sábado, 21 de junio de 2014

Traicionar a Jauretche o, ¿qué hacemos con Jauretche vivo?


Por Juan Carlos Jara

Las urgencias y prioridades de la batalla cultural, que, como predica incansablemente nuestro Director (*), es necesario entablar hacia fuera pero muchas veces también hacia dentro del Movimiento Nacional, nos obligan a posponer por este número la continuación del artículo sobre Rodó que habíamos iniciado en el Cuaderno N°41. Hoy queremos analizar brevemente, antes de que se despeje del todo la polvareda que produjo, el artículo sobre Arturo Jauretche que publicara Hernán Brienza en Tiempo Argentino del pasado 25 de mayo, fecha en que se cumplía el 40° aniversario de la muerte del gran pensador, bajo el provocativo título de “¿Es necesario traicionar a Jauretche?” No dudamos de que Brienza es un avezado periodista y, como tal, ha leído concienzudamente la obra de Jauretche. Es más, recordamos, con cierta delectación, haberlo oído alguna vez criticando con sagacidad jauretcheana la vena antiperonista, por no decir gorila, de Tato Bores, ante la notoria incomodidad de los columnistas de “6 7 8”, que hasta la intervención de Brienza habían venido haciendo calurosos panegíricos del recordado humorista de la peluca y el habano. Conocíamos también, y esto lo recordamos ya con menos delectación, un suplemento especial de la revista Noticias, publicado en vísperas de las elecciones de octubre de 2007, en el que se ensayaba, con ramplón desparpajo, es decir al estilo Fontevecchia, una biografía “no autorizada” de la por entonces Candidata presidencial del Frente Para la Victoria, Cristina Fernández de Kirchner. Una producción -tan pestilente como infructuosa- que bien hubieran podido escribir Jorge Rial o Luis Ventura, pero que, paradójicamente, estaba firmada por… Hernán Brienza. Ese suplemento, en el que aviesamente se llega a poner en duda la autenticidad del título de abogada de Cristina, puede leerse aquí:http://noticias.perfil.com/2013-09-14-38019-la-perdida-biografia-de-brie....

Quienes, por un optimismo ingénito (algunos lo tildarán de ingenuo), descreemos del proverbial “piensa mal y acertarás”, preferimos obviar aquel mal paso del periodista ofreciéndole crédito de buena fe a su posterior y apresurada conversión al más fervoroso “cristinismo”. Esa conversión, es bueno añadirlo, le deparó poco después la oportunidad de convertirse en espada mediática kirchnerista, miembro prominente del Instituto de Revisionismo Histórico Manuel Dorrego y editorialista “estrella” del diario progubernamental Tiempo Argentino. Uno de esos editoriales dominicales es, precisamente, el dedicado a Jauretche al que aludimos más arriba. En él, Brienza empieza asegurando que la popularización, en los últimos años, de la figura de Arturo Jauretche constituye al mismo tiempo una buena y una mala noticia. Lo primero, obviamente, porque representa un acto de justicia; lo segundo “porque nos hace comprender que desde aquella fecha en que el autor del Manual de zonceras argentinas dijo que tenía que partir, quedó una fecha vacía en el almanaque de las ideas políticas del Peronismo.” Dejemos pasar esta parcialización partidista de Jauretche, quien siempre se proclamó nacional antes que peronista. Marginemos piadosamente, asimismo, que el autor, acaso encandilado por los pergaminos académicos de dos intelectuales a los que sin duda admira, contemple con cierta reminiscencia bucólica que Horacio González y José Pablo Feinmann campean “por los caminos venturosos de las ideas argentinas”, aunque seguramente, aclara, ni ellos mismos se reconocerían como “pensadores nacionales y populares en el sentido clásico del término”. No se detiene Brienza a aclarar cuál sería el sentido no clásico del término, pero no importa, dejemos también pasar esa aparente contradicción de percibir “ideas argentinas” en pensadores ni nacionales ni populares (en el sentido clásico del término) cuando reconocerse en lo nacional y desde lo popular parecieran requisitos indispensables para generar alguna clase de “ideas argentinas”. Un poco más difícil de soslayar es, en cambio, la afirmación de que, en su célebre Medio Pelo, Jauretche analiza “el fenómeno aspiracional de la clase media argentina”, cuando, como es público y notorio hasta para quien haya hojeado distraídamente ese libro, allí Jauretche describe “el fenómeno aspiracional” de la burguesía nacional, no de “la clase media argentina”. Tampoco es fácil de digerir que se tilde de “interesante y divertido” al Manual de zonceras argentinas, uno de los libros más enjundiosos y esclarecedores de la ensayística nacional de todos los tiempos. Brienza conoce muy bien el sentido y matiz de cada palabra como para no apreciar el desdeñoso juicio que alberga dicha adjetivación.

En otro pasaje de su artículo Brienza, que poco antes ha citado a Scalabrini y Hernández Arregui como a los otros dos “mosqueteros” del pensamiento nacional, afirma que no ha habido un pensador nacional que alcanzara la altura de Jauretche. Con lo que a estar de esa aseveración don Arturo vendría a ser algo así como el D’artagnan hoy resurrecto de la mentada trilogía. Pero no nos alegremos tanto de dicha resurrección, alerta Brienza, porque ella nos habla de las virtudes del pensamiento de Jauretche pero al mismo tiempo de nuestro fracaso en la generación de nuevos jauretches capaces de superar al maestro sin repetirlo. Ello revelaría, según Brienza “cierta necrosis del ideario nacional”. El periodista historiador, como lo calificara afectuosamente su otrora difamada Cristina, pareciera desconocer las vicisitudes de silenciamiento, tergiversación, intentos de exterminio en suma, por las que han pasado el “ideario nacional” y sus protagonistas más destacados a lo largo de la mayor parte del último medio siglo y pico. Pareciera ignorar, además, que pese a todas las adversidades, contamos hoy con la presencia siempre vigente de intelectuales de la talla de Norberto Galasso, Alfredo Eric Calcagno, Eduardo Romano, Eduardo Basualdo, Mario Rapoport, para sólo citar unos pocos al azar, lo que evidencia palmariamente que tal necrosis es sólo un mito, una zoncera más de las que seguramente, de vivir, se hubiera burlado don Arturo en alguno de sus libros “interesantes y divertidos”. Sin embargo, como si ya con esto no tuviéramos bastante, Hernán Brienza nos reserva la frutilla del postre, el broche de oro (muerto) de su meditado texto. “No hay posibilidad de mantener viva una tradición sino es traicionándola”, asevera muy borgiana, o cobosianamente. Y agrega más adelante: “El Peronismo hoy –y el kirchnerismo como magma que lo mantiene caliente– debe traicionar al Pensamiento Nacional, debe cuestionar sus formas, sus condensaciones coaguladas, sus calambres. Y debe abrir nuevos diálogos con la modernidad, la posmodernidad, la liquidez, la pluralidad, la democratización de las sociedades, los medios masivos de comunicación, resemantizarse, complejizar los discursos y los conceptos, deslindarse de viejos maniqueísmos, adquirir nuevos significantes. El pensamiento nacional debe construir un nuevo mapa de referencias conceptuales –de hecho lo hace en baja intensidad, apenas perceptiblemente– que "traicione" de buena manera los viejos marcos teóricos del nacionalismo popular y del revolucionario de los años sesenta y setenta”. He ahí el meollo, el núcleo central, el “magma” que termina por calentar el artículo de Brienza, al par que a no pocos de sus lectores. El mismo nos sugiere una serie de preguntas de muy difícil respuesta. ¿”Traicionar” quiere decir “superar” en el diccionario particular del articulista? Si así fuera podríamos llegar a estar de acuerdo. Pero para la Real Academia, y creo que para todos nosotros, cientistas sociales o meros ciudadanos de a pie, traición significa simplemente “no ser fiel una persona y no ser firme en los afectos o ideas o faltar a la palabra dada”. ¿Propone eso el compañero Brienza? ¿No ser firme en la defensa de las ideas nacionales, por más coaguladas y acalambradas que (le) parezcan? Por otra parte, ¿cuáles son los viejos maniqueísmos de los que debemos deslindarnos? ¿Los de Liberación o Dependencia? ¿Pueblo u Oligarquía? ¿Frente Nacional o Frente Cipayo? ¿Patria sí, Colonia no?

Como buen periodista todo terreno, Brienza navega con mucha comodidad por las nebulosas de la enumeración abstracta. ¿Por qué no explicar más concretamente qué quiere decir con eso de: "el pensamiento nacional debe construir un nuevo mapa de referencias conceptuales”? ¿Cuáles son esas “referencias conceptuales” que el Kirchnerismo parece manejar casi furtivamente, en forma poco menos que imperceptible, salvo para el ínclito periodista historiador? ¿Dónde radica la vejez de los "marcos teóricos" del nacionalismo popular y revolucionario a los que se alude? ¿Cómo se los puede traicionar, con o sin comillas, "de buena manera"? ¿Acaso “complejizando los discursos y los conceptos”, con lo que el pensamiento nacional y popular perdería, por lo menos, una de sus patas fundamentales, premisa que Jauretche entendió tan bien al hablar “para todos sus paisanos”? ¿No será que en el fondo lo que propone Brienza es “campear por los caminos venturosos de las ideas argentinas” que hoy recorren, sin considerarse siquiera herederos de Jauretche, Feinmann, el admirador de Milcíades Peña, y el oscuro González, perito en lunas y erudito en nubes o cerros de Úbeda y alrededores? Hace cuarenta años, al poco tiempo del fallecimiento del Presidente Perón, Ernesto Goldar publicó un olvidable librito de no muy afortunado título: ¿Qué hacemos con Perón muerto? Parafraseando el mismo, nos hacemos la última y crucial pregunta: ¿no será que “matar” a los “monstruos sagrados”, entre ellos a Jauretche, como sugiere Brienza, significa en el peculiar vocabulario brienzano “¿qué hacemos con Jauretche vivo?”. 

*Publicado en Cuadernos de la Izquierda Nacional N° 42

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