Homero Cristalli (J. Posadas) -bien rumbeado con respecto al peronismo y al tema de la liberación nacional- terminó convirtiéndose en una secta.
En ella “el profeta” Posadas postulaba que al ser nuestra galaxia una de las más chicas, debemos aceptar la posibilidad de que existan otras galaxias y planetas, pudiendo haber en todos ellos formas de vida, que por ser más antiguas que la nuestra serían superiores pues habrían evolucionado y ¡adoptado la forma de organización socialista, de lo que deduce que…vendrían por nosotros! Entonces… ¡Había que preparar el antiimperialismo terráqueo!
Analizando el cipayismo histórico de estos y otros dirigentes del liberalismo de “izquierda” –verdaderos mitromarxistas- no podemos dejar de coincidir con aquella magnífica definición que de ellos hiciera, en 1960, en su libro La formación de la conciencia nacional, el gran pensador del marxismo nacional Juan José Hernández Arregui: “son criaturas dilectas de la semicolonia engendrados por la colonización pedagógica”.
De la mano de Galasso, Inocencio va descubriendo también el carácter de fábulas de la mayoría de los viejos relatos del mitrismo liberal y antinacional. Es todo un impacto para él descubrir que Rivadavia no es el “más grande hombre civil de los argentinos” sino un agente del imperialismo británico, que la verdadera historia de San Martín le ha sido escamoteada y como explicación “superadora” de los mitos broncíneos de Mitre y sus modernos remozadores -como Luis Alberto Romero-, el mercado sólo le ofrece la chismografía histórica de García Hamilton o los “cuentitos liberales” de Félix Luna.
Tomando en cuenta todos estos elementos, cabe preguntarse, entonces, ¿cuáles son los motivos por los cuales la clase media argentina hoy no sólo mantiene alto su nivel de escepticismo, no se siente parte de la construcción de un proyecto nacional y popular sino también que, cuando muestra su compromiso militante, lo hace acompañando los reclamos de la derecha vernácula?.
Una explicación posible es, sin lugar a dudas, que el pensamiento filosófico posmoderno y la colonialidad del saber han calado hondo en este sector.
Allí los vemos, a enormes contingentes de docentes que salen corriendo a las librerías a comprar la última novela de Marcos Aguinis, nuevo centurión de la Argentina destituyente. Médicos, contadores y abogados que forman sus ideas de política internacional escuchando el programa televisivo del ¿periodista? operador de la CIA -a sueldo del Departamento de Estado norteamericano- Andrés Oppenheimer quién los aturde con sus Cuentos Chinos. Sesudos historiadores, habituales participantes de coloquios académicos en los que se analizan con ahínco los trabajos del ex canciller mexicano Jorge Castañeda, empleado dilecto del ex presidente de la Coca Cola Company, digo, de México, Vicente Fox.
Profesionales liberales que, para evadirse del tedio y la rutina, no tienen mejor idea que recurrir a la novelística del ícono de las derechas latinoamericanas, Mario Vargas Llosa que, para colmo de males, ha lanzado al ruedo a su hijo, Alvarito, versión descafeinada y sin un ápice del talento literario de su padre.
O los académicos, fanáticos cultores del pensamiento débil en los 90, convencidos gladiadores del “fin de la historia” y talibanes del “fin de las ideologías” que arrojaron a Hegel y la “totalidad” al tacho de basura de la Historia y que hoy leen azorados el último trabajo de Gianni Vattimo. ¿Qué dirán ahora estos atildados catedráticos cuando el “mesías” que tanto los impactó con la “sociedad transparente” del fin de las grandes verdades, del fin de la modernidad regida por el concepto de verdad y el apologista de la tolerancia, la diversidad y el pensamiento débil, les dice que hay que volver a ser comunistas?
Por otra parte, no podemos desdeñar, para entender este “azonzamiento” de los sectores medios, el papel que cumplen los lenguajes massmediáticos y el trabajo de horadación de las conciencias que llevan adelante los apóstoles comunicacionales de la derecha antinacional y que han incidido notablemente en el vocabulario de los sectores medios instalando una suerte de “gramática de los 90”. En la nueva jerigonza, uno de los mayores éxitos de Mariano Grondona y de Joaquín Morales Solá ha sido lograr que los sectores medios hablen de “gente” no de “pueblo”, de “inclusión” no de “justicia social”, de “república” no de “democracia”.
No podemos dejar de sorprendernos tampoco con el éxito que han logrado al vaciar de sentido a la política y transformarla en un conjunto de banalidades útiles sólo para el set televisivo.
Es cierto también que a este descrédito de la política ha contribuido mucho la clase política, en especial nuestros grises burócratas de la cultura. Estos sujetos -sobre todo en los últimos años- se presentan frente a las cámaras de televisión portando una afilada retórica nacional-popular, asumen cargos públicos convocando a la memoria de lucha de nuestro pueblo y entonando estrofas plebeyas con las que -en apariencia- pretenden dar una lucha ideológica contra la inteligencia semicolonial.
Si uno anda un poco desprevenido, puede cometer el error de creerles. Hasta que los ve actuar. Allí descubrimos que la retórica sólo es una fachada para seguir manteniendo sus privilegios y sus prebendas de funcionarios, que pueden ser peores que la derecha a la hora de censurar y retacear el apoyo a todos los que tenemos una ética y no aceptamos el disciplinamiento de la chequera. En fin, para aquellos, como nosotros, que no queremos ser “presupuestívoros”, sino que estamos luchando día a día, en el terreno de la cultura por la liberación nacional.
Pese a todas estas cuestiones Norberto Galasso nos deja una enseñanza central que no debemos olvidar: en un proceso de liberación nacional en marcha, no podemos ahuyentar a los sectores medios. Debemos sumarlos, incidir sobre ellos, aportarles clarificación ideológica para lograr que acompañen el proyecto nacional-popular, no regalárselos a la derecha. Esa es nuestra tarea. Despejar las brumas que ponen en sus mentes los aparatos mediáticos. Es útil recordar que, en un país semicolonial, los medios de comunicación son más eficientes que las botas a la hora de solidificar esa superestructura cultural al servicio del imperialismo de la que nos hablaba Jauretche.
Aún así, contra todo este montaje al servicio del imperio debemos trabajar, debemos destrozar sus mitos y desacralizar la “república” y las “instituciones”, es decir, evitar que los sectores medios caigan rendidos -atados de pies y manos- ante el discurso de la defensa de las formas abstractas de la democracia.
Ese es nuestro desafío como militantes e intelectuales del campo nacional, popular, revolucionario, antiimperialista y latinoamericano si realmente queremos construir poder popular.
Por supuesto que no somos cándidos y tenemos en claro que los sectores medios pueden defeccionar y que, seguramente, si este proceso de liberación nacional y latinoamericano en marcha se orienta hacia el socialismo encontraremos a muchos de ellos -si trabajamos bien no a todos- en la vereda de enfrente. Pero eso ya será parte de otro momento de la historia.