lunes, 7 de agosto de 2017

¿LOS SECTORES POPULARES SON ANTI MACRISTAS?


El moyanismo social
Por Martín Rodríguez*

Si bien es cierto que el apoyo a Cambiemos es mayor entre los estratos altos, esta regularidad presenta excepciones. Un amplio sector de la clase trabajadora, el moyanismo social, hace años dejó de sentirse representado por el kirchnerismo.
na nueva leyenda nació tras el triunfo de Cambiemos y tuvo su rápida identificación en la verba progresista: los pobres son todos anti macristas y el macrismo administra privilegios como una expresión pura de la clase alta. Ergo: sus votantes tienen la misma procedencia que sus funcionarios. Pero esta afirmación es incorrecta. Si así fuera, no hubiera ganado con el 51% de los votos en el balotaje; ni siquiera hubiera obtenido el resultado de la primera vuelta. Las elecciones de 2015 vinieron a presentar un apoyo popular al macrismo.
En conversación con el sociólogo Ignacio Ramírez, buscamos algo más sobre este dato incómodo para cualquier marxista ortodoxo: que efectivamente trabajadores y sectores humildes votaron por Cambiemos y hoy lo seguirían haciendo. Si bien es cierto que el apoyo a Cambiemos crece a medida que uno trepa en la pirámide socio-económica y se encoge a medida que se desciende –y la inversa sería la correlación constitutiva del peronismo– las cosas no son tan sencillas. “A esa regularidad se le escapan excepciones –dice Ignacio– que tienen que ver con un fenómeno no sólo argentino, que es la erosión de ciertas lealtades partidarias. El marxista hablaría de ‘falsa conciencia’, se preguntaría
qué hace un trabajador votando al macrismo”, remata. En principio hay que buscar algunos ingredientes en la coyuntura del 2015 para entender ese voto cruzado, pero ya tenemos una respuesta parcial: el debilitamiento de la fidelidad partidaria. La vieja fidelidad del “nunca hice política, siempre fui peronista”, que se presenta como “natural” y mayoritaria, parece debilitada; ya no existe el “pueblo peronista”, esa vieja y querida mitad más uno. A pesar de ser un fenómeno global, en Argentina, con el kirchnerismo primero y con el macrismo después, nacieron identidades de minorías fuertes y en tensión. Diríamos que el kirchnerismo dotó de una “estructura de sentimientos” a la clásica “estructura de poder peronista” (una actualización doctrinaria), y el macrismo ocupó el espectro del voto radical y republicano, por empezar. ¿Pero cómo se logran las
mayorías?
En las innumerables marchas sindicales, sobre todo las de la CGT, donde la presencia del trabajador formal es mayor que en las de la CTA, cuesta encontrar jóvenes trabajadores que canten la Marcha Peronista. Muchos no la saben.
Incluso en Camioneros, gremio de mística notable, el canto es concreto: se defiende al gremio, la pertenencia. No hay una marchita; hay decenas de marchitas como decenas de ramas de la producción persistan. El canto ordenado y universal lo ofrecen más bien las organizaciones políticas, los partidos de izquierda, las juvenilias militantes que nacieron en la década kirchnerista.
“Es necesario entender la propuesta y el discurso de Cambiemos como algo que evidentemente incluye alguna contraseña popular que hace posible el lazo de este gobierno tan homogéneo en su staff con el voto de sectores medios bajos y de trabajadores”, completa Ignacio Ramírez. No se trata de encontrar razones para dar la razón, sino de indagar  en los votos populares a un proyecto liberal que promete y cumple el daño social de sus políticas. Se trata de comprender de qué estuvo hecho ese triunfo y de qué está hecha esta gobernabilidad. Como decía el sociólogo Ricardo Sidicaro en los años 90: “¿Por qué los excluidos votan por sus excluidores?”.

Soy cordobés
Entre las razones coyunturales también podríamos anotar algunos aspectos de histórica “mala praxis” política del kirchnerismo. Ejemplo: mucho se habló de la abrumadora cantidad de votos cordobeses decisivos para el triunfo de Macri pero menos de la cerrazón política y el aislamiento entre el gobierno de De la Sota y el de Cristina que llegó al punto de cercenar la ayuda de la Gendarmería Nacional en las rebeliones policiales de 2013.
Tras la victoria de Cambiemos en 2015, el periodista cordobés David Leguizamón escribió para revista Anfibia un ensayo (“Cordobesismo”) donde sacó punta de este defecto político: “Los beneficiados por las políticas del gobierno nacional en los últimos 12 años fueron millones. Fuimos millones. Además de las iniciativas obvias y no por ello menos maravillosas (Ley de Medios, Matrimonio Igualitario, Procrear, etc) lo cierto es que la idea de aislar a los gobernantes cordobeses (De la Sota-Schiaretti-De la Sota) produjo una batalla narrativa que supo utilizar con mucha
más lucidez el conservadurismo cordobés que el kirchnerismo nacional. Doy ejemplos: la Asignación Universal por Hijo se aplicó en Córdoba como en todo el país, pero los beneficiarios todavía hoy creen que es un beneficio del gobierno provincial”.
Ese gobierno nacional con estilo centralista excluyó de su horizonte narrativo a miles de cordobeses que fueron objetivamente beneficiarios de políticas públicas pero que se sintieron amparados en su gobierno provincial contra el “unitarismo kirchnerista”. Tal como plantea Leguizamón , el gobierno provincial pudo pasar políticas del gobierno nacional como propias porque –como argumenta la antropóloga Julieta Quirós (1)– el kirchnerismo en Córdoba y en los interiores peronistas tuvo dificultades para armar “territorio” más allá o más acá de las grandes ciudades y sus agrupaciones políticas; más bien tejió una “base” con alfileres, colgada de las sedes provinciales de los ministerios
nacionales y de las agrupaciones con sede central en Buenos Aires. En definitiva “fue demasiado e incorregiblemente porteño en sus representantes y emisarios, en su lenguaje y sus ceremonias, en sus modos y modales de hablar” señala Quirós.

El kirchnerismo, en resumen, rompió diálogos sobre los que el macrismo compuso su “mayoría”: 1) el del interior más productivo (el ejemplo cordobés, pero también Santa Fe, el interior bonaerense, la derrota en Mendoza); 2) el del trabajador meritocrático. Un discurso productivista, laborioso, anti Estado. Veamos.

Soy lo que soy
Clifford Geertz acuñó el término “descripción densa” para dar cuenta de cómo, entre otras cosas, la gente se autopercibe. Hace años que circula una autopercepción argentina bajo la forma de una bella leyenda estadística: el 80% los autopercibimos de clase media. El antropólogo Pablo Semán habla a su vez de la existencia de un moyanismo social, algo así como una forma de caracterizar al gen aspiracional argentino. En palabras de Semán: “El moyanismo social es un sector de las clases trabajadoras, que no son las de más bajos ingresos, y que tienen la adhesión a un proyecto social que es la mejora de su propia vida a través del trabajo, y que en el panorama político argentino fueron beneficiados por políticas del kirchnerismo, a la vez que ignorados y simbólicamente agredidos en temas como seguridad, migración y jerarquías. Piensan que ellos se rompen más el lomo que otra gente que es más pobre que ellos y que recibe beneficios del gobierno que ellos no”. Están fuera, digamos, de la pedagogía progresista que arrastra explicaciones complejas. Dice Semán: “No son los ‘agremiados’ de Moyano, sino los que representa el discurso de Moyano en su ruptura con el kirchnerismo en el segundo mandato de Cristina, que se condensaba en el famoso
impuesto a las ganancias”.
La política bonaerense a partir de 2013 perdió un bloque de la representación del FPV cuya cima había alcanzado en 2011: la clase media baja, el “aspiracional” de Semán. Eso que quizás iba a expresar mejor Scioli o algunos de los intendentes más populares. ¿Con qué se quedó el FPV en la figura prístina de Cristina? Con el progresismo y el tercer cordón. Becarios del Conicet y Asignación Universal por Hijo (AUH) para graficarlo. Progres y pobres. Pero ese segmento vecinal medio bajo, no progresista, que se movilizó hacia arriba pero que no adjudicó esa movilidad a algo que no sea el “mérito propio” (movilidad individual ascendente), amante del “no le debo nada a nadie”, punitivista, que sufre la inseguridad, que es vecino o cercano a las villas, a los que “cobran planes”, que asocia progreso a “privatizar su vida” (pasar de la prestación pública a la obra social, de la obra social a la prepaga), porque asocia progreso con
sacarse el Estado de encima, que “sufre” los paros docentes, que paga Mínimo No Imponible y no ve la hora de dejar de hacerlo. De esa capa white trash nació Sergio Tomás Massa (como expresión del fracaso peronista) y brilló vestido de afrikáner, haciendo política subido a los techos de los barrios del Gran Buenos Aires, como si fuera el presidente de la Asociación del Rifle que le dice a cada ciudadano argentino: cuidate y yo te cuido. Esa Argentina con mucha escolaridad incompleta, de capacitación forzada, cuentapropista, que anhela una “normalidad” (que quizás nunca
existió). Veamos como ejemplo dos resultados electorales del GBA: San Fernando y San Miguel. Ahí, en la primera vuelta presidencial, ganó Massa. Esos votos, en el balotaje, fueron en abrumadora mayoría a parar a Macri.

“¡Andá a laburar!”
En el reciente estudio “El clientelismo político”, de Gabriel Vommaro y Hélène Combes, se historiza y problematiza el clientelismo, poniendo el foco en las miradas externas a las prácticas políticas que se engloban bajo ese nombre. En este libro los autores repasan el modo en que las clases medias, los medios de comunicación y algunas elites fijan desde afuera la condensación de muchos males contemporáneos con tal de no ver, dicen, la expresión de la voluntad popular. En Argentina la traducción de esto es la pregunta: ¿cómo puede ser que la mayoría de los pobres aún voten al
peronismo? Y no sólo eso: la concepción entonces de que el clientelismo produce pobreza para controlarla. La retroalimenta. El clientelismo como razón histórica de la pobreza, los “usos del Estado”, y no el capitalismo, la economía de mercado, la división internacional del trabajo.
Sin embargo aún resta conocer más en detalle el modo en que esas prácticas conviven con miradas “externas” producidas desde el mismo barrio pobre; las miradas de los vecinos de los “beneficiarios”, los que dicen “la familia X lo que pasa es que tiene un primo en el municipio, un tío en la política”. Tenemos “la voz del cliente”, pero se nos pierde la voz del vecino del cliente, un runrún que masculla su exclusión doble. Digamos: el clientelismo aparece en los medios de comunicación, en la boca de contados y desprestigiados académicos que no apretaron F5 y no
actualizaron doctrina social y en la conversación política de una parte de la clase media. Pero también aparece en la conversación con vecinos de esos “clientes” de los “sectores populares”. Esa irrupción es más esporádica. No es que  nadie de cuenta de ella: muchos medios y cronistas en sus informes lo hacen, incluso en el libro de Vommaro y Combes se registra esa voz en un estudio en el municipio de Morón, las “quejas”. El discurso anti político, anti estatal y anti clientelar es también un discurso popular.
El gobierno con su control de piquetes y orden público, con su discurso anti sindical y la elección de Baradel como villano, con la nominación de “planes” a la política social (cuando la AUH, principal política social del país, no es un “plan”), con el reemplazo de la palabra “derechos” por la palabra “beneficiarios”, con el chiste sobre choripanes y micros, rima con esa vieja voz popular y desconfiada de la anti política. Como la cita de Durán Barba: el gobierno se niega a ser el pedagogo de la “gente común”, pero, en tal caso, se deja pedagogizar por ella. Si la sociedad dice planes,
dice planes; si la sociedad dice choris, dice choris; y así. Esa cesión de la pedagogía social en el “común” es una clave para entender la base de popularidad resistente a las políticas dañinas de sus condiciones de vida.

Educame
Pero estos sectores, ¿votaron a CFK? Muchos seguro formaron parte de ese 54% de 2011. ¿Qué pasó después? Comenzó a haber cosas que obstruían, impedían o estorbaban más esa posibilidad de estar mejor. Soy esto, quiero estar mejor. Se puede pero hay cosas que no tienen que estar más. Ganancias, por ejemplo. ¿Se volvieron antikirchneristas? No del modo cultural del lector de La Nación, a pesar de que Lanata articuló el modo popular de esa anti política en el
espectáculo de las denuncias de corrupción y produjo una erosión, subestimada por el kirchnerismo (con la figura de Boudou como el “nouveau riche” populista). Quizás el problema fue que, de una manera inversamente proporcional, a medida que el gobierno cristinista se desenganchó de sus demandas, recalentó su intensidad. Una agenda dominada por temas como la reforma judicial o el acuerdo con Irán transformaron a un gobierno percibido en la “autonomía de la política” en un escenario recalentado por los medios y las difusiones sistemáticas de denuncias.
Toda la teoría del “círculo rojo” de Durán Barba es una suerte de credo en el hombre común, “el elector gris”. El Jaimito de la política argentina escribió en su libro El arte de ganar esta declaración de principios: “La gente común tiene sus propias ambiciones y su propio concepto de felicidad. El candidato no es dueño de la verdad y no está para educar a los electores, ni para juzgarlos. Necesita dialogar con ellos para comprender sus puntos de vista y, sobre todo, obtener sus votos.”
Una tarde del mes pasado, desde su cuenta de Twitter, el humorista oficial Alfredo Casero difunde el breve video donde un trabajador rural recoge cebollas mientras le habla al Presidente y despotrica contra los vagos que cobran planes del Estado. Trabajar, trabajar. Pisa la tierra húmeda, camina, se hunde en ella y habla entrecortado por el esfuerzo de la tarea, pero parece gozar de ese esfuerzo, ufanarse. Golpea en un momento la bolsa con orgullo. La Argentina laboriosa. Como el sembrador de Van Gogh, el sol agrario atrás. Sobre ese revanchismo cultural que no reconoce fronteras de clase, que une a patrones y empleados, se monta la pedagogía de un gobierno hablado entre esas
voces furiosas.

1. Julieta Quirós, “Una hidra de siete cabezas. Peronismo en Córdoba, interconocimiento y voto hacia el fin del ciclo kirchnerista”, Corpus, Mendoza, 2016.

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